Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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TU LUGAR
El letrero colgaba torcido sobre la puerta de madera desgastada: El Burdel de las Caricias. Desde fuera se escuchaban risas, música y el bullicio de hombres que buscaban olvidar el día entre humo y luces tenues. Entré con paso tranquilo, ocultando mi rostro bajo la capucha de mi capa, y la dueña, una mujer corpulenta con mirada aguda y voz áspera que parecía haber visto pasar toda clase de hombres por su vida, se acercó de inmediato, midiendo mi bolsillo con la mirada experta.
—¿Qué buscas, joven? —preguntó, sin perder el tiempo en cortesías innecesarias.
—Me han dicho que tienen a alguien… especial —dije con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. La mujer que antes era alguien importante. La que todos llamaban la ex sultana. ¿Cuánto cuesta una noche con ella?
La mujer soltó una carcajada seca, como si le hubiera contado un chiste.
—¡Vaya! Tienes buen ojo, o mal gusto, según se mire. Cuesta más que las demás, pero no te quejarás al amanecer. Aquí la tienes, cuando quieras.
—Bien —dije, dejando caer las monedas sobre la mesa de madera—. Me quedo con ella. Y volveré. Con frecuencia.
Subió las escaleras y regresó momentos después con Mahidevran. Llevaba un vestido sencillo y ajustado, de tela barata, con la mirada baja y las manos entrelazadas con nerviosismo, apretándose los dedos como si quisiera desaparecer dentro de sí misma. Al levantar la vista y verme, se quedó pálida como la muerte, dando un paso atrás como si hubiera visto un fantasma salido de la tumba.
—¿Tú…? —susurró, apenas audible, con los labios temblorosos.
La dueña le dio un golpe seco en el brazo, brusco y sin consideración alguna.
—¡Atiende al joven como se debe! Son buenas monedas las que paga, y no te hagas la importante ni la difícil, que aquí nadie te va a rescatar. Si no lo haces bien, ya sabes lo que te espera esta noche.
Mahidevran tembló, pero bajó la cabeza aún más y asintió en silencio. No tenía opción. Entró en la habitación delante de mí, con los hombros caídos y los ojos llenos de lágrimas que reprimía con esfuerzo, mordiéndose los labios para no sollozar en voz alta. Cerré la puerta tras de mí y corrí el cerrojo. Estábamos solos. Nadie nos veía. Nadie nos escuchaba. Y yo saboreaba cada segundo de ese silencio tenso.
Pasaron las semanas y regresé una y otra vez. No la compré de inmediato. Decidí que sería mejor verla caer poco a poco. Cada noche pagaba por ella, entraba a su habitación, y la encontraba al principio encogida en el rincón más alejado, abrazándose a sí misma, con la mirada clavada en el suelo como si las tablas de madera fueran lo único que no la juzgaba. Temblaba cuando me acercaba, esperando lo peor, pero yo nunca fui brusco. Simplemente le recordaba con mi presencia, con mi voz, con cada gesto, que yo era quien decidía cómo transcurriría esas horas. Y que si yo no llegaba, cualquier otro hombre podría ocupar su lugar en esa cama. Esa certeza, esa sombra constante de algo mucho peor que yo, hizo su trabajo mejor que cualquier amenaza.
Noche tras noche, Mahidevran fue cediendo. Al principio lo hacía con los ojos cerrados, como si quisiera estar en cualquier otro lugar. Pero poco a poco, algo cambió. Sabía que complacerme significaba que la noche transcurría con menos dureza, con menos palabras que le recordaran su caída. Descubrió que si se entregaba sin resistencia, yo era menos exigente con su orgullo herido. Y así, su sumisión dejó de ser solo miedo y se convirtió en hábito, en una forma de sobrevivir. Ya no se encogía cuando entraba. Ya no cerraba los ojos para no verme. Me miraba, con esa mezcla de vergüenza y reconocimiento que solo tiene quien sabe que su vida depende de quien está frente a ella. Hacía todo lo que yo le pedía, sin quejarse, sin protestar, con una obediencia silenciosa que me satisfacía profundamente.
Una noche, cuando terminamos y yacíamos juntos en la penumbra de la habitación, la tomé del mentón con suavidad pero con firmeza, obligándola a sostener mi mirada. Sus ojos oscuros me buscaron, temerosos pero ya no desafiantes.
—Así me gusta —le dije con voz baja y satisfecha—. Sabes tu lugar. Sabes quién eres ahora. No luches contra lo que no puedes cambiar. Cuanto menos te resistas, más llevadero será todo para ti. Recuerda: yo soy lo mejor que te puede pasar aquí. No lo olvides nunca.
Cuando terminamos esa última noche, me vestí lentamente mientras ella permanecía en el borde de la cama, abrazándose a sí misma, esperando que me marchara como siempre hacía. Pero no me fui de inmediato. Me detuve frente a ella y le hablé con calma y firmeza.
—¿Quién lo diría, verdad? —dije, observando cómo se encogía ante mis palabras—. Que la mujer que soñó con sentarse al lado del Sultán, que creyó que su hijo heredaría el imperio, terminaría aquí, en una habitación alquilada por horas.
Ella rompió a llorar, escondiendo el rostro entre sus manos.
—¡Maldito! —sollozó con rabia y dolor—. ¡Maldito seas! ¿Por qué no me matas de una vez? ¿Por qué me haces esto?
—Porque la muerte sería demasiado fácil para ti —respondí sin alterarme—. Y además… no eres libre. No como yo. Pero escúchame bien lo que te digo: he oído que un regimiento entero acampará cerca del puerto pronto. Han contratado los servicios de este lugar. Tendrás mucho trabajo. Muchos hombres. Muchas noches como esta, o peores.
Su cuerpo tembló violentamente al comprender lo que eso significaba. Se abrazó con más fuerza a sí misma, aterrorizada.
—No… por favor… no… —murmuró entre sollozos.
Me eché a reír suavemente, y me dirigí hacia la puerta sin decir una palabra más. La dejé allí, sentada en el borde de esa cama que ahora era su única realidad. Crucé el umbral y cerré la puerta tras de mí, sabiendo que al otro lado se quedaba exactamente donde merecía estar: sin esperanza, sin salida, esperando lo que el destino —o yo— decidiera de ella. Mahidevran no salió de esa habitación esa mañana. Ni la siguiente. Se quedó allí, en esa casa de placer que ahora era su mundo entero. Nadie vino a rescatarla. Nadie preguntó por ella. Y cuando la puerta se cerraba tras cada visitante, ella comprendía, con un nudo en la garganta que no se iba, que su antiguo nombre ya no significaba nada. Que esta era su vida ahora. Que aquí, entre esas paredes y esas luces tenues, era donde se quedaría. Sin mí que la sacara, pero sabiendo que yo era quien decidía si volvía o no. Y esa incertidumbre… era su castigo más largo.