Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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Territorio marcado
El murmullo de la fiesta, las risas forzadas y el compás de la música de cuerda se convirtieron en un zumbido insoportable para Isabel. Sentía que el vestido azul medianoche le asfixiaba el pecho y que las miradas de reproche y envidia de los asistentes le perforaban la piel. Aprovechando que Gael se había alejado momentáneamente hacia los balcones privados para hablar con los inversionistas, Isabel observo el pasillo que conducía al tocador principal del club. Necesitaba respirar, alejarse de la comedia perfecta y, sobre todo, limpiar de sus labios el rastro del beso ficticio con el que su esposo la había marcado frente a todos.
Caminó con paso apresurado por el corredor alfombrado, donde las luces eran más tenues y el ruido de la recepción comenzaba a disiparse. Sin embargo, no se dio cuenta de que una sombra la acechaba desde la distancia. Justo antes de que su mano tocara la manija de la puerta del tocador, unos pasos rápidos resonaron detrás de ella y un brazo firme la tomó del antebrazo, tirando de ella con brusquedad hacia un rincón oscuro del pasillo de servicio.
—¡Suéltame! —ahogó Isabel, pero sus palabras fueron silenciadas cuando Fabián Vargas la empujó, acorralándola contra la pared de madera tallada.
Fabián lucía desencajado. El smoking impecable contrastaba con sus ojos inyectados en sangre, la respiración agitada por el alcohol y un orgullo profundamente herido. La mirada sumisa y controlada que había mostrado en el altar con Samanta se había transformado en una obsesión violenta.
—¿Qué significa esto, Isabel? ¡Contéstame! —le reclamó Fabián, siseando cerca de su rostro, aprisionando sus muñecas contra la pared con una fuerza innecesaria—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Casarte con Gael Sotomayor? ¿El hombre que destruyó a tu padre? ¡Eres una hipócrita! Me juraste que me amabas y ahora te vendes al mejor postor, al enemigo de tu familia.
—¡Cállate, Fabián! No tienes ningún derecho a reclamarme nada —respondió Isabel, sintiendo una mezcla de asco e indignación que le encendía las mejillas. Comenzó a luchar con todas sus fuerzas, retorciendo las muñecas para zafarse de su agarre—. ¡Tú me traicionaste primero! Te aliaste con Francisca, embarazaste a mi hermanastra y nos diste la espalda cuando mi padre más lo necesitaba. ¡Suéltame, me estás lastimando!
—¡No te voy a soltar hasta que me digas la verdad! —rugió Fabián, cegado por la soberbia, presionando su cuerpo contra el de ella—. No me creo este cuento de que lo amas. Sé que lo haces para vengarte de mí, pero no te va a funcionar. Tú eres mía, Isabel, siempre lo has sido...
—¡Ella no es tuya ni de nadie, maldito infeliz! —una voz grave, ronca y cargada de una letalidad absoluta retumbó en el pasillo como el rugido de un trueno.
Fabián no tuvo tiempo ni de girar la cabeza. En ese preciso momento, la imponente silueta de Gael Sotomayor apareció en el pasillo. Su rostro no era el del empresario calculador; era el de un demonio sediento de sangre. Con un movimiento rápido y eficaz, Gael tomó a Fabián por el cuello del smoking y lo arrancó de encima de Isabel con una facilidad impresionante, estrellándolo contra el suelo.
Gael se interpuso entre ambos, cubriendo a Isabel con su enorme espalda, mientras sus puños se cerraban con tal fuerza que los nudillos se le tornaron blancos.
—Te lo advertí abajo, Vargas —siseó Gael, con una furia incontrolable vibrando en cada palabra—. Te advertí que cuidaras tus pasos. No vuelvas a tocar a mi mujer. No vuelvas a respirar el mismo aire que ella. Si le pones un solo dedo encima otra vez, te juro por mi vida que no vas a amanecer vivo.
Fabián, impulsado por el alcohol, la humillación pública y la estupidez de su propia arrogancia, se puso de pie con dificultad, limpiándose el polvo del traje. Miró a Gael con un odio ciego y soltó una carcajada amarga, lanzando la única provocación que sabía que perforaría el orgullo del magnate.
—¿Tu mujer, Sotomayor? ¿De verdad crees que por comprarla con tu maldito dinero te pertenece? —escupió Fabián, con una sonrisa burlona y venenosa—. Podrás tener su firma en un papel, pero no olvides una cosa... primero fue mía. Yo la tuve primero, yo sé cómo reacciona cuando...
Fabián no pudo terminar la frase. La provocación desató una furia incontrolable en Gael, un instinto primitivo y posesivo que anuló cualquier rastro de su fría racionalidad. Sin mediar palabra, Gael dio un paso al frente y, con la velocidad de un rayo, descargó un puñetazo brutal directo en el rostro de Fabián.
El impacto del puño de acero de Gael contra los huesos de la cara de Fabián resonó en todo el pasillo. El golpe fue tan seco y devastador que le rompió la cara de un solo impacto; la nariz de Fabián crujió y el labio se le partió instantáneamente, salpicando gotas de sangre sobre la alfombra clara mientras su cuerpo salía despedido hacia atrás, chocando contra una mesa de arrimo que se hizo pedazos antes de caer inconsciente al suelo.
Isabel, presa del pánico y el horror ante la violencia salvaje del hombre con el que se había casado, se quedó petrificada en una esquina del pasillo, con las manos cubriéndose la boca y los ojos desorbitados, temblando de pies a cabeza mientras miraba el cuerpo ensangrentado de su exnovio y la espalda jadeante de Gael, quien parecía listo para seguir golpeándolo.
Es cuando, alertados por el estruendo de los muebles rotos, aparecieron al fondo del pasillo el padre de Fabián, Francisca y Samanta. Al ver la dantesca escena, Francisca soltó un grito ahogado y Samanta corrió hacia el cuerpo de su ahora esposo, arrodillándose en el suelo entre lágrimas de frustración y rabia.
—¡Fabián! ¡Dios mío, Fabián! —chilló Samanta, mirando a Gael con terror—. ¡Es un animal! ¡Mire lo que le hizo a mi esposo, señor Vargas!
El padre de Fabián, pálido como la cera, intervino de inmediato, colocándose frente a Gael con las manos arriba, no para pelear, sino para suplicar clemencia mientras miraba de reojo hacia la entrada del salón principal, aterrorizado de que los invitados se dieran cuenta del escándalo que destruiría las acciones de su empresa en la bolsa.
—Sotomayor... basta, por favor, te lo ruego —tartamudeó el viejo Vargas, con la voz ahogada por el miedo—. Francisca, cierra esa maldita puerta. Que nadie de la fiesta entre aquí. No podemos permitir que los fotógrafos vean esto. Samanta, cállate y limpia a tu esposo ahora mismo.
Francisca, temblando, se apresuró a bloquear el acceso al pasillo, tratando por todos los medios de que los invitados no se dieran cuenta de la sangrienta escena. Mientras tanto, Gael se volvió lentamente hacia Isabel. La furia en sus ojos negros comenzó a apaciguarse al ver el terror en el rostro de su esposa, pero la posesividad seguía intacta. Extendió su mano hacia ella, esperando que la tomara para sacarla de ese nido de víboras, dejando claro que el territorio ya había sido marcado y que el precio de la ofensa se pagaba muy caro.