México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14:El regreso
La hacienda apareció al final del camino como si Amalia nunca se hubiera marchado.
Los mismos muros claros.
Los mismos árboles que protegían del sol una parte del patio.
La misma entrada que había cruzado incontables veces sin detenerse a observarla.
Todo estaba allí.
Exactamente donde debía.
Y, sin embargo, cuando el carruaje atravesó la entrada principal, Amalia tuvo la extraña sensación de estar llegando a la casa de otra persona.
Se quedó mirando por la ventanilla.
Los trabajadores habían comenzado a acercarse. Algunos sirvientes salieron a toda prisa de la casa cuando escucharon el movimiento de caballos.
Después apareció su madre.
—¡Amalia!
Doña Elena bajó los escalones sin importarle guardar ninguna compostura.
Amalia apenas tuvo tiempo de descender antes de que su madre la envolviera entre sus brazos.
—¡Mi niña!
La fuerza del abrazo le robó el aire.
Amalia cerró los ojos.
Por un instante volvió a ser simplemente eso.
La hija que regresaba a casa.
—Mamá...
Doña Elena le tomó el rostro entre ambas manos.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Déjame verte. Dios mío... déjame verte.
La recorrió con la mirada como si buscara heridas.
—Estoy bien.
—¿Te hicieron algo?
La pregunta hizo que Amalia se tensara.
Unos ojos ámbar aparecieron inmediatamente en su memoria.
Nunca iba a permitirlo.
—No —respondió—. No me hicieron daño.
Su madre volvió a abrazarla.
—Gracias a Dios.
—Amalia.
La voz de su padre llegó desde los escalones.
Don Ignacio De la Vega permanecía unos pasos más atrás.
Había intentado conservar la dignidad que lo caracterizaba, pero Amalia alcanzó a ver cómo se quebraba su expresión.
—Papá.
Don Ignacio bajó los últimos escalones.
Amalia caminó hacia él.
Su padre no era un hombre acostumbrado a grandes demostraciones de afecto. Por eso la sorprendió cuando la estrechó contra su pecho.
—Pensé que...
Se interrumpió.
Amalia sintió cómo su padre respiraba profundamente.
—Ya estás en casa.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
Estaba en casa.
Eso era lo que todos repetían.
Y Amalia quería sentirlo.
De verdad quería.
Su habitación estaba intacta.
Las cortinas.
El tocador.
Los frascos de perfume.
El armario.
Sus vestidos.
Hasta un libro que había dejado abierto antes de desaparecer continuaba sobre una mesa.
Amalia caminó lentamente por la habitación.
Pasó los dedos por el respaldo de una silla.
Todo parecía más limpio.
Más delicado.
Más silencioso.
También más pequeño.
Se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver buena parte de las tierras de la hacienda.
Antes aquella vista le había parecido enorme.
Ahora pensó en montañas.
En caminos.
En fogatas.
En caballos.
En dormir con el sonido de hombres haciendo guardia.
Pensó en Mariel.
En Rafael.
En una anciana desgranando maíz mientras se enteraba de absolutamente todo.
Sonrió.
Después recordó:
Regresar al lugar de donde saliste no significa que tengas que regresar siendo la misma mujer que se fue.
La sonrisa desapareció.
Amalia miró su reflejo en el espejo.
Era ella.
La misma cara.
Los mismos ojos.
El mismo cabello.
Pero no se sentía igual.
—Señorita.
Una criada apareció en la puerta.
—¿Sí?
—Su madre pidió que le preparáramos el baño. Y dejó instrucciones para que la ayudemos a vestirse esta noche.
Amalia frunció el ceño.
—¿Esta noche?
—Sí, señorita.
—¿Por qué?
La muchacha sonrió.
—Por la celebración.
Amalia se quedó quieta.
—¿Celebración?
—Por su regreso.
Por supuesto.
Amalia sonrió.
—Ah.
Tenía sentido.
Su madre siempre convertía cualquier acontecimiento en una excusa para llenar la casa de flores y comida.
—Dile que estaré lista.
Horas después, Amalia bajó las escaleras convertida nuevamente en la señorita De la Vega.
El vestido parecía pertenecer a otra vida.
La tela elegante caía perfectamente sobre su cuerpo. Su cabello había sido arreglado con cuidado y una pequeña joya descansaba sobre su cuello.
Durante unos minutos frente al espejo casi había esperado escuchar a Mariel burlándose.
Pero Mariel no estaba.
Al llegar al último escalón escuchó música.
Había invitados.
Muchos más de los que esperaba.
Amalia se detuvo.
Flores adornaban el salón.
Las lámparas estaban encendidas.
Copas, conversaciones, vestidos elegantes.
Sonrió al reconocer algunas caras.
Todo aquello era por ella.
Debía serlo.
Doña Elena apareció rápidamente.
—Amalia. Estás preciosa.
—Mamá, no era necesario hacer todo esto.
—Claro que lo era.
Su madre tomó su mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—Tu padre está esperando.
Amalia permitió que la guiara.
Don Ignacio conversaba con varios hombres.
Cuando la vio, sonrió.
—Aquí está.
Las conversaciones disminuyeron.
Amalia comenzó a sentirse incómoda.
—Papá...
—Hay algo que queremos decirte.
Una sensación desagradable apareció en su estómago.
Doña Elena apretó suavemente su mano.
—Es una buena noticia.
Amalia miró a ambos.
—¿Qué noticia?
Su padre sonrió.
—Durante tu ausencia tuvimos mucho tiempo para pensar en tu futuro.
Aquello no sonaba bien.
—Mi futuro estaba perfectamente bien antes de irme.
—Amalia —murmuró su madre.
Don Ignacio continuó:
—Los acontecimientos recientes nos hicieron comprender que no podemos seguir postergando ciertas decisiones.
Amalia sintió que el salón se hacía más pequeño.
—¿Qué decisiones?
Su padre miró hacia alguien detrás de ella.
—Tu compromiso.
Amalia dejó de respirar.
—¿Mi qué?
—Tu compromiso.
Una voz masculina intervino:
—Señorita De la Vega.
Amalia giró.
El hombre que se acercaba era joven, bien vestido y evidentemente perteneciente al mismo mundo del que ella provenía.
Don Ignacio hizo la presentación con satisfacción.
—Amalia, quiero que conozcas formalmente a Gustavo.
Gustavo inclinó ligeramente la cabeza.
—Es un verdadero placer.
Amalia no respondió inmediatamente.
Su madre apretó su mano.
Demasiadas personas estaban mirando.
Entonces comprendió.
Aquella fiesta no era únicamente por su regreso.
—¿Esta celebración...?
Doña Elena sonrió con nerviosismo.
—Es también para anunciar vuestro compromiso.
Amalia sintió un zumbido en los oídos.
Gustavo extendió la mano.
Ella la miró.
Pensó en otra mano.
Callosa.
Firme.
La que había rozado la suya al devolverle un pañuelo.
—Señorita.
Amalia reaccionó.
Había demasiados ojos encima.
Extendió la mano.
—Señor.
Gustavo la tomó con delicadeza.
Amalia sonrió.
Una sonrisa perfecta.
Educada.
Vacía.
La cena fue interminable.
Gustavo estaba sentado cerca de ella.
Hablaba correctamente.
Demasiado correctamente.
Le preguntó si estaba cansada.
Si deseaba algo.
Si la comida era de su agrado.
Amalia contestó cada pregunta.
—Sí.
—Gracias.
—Estoy bien.
Cada palabra parecía haber sido ensayada.
Sus padres estaban felices.
Los invitados hablaban del futuro.
Alguien mencionó una boda.
Amalia apretó los dedos debajo de la mesa.
Gustavo se inclinó ligeramente hacia ella.
—Imagino que todo esto debe resultar abrumador después de lo que vivió.
Amalia lo miró.
—No sabe lo que viví.
Gustavo quedó sorprendido.
Ella suavizó inmediatamente la expresión.
—Perdón. Estoy cansada.
—No tiene que disculparse.
Amalia volvió la vista al plato.
No podía hacer una escena.
No allí.
No delante de todos.
Así que soportó.
Sonrió.
Respondió.
Permitió que hablaran de su vida como si ella no estuviera sentada escuchándolos.
Hasta que el último invitado se marchó.
Hasta que Gustavo se despidió.
Hasta que las puertas se cerraron.
Entonces Amalia se volvió hacia sus padres.
—Necesito hablar con ustedes.
Don Ignacio suspiró.
—Mañana.
—No. Ahora.
—Amalia.
—Por favor.
La palabra fue respetuosa.
El tono no.
Entraron al despacho.
Amalia esperó a que la puerta se cerrara.
—¿Cómo pudieron hacerme esto?
Doña Elena abrió los ojos.
—Amalia.
—Estoy intentando hablar con respeto, mamá. De verdad lo estoy intentando. Pero necesito entender.
Miró a su padre.
—¿Me comprometieron sin preguntarme?
—Gustavo pertenece a una excelente familia.
—No pregunté de qué familia viene.
—Tiene posición.
—Tampoco pregunté eso.
Don Ignacio endureció la expresión.
—Baja el tono.
Amalia respiró profundamente.
Lo hizo.
—Muy bien.
Entrelazó las manos frente a ella.
—Padre, ¿tuvo usted la amabilidad de considerar preguntarme si deseaba casarme con ese hombre?
—Es un buen partido.
—Eso significa que no.
—Amalia, después de lo ocurrido...
—¿Después de que me secuestraran?
Doña Elena palideció.
—No digas esa palabra.
—¿Cuál? ¿Secuestro? Eso fue lo que ocurrió.
—Precisamente por eso necesitamos garantizar tu futuro —respondió Don Ignacio.
Amalia soltó una risa incrédula.
—¿Garantizar mi futuro entregándoselo a un desconocido?
—No te estamos entregando a nadie.
—Entonces dígale que no habrá boda.
Silencio.
Don Ignacio la miró fijamente.
—El compromiso ya fue acordado.
Amalia sintió la rabia subirle por el pecho.
—Yo no soy ganado.
—¡Amalia!
—No estoy gritando.
Y era cierto.
Eso hacía que resultara peor.
Amalia mantenía la espalda recta, la voz controlada y los ojos clavados en su padre.
—He regresado hoy. Hoy. Ni siquiera me permitieron pasar una noche en mi propia casa antes de decidir el resto de mi vida por mí.
Su madre intentó acercarse.
—Hija...
Amalia retrocedió.
—Creí que esa fiesta era porque estaban felices de tenerme de vuelta.
Doña Elena se quedó inmóvil.
Aquello sí dolió.
—Claro que estamos felices.
—Entonces debieron dejar que fuera solamente eso.
Don Ignacio golpeó una mano contra el escritorio.
—¡Basta!
Amalia se sobresaltó.
Su padre respiró profundamente.
—Has pasado demasiado tiempo entre gente que evidentemente te ha hecho olvidar ciertas cosas.
Los ojos de Amalia cambiaron.
—No.
Su voz salió más baja.
—Quizás me hicieron recordar otras.
—¿Como cuáles?
Amalia pensó en Mariel.
En Rafael.
En Sombra.
—Que puedo pensar por mí misma.
Don Ignacio la miró con dureza.
—Mañana continuaremos esta conversación.
Amalia sostuvo su mirada.
—Sí, padre.
Giró.
Antes de abrir la puerta, se detuvo.
—Pero mi silencio durante la cena no fue consentimiento.
Y salió.
Muy lejos de allí, Sombra ensilló su caballo cuando el campamento ya dormía.
Rafael lo vio.
No preguntó.
Quizá porque sabía.
Quizá porque algunas preguntas entre amigos eran innecesarias.
Sombra montó y desapareció en la oscuridad.
Cabalgó durante largo tiempo.
No tomó el camino principal.
Conocía aquellas tierras lo suficiente para mantenerse lejos de los caminos vigilados.
Cuando finalmente detuvo el caballo, la hacienda De la Vega podía distinguirse a lo lejos.
Luces.
Demasiadas.
Sombra frunció el ceño.
Parecía haber habido una celebración.
Permaneció sobre el caballo, oculto entre la oscuridad y la vegetación.
No debía estar allí.
Lo sabía.
Había entregado a Amalia.
El acuerdo estaba cumplido.
Ella estaba en casa.
Segura.
Eso era suficiente.
Debería haber dado media vuelta.
No lo hizo.
Sacó el catalejo.
Recorrió lentamente la fachada de la hacienda.
Una ventana.
Otra.
Otra.
Hasta encontrar una iluminada en el piso superior.
Esperó.
Nada.
Sombra estuvo a punto de bajar el catalejo.
Entonces apareció una silueta.
Amalia.
Se acercó a la ventana.
Él dejó de respirar por un instante.
Estaba demasiado lejos para distinguir su expresión.
Solo podía verla allí.
En su casa.
En su mundo.
Exactamente donde pertenecía.
Amalia apoyó una mano sobre el marco de la ventana.
Sombra la observó en silencio.
No podía saber que minutos antes había discutido con sus padres.
No podía saber quién era Gustavo.
No podía saber qué había significado aquella fiesta.
Solo sabía que ella estaba allí.
Y que él estaba afuera.
La distancia entre ambos nunca había parecido tan clara.
Amalia levantó la mirada hacia la oscuridad.
Por un segundo absurdo, Sombra sintió que estaba mirándolo.
Imposible.
Ella no podía verlo.
Aun así, no bajó el catalejo.
Amalia permaneció junto a la ventana.
Y muy lejos, oculto en la noche, Sombra permaneció sobre su caballo.
Ninguno podía ver realmente al otro.
Pero ambos miraban hacia el mismo lugar.
La oscuridad que los separaba.
Sombra bajó finalmente el catalejo.
Tiró suavemente de las riendas.
El caballo giró.
Antes de marcharse, miró una última vez aquella ventana iluminada.
Después desapareció por el mismo camino por el que había llegado.
Sin saber que mientras él se alejaba, Amalia metía una mano en el bolsillo de su vestido.
Y encontraba el pañuelo.
Lo sostuvo entre los dedos.
Las palabras de Mariel regresaron a su memoria.
Regresar al lugar de donde saliste no significa que tengas que regresar siendo la misma mujer que se fue.
Amalia cerró la mano alrededor del pañuelo.
Abajo, sus padres creían haber recuperado a su hija.
Gustavo creía haber conocido a su futura esposa.
Y Amalia acababa de descubrir que volver a casa no significaba recuperar su antigua vida.
Porque mientras todos hablaban de la mujer que debía ser...
ella no podía dejar de pensar en el hombre del que acababa de despedirse.
CONTINUARÁ....
Si te está gustando... no olvides comentar y dar me gusta ! 🙊😈