A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 16
Cap 16: El precio de despreciarla
A las nueve y diez del lunes, don Joaquín Saldívar entró al despacho del licenciado Tejada con el sombrero en la mano. Damián lo recibió de pie. No le ofreció asiento.
—Damián.
—Don Joaquín.
—Vengo a hacer una cosa que mi hija no va a hacer. Lo del viernes fue una falta de respeto a tu casa y a tu acompañante. Te ofrezco una disculpa formal a nombre de la familia Saldívar. Y te propongo reactivar el contrato con condiciones mejoradas.
—Lo evaluaré.
—¿Cuándo me das respuesta?
—Cuando la tenga.
Don Joaquín asintió una vez. Inclinó la cabeza —no del todo, lo justo para que Damián lo registrara como hombre que sabe cuándo está en deuda— y salió.
* * *
Esa misma mañana, Mauricio le mandó a Camila un mensaje.
> "Señorita, le informo: don Joaquín Saldívar acudió hoy al despacho a presentar disculpas formales y solicitar reactivación del contrato. Sin compromiso de respuesta. — Ortega."
Camila le agradeció con un "Gracias por avisar."
Diez minutos después, otro mensaje. Número desconocido.
> "Te conviene saber lo que significa meterse en el mundo de los Tejada. Las cosas se reacomodan rápido. Tú no estás amarrada todavía. Yo sí, hace años. — X."
Camila lo capturó, se lo reenvió a Damián.
> "Llegó esto. Solo quería que lo supieras."
Damián, en menos de un minuto:
> "Lo gestiono."
> "No hace falta."
> "Igual lo gestiono."
* * *
Esa tarde, Camila fue a casa de los Lazcano.
Soraya tardó menos en abrir. Camila entró sin pedir paso al zaguán. Caminó directo a la sala.
Ricardo no estaba en el estudio. Estaba en la sala viendo el noticiero con la mirada vacía. Cuando la vio entrar, se levantó. La corbata floja, el pelo sin acomodar.
—Cami.
—Ricardo.
—Pasa, hija. ¿Café?
—No, gracias.
—Soraya, sirve un café para Cami.
—Ya dije que no. —Camila no levantó la voz; la ajustó con precisión. Soraya, desde la puerta de la cocina, no insistió.
—¿Qué te trae?
—La carpeta azul. La que cerraste rápido el día que vine por la abuela. Textiles Robles e Hijos.
Ricardo parpadeó.
—Hija, eso lo tenemos que ver con calma. Con un abogado. Yo te lo explico.
—Bien. Lo vemos con un abogado. Tu abogado contra el mío. Esta semana.
—Cami...
—Ricardo. Yo no vine a pelear hoy. Vine a confirmarte que el tema existe y que vamos a tratarlo con papel.
Soraya intervino:
—Camila. Esto es la familia.
—Esto es la herencia de mi mamá. Eso son dos cosas distintas, suegra.
—Yo no soy tu suegra.
—Eso ya lo aclaramos. Hablo con Ricardo. Ricardo. ¿Esta semana?
—Esta semana, hija.
—Te llamo mañana con día y hora.
Camila se levantó. Antes de salir, Soraya intentó una última cosa.
—Mija. Tu abuela no está bien. Si te preocupa la abuela, deberías concentrarte en ella.
Camila se detuvo.
—Mi abuela está en San Andrés con doña Ofelia. Ya está bien.
Salió.
* * *
A las cinco y media tocó alguien a la puerta del 4B. Camila se asomó por la mirilla. Brisa.
Sin maquillaje, sin aretes, sin el aire de superioridad. Llevaba una bolsa de mercado y la cara de quien ha ensayado tres frases en el taxi.
Camila abrió.
—Hola.
—Hola.
—¿Puedo pasar?
Camila se hizo a un lado. Brisa entró. Miró los treinta y un metros cuadrados con la cara neutra, no condescendiente —lo que ya era nuevo— y dejó la bolsa sobre la mesa.
—No vine a pedirte que me perdones.
—Bien.
—No te traje un discurso.
—Mejor.
—Pero tengo dos cosas que decirte antes de sacar lo de la bolsa, si me dejas.
—Habla.
—Lo del frasco del resort. Le pasé el dato a Gerardo. Lo voy a declarar yo misma el lunes, no me esperes a tener un citatorio. Ya hablé con un abogado.
—¿Por qué?
—Porque si me arrastra el MP a un proceso, mi mamá me destruye desde adentro. Si me adelanto, el control lo tengo yo. Y porque te lo debo.
—Yo no quiero tu deuda, Brisa.
—No te la estoy pagando a ti. Me la estoy pagando a mí. Para poder vivir con la cara que veo en el espejo.
—¿Y la segunda cosa?
—Vine porque esto era tuyo.
Brisa sacó tres cosas, una a una. Una cadena de plata con una medalla pequeña de la Virgen de Juquila —la de Abuela Inés, desaparecida hacía cuatro años—. Un sobre con efectivo, cinco mil pesos. Un fólder con bocetos de Camila, fechados, doblados, intactos.
—Brisa.
—Los billetes son los que te saqué de tu cartera en distintos momentos. Aproximé. Le metí mil de más por si me faltó memoria.
—¿Y los bocetos?
—Los guardé yo. Te los dije perdidos pero los tenía. Los iba a usar para inscribirme a una clase. Ya no.
Camila tomó el fólder.
—¿Por qué ahora?
—Porque te tengo miedo. No me da pena decirlo. Hace seis meses te quería ver hundida. Ahora me da más miedo lo que puedas hacer tú que lo que me puede hacer mi mamá.
—¿De qué me tienes miedo?
—Del licenciado Tejada. Y de ti.
—¿Es la única razón?
—Es la principal. Pero no la única. La abuela, cuando se enferma, llama a la única que va. Y la única que va eres tú. Yo no estoy preparada para morirme siendo la otra.
Camila se quedó callada un momento.
—Brisa. No te voy a perdonar. Pero, dado lo que acabas de decir, tampoco voy a pasarme la vida odiándote. Cuídate.
Brisa asintió. La misma frase del mensaje del Cap 7. La reconoció. No dijo nada al respecto.
—Una cosa más —dijo, antes de salir—. Lo de Mauricio en la banqueta. La noche del paquete. Mi mamá lo vio en una foto que le pasaron al día siguiente. Por eso me llamó a las dos de la mañana, gritando. Mi mamá no le pierde la cara a nadie. Y a un guardaespaldas en una banqueta de la Roma sí se la perdió. Cuida ese dato.
—¿Algo más?
—No. Adiós, Cami.
—Adiós.
* * *
Esa noche, a las once y cinco, Camila marcó a Damián.
—Camila.
—Damián. Ricardo va a hablar.
—Bien. ¿Con tu abogado o con el mío?
—Concertamos los dos. Esta semana.
—Sí.
Pausa.
—Damián. ¿Dormiste bien después de la cena?
—No mucho. ¿Tú?
—Sí.
—Bien.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
* * *
Camila colgó. Miró los bocetos sobre la mesa. Tenían dos años algunos, dieciocho meses otros, ocho meses los más nuevos. Los reordenó por fecha.
La cadena de Juquila la guardó en el cajón, al lado del medallón de los Tejada. Las dos piezas tintinearon una contra otra.
Antes de apagar la luz, abrió la libreta de los favores y, en una página nueva, escribió:
> "Brisa Lazcano — declara el lunes. Por iniciativa. Avisar al licenciado del MP."
Cerró la libreta.
Antes de apagar, sonó el teléfono. Mariana.
> "Mija, mañana a las once. Café en la casa. Sin Damián. Quiero hablarte de algo de la fundación que mencionó Sofía Acevedo y prefiero hacerlo cara a cara. ¿Te recoge Cipriano? — Mariana."
Camila respondió:
> "Mañana a las once. Voy en Uber. Gracias, Mariana."
> "De nada, mija. Buenas noches."
> "Buenas noches."
Puso la libreta debajo de la almohada. Apagó la luz.