Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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EL ECO DE LA HUMILLACIÓN
El brillo de los candelabros de cristal en el salón de eventos del Gran Hotel Imperial se reflejaba en el vestido carmesí que Verónica llevaba puesto. Medía un metro setenta, pero con los tacones de aguja su presencia resultaba imponente. Tenía una belleza clásica, un rostro esculpido por los dioses y una figura envidiable que robaba las miradas de los magnates y políticos presentes. Sin embargo, nadie en esa gala de la alta sociedad sabía de dónde venía. Para todos, ella solo era la hermosa y misteriosa acompañante de Reinaldo Benítez.
A sus treinta años, Verónica Comellas Bermúdez llevaba cinco años jugando a ser la esposa abnegada de una clase media acomodada. Había renunciado al imperio de sus padres, a las escoltas, al dinero manchado de pólvora y a las reuniones clandestinas. Odiaba la zozobra de no saber si despertaría viva. Por eso, huyó. Creó una identidad modesta, se graduó en Economía y Finanzas con honores en secreto y se casó con Reinaldo, creyendo que en la sencillez encontraría la paz.
Qué equivocada estaba.
—No te apartes de mi lado y sonríe, Verónica —le murmuró Reinaldo al oído, apretándole el brazo con una fuerza innecesaria—. Bastante hago con traerte a estos eventos. La gente de nivel como los clientes de mi inmobiliaria necesita ver que tengo una mujer elegante, aunque por dentro no tengas un solo centavo que aportar a mi apellido.
Verónica no parpadeó. Mantuvo la barbilla en alto y una sonrisa helada en los labios. Ya ni siquiera le dolía.
A unos metros, Margarita de Benítez, su suegra, la miraba con absoluto desprecio mientras bebía champagne junto a unos empresarios de la arquitectura.
—Mírala —susurró Margarita a su grupo, lo suficientemente alto para que los murmullos corrieran—. Una muerta de hambre que no sabe de dónde salió. Mi hijo Reinaldo merecía a alguien de cuna, no a una aparecida a la que tenemos que vestir para que no nos haga pasar vergüenzas. Pura fachada pobre.
Verónica apretó los puños disimuladamente. Si Margarita supiera que el hotel donde estaban parados era solo una fracción de las propiedades de Donato Comellas y Catalina Bermúdez, sus verdaderos padres. Si supiera que la mafia más temida del país respondía al apellido de su hermano Víctor... pero Verónica guardaba silencio. Ella había elegido esa cruz.
De repente, una figura femenina se deslizó entre los invitados. Era Carolina Castro, la amante de Reinaldo. Lucía un vestido deslumbrante y se acercó a la mesa de Margarita con una soltura que detonó las alarmas de Verónica.
—Señora Margarita, qué gusto verla —dijo Carolina con una voz melodiosa, besándole la mejilla a la suegra—. Tengo una idea maravillosa. El cumpleaños de Reinaldo se acerca en dos días. Quiero organizarle una fiesta sorpresa con sus mejores amigos y socios.
—¡Oh, Carolina, qué detalle tan divino! —exclamó Margarita, cambiando su rostro amargado por una sonrisa radiante—. Tienes una clase que a otras les falta.
—Pero hay un detalle —continuó Carolina, lanzando una mirada venenosa hacia Verónica—. La fiesta debe ser en la casa de Reinaldo y Verónica. Nada de restaurantes. Algo íntimo, elegante... pero, por supuesto, hay que invitar a su esposa. No podemos ser groseras, ¿verdad?
Margarita rio con saña.
—Por supuesto. Que la esposa sirva las copas en su propia casa.
Verónica, cansada de la hipocresía, caminó lentamente hacia el tocador del segundo piso del salón para tomar aire. Llevaba la mano instintivamente a su vientre. Llevaba dos meses sufriendo náuseas y mareos en silencio. Aún no se lo había dicho a Reinaldo. Quería estar segura.
Lo que Verónica no sabía era que Carolina la había seguido. La amante había descubierto esa misma mañana, por una casualidad médica y un descuido de papeles, que Verónica estaba embarazada. Y no iba a permitir que un heredero arruinara sus planes de quedarse con Reinaldo y su estatus.
Cuando Verónica estaba a punto de llegar al descanso de la gran escalera de mármol del segundo piso, Carolina le cortó el paso.
—Vaya, vaya... la reina descalza —se burló Carolina, bloqueando el camino.
—Hazte a un lado, Carolina —respondió Verónica con voz firme y profunda, sin intimidarse—. No tengo tiempo para tus juegos.
—¿No tienes tiempo? ¡Lo que no tienes es vergüenza! —siseó Carolina, dando un paso al frente—. ¿Crees que no sé tu secreto? Estás embarazada, ¿verdad? Crees que con un bastardo vas a amarrar a Reinaldo para siempre.
—Cuida tu boca. Esto es entre mi esposo y yo —dijo Verónica, intentando esquivarla.
—¡Reinaldo no te ama! ¡Es mío! —gritó Carolina fuera de sí.
Verónica la sujetó del brazo para apartarla, pero Carolina reaccionó con violencia. Con un gesto rápido y lleno de malicia, empujó a Verónica con todas sus fuerzas hacia el vacío de la escalera.
—¡Aaaah!
El grito de Verónica retumbó en el vestíbulo. Su cuerpo rodó sin control por los escalones de mármol duro, golpeándose la espalda, las piernas y el abdomen hasta impactar contra el suelo del piso inferior. Un dolor sordo y lacerante le perforó el vientre. Entre su visión borrosa, vio la sangre manchar su vestido carmesí.
Carolina bajó corriendo unos escalones, fingiendo pánico, y gritó para llamar la atención de todos:
—¡Ayuda! ¡Por Dios, Reinaldo! ¡Tu esposa se tropezó! ¡Se cayó por la escalera!
La gente rodeó la escena en sofocado murmullo. Reinaldo llegó a la prisa, pero al ver a Verónica tirada en el suelo, desangrándose y arruinando la escena, su rostro no mostró compasión, sino una rabia ciega.
Se inclinó sobre ella, no para consolarla, sino para recriminarle al oído con asco:
—¿Siempre tienes que arruinarme el momento? ¡Siempre tan egoísta! Mira el espectáculo que estás haciendo en frente de mis socios. ¡Eres patética!
—Reinaldo... el bebé... por favor... —susurró Verónica con voz casi inaudible, aferrándose a su traje.
Reinaldo se puso de pie, limpiándose las manos con disgusto y mirando a su chofer, que estaba entre la multitud.
—Tú. Llévala al hospital en el auto. No voy a arruinar mi noche subiéndome a una ambulancia.
Mientras los paramédicos la subían a la camilla y la sacaban del lugar, Verónica vio a través de sus lágrimas cómo Reinaldo regresaba al bar junto a Carolina y su madre, dejándola completamente sola. En ese instante, en medio del dolor agonizante de perder lo que más anhelaba, algo dentro del corazón de Verónica se rompió para siempre. La mujer piadosa y humilde que había intentado ser durante cinco años murió en esa escalera. Y en su lugar, renació la verdadera heredera del imperio Comellas.