Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Bajo la pérgola
Llovió por fin un jueves en la tarde, una de esas lluvias de la Ciudad de México que llegan sin avisar y lo lavan todo.
Dulce llevaba días descubriendo el mundo por las orejas, y esa tarde había hecho un descubrimiento mayor: en el estanque del jardín de la Casa de la Lluvia vivían peces de colores. Estaba arrodillada en la orilla de cantera, contándolos en voz alta —"uno, dos, tres naranjas, ese gordo es cuatro"—, fascinada con el chapoteo, asomándose cada vez un poco más sobre el agua.
Valentina la vigilaba desde el corredor. Maximiliano había salido un momento a hacer una llamada, con el saco ya quitado, recargado en una columna.
Y entonces Dulce se asomó demasiado.
El borde mojado le falló, la niña dio un manotazo en el aire, y antes de que Valentina alcanzara siquiera a soltar el grito, una sombra cruzó el jardín bajo la lluvia. Maximiliano tiró el teléfono al pasto y llegó en tres zancadas, alcanzó a Dulce de la cintura justo cuando se iba de cabeza, y la levantó en vilo, lejos del agua, pegándola contra su pecho.
Se quedó así, de rodillas en el pasto, empapándose, con la niña agarrada con las dos manos y el corazón —Valentina lo vio desde el corredor— saliéndosele por los ojos.
—¡No te asomes así! —Le salió bronco, casi enojado, pero le temblaba—. Te pudiste caer. Te pudiste… —No terminó. La apretó otro poco—. No vuelvas a hacer eso. Nunca.
Dulce, que no entendía tanto aspaviento por unos peces, le picó la mejilla con un dedo.
—No me caí. Usted me agarró. —Lo dijo con una confianza absoluta, como si fuera obvio que ese señor siempre la iba a agarrar—. ¿Me ayuda a contarlos? Yo sola me pierdo después del cuatro.
Maximiliano la miró. Algo se le rindió en la cara. Y el hombre que valía millones, empapado, en el pasto, se sentó en la orilla del estanque con la niña entre las piernas y se puso, con toda seriedad, a contar peces de colores bajo la lluvia.
—Cinco. Ese de allá es el cinco —dijo, señalando.
—¡No! Ese ya lo conté. Es tramposo, se mueve.
—Entonces le ponemos nombre para no confundirnos. Ese gordo tramposo que se mueve se llama, a partir de hoy, Tramposo. Así, cuando lo veas pasar dos veces, ya sabes que es el mismo.
Dulce se rió con toda su voz nueva, una risa que rebotó en el jardín, y Valentina, en el corredor, tuvo que apretarse el pecho con la mano.
Para cuando la lluvia arreció, los tres habían terminado bajo la pérgola, esa pérgola de madera y enredadera que él había construido para una promesa de hace diez años. Maximiliano había mandado prender un brasero, había traído cobijas, y Dulce, envuelta como un tamal, veía caer el agua con la boca abierta de asombro. Valentina se sentó en la otra punta de la banca, todo lo lejos que la banca permitía.
—Te dije que algún día íbamos a ver la lluvia caer sin mojarnos —dijo él, en voz baja, sin mirarla, viendo el agua—. De viejitos.
—No estamos viejitos. Y no es como lo imaginamos. —Valentina mantuvo la vista en la lluvia—. Lo imaginamos sin un contrato de por medio.
El agua caía en cortinas sobre el jardín, sobre el estanque donde nadaba Tramposo, sobre la fuente, y bajo la pérgola hacía un calorcito de brasero y cobija que olía a tierra mojada. Dulce, entre los dos, señalaba los relámpagos lejanos y los contaba como había contado los peces. Y a Valentina, sin que ella lo permitiera, se le fue aflojando algo en el pecho, una cosa peligrosa que se parecía demasiado a la felicidad. Era exactamente la trampa que había aprendido a temer: que un techito, una lluvia y un plato de comida bastaran para hacerle creer que esto podía durar. No iba a durar. Lo decía el contrato. Lo decía Doña Eugenia. Lo decía el secreto que dormía entre los tres sin que dos de ellos lo supieran. Pero por esa media hora, bajo la enredadera, con su hija riéndose de los truenos, Valentina se permitió no acordarse de nada de eso.
Maximiliano no contestó a lo del contrato. Pero tampoco se apartó. Se quedó viendo llover, con la niña recargada en él, como si por una vez en su vida no tuviera ningún imperio que atender, ningún rencor que cargar, ningún sitio mejor en el mundo que ese. Se levantó, dijo que tenía hambre, y desapareció en la cocina. Valentina pensó que iba a pedirle algo a los empleados. Pero los empleados tenían el día libre —ahora entendía por qué—, y al rato de la cocina empezó a salir un olor que ella conocía hasta los huesos.
Cuando él volvió, traía dos platos. Tinga. Tinga de pollo, con su tostada, su crema, su aguacate, exactamente como a ella le gustaba, hasta el detalle de la cebolla morada encurtida que casi nadie le ponía. El platillo que ella le había enseñado a amar en aquel departamento de estudiantes y que él, claramente, había seguido haciendo durante cinco años de ausencia.
—Come —dijo, dejándole el plato enfrente, brusco, como si la brusquedad tapara lo que el plato confesaba.
Valentina probó un bocado y tuvo que bajar la cara. Porque un hombre puede mentir con la boca, puede comprar a una mujer con un contrato, puede llamarla estorbo en un coche. Pero nadie cocina durante cinco años el platillo favorito de alguien que de verdad ya no le importa.
Comieron en silencio, los tres, bajo el repiqueteo de la lluvia, y por un rato peligroso, dulcísimo, parecieron exactamente lo que no eran: una familia.
Fue Dulce la que rompió el hechizo, con la inocencia de los cinco años, limpiándose la crema del cachete.
—Señor Max. —Bostezó—. ¿Verdad que usted va a ser mi papá? Yo lo pedí de deseo. Y mami no me dijo que no.
Valentina se enderezó de golpe, con el corazón en la garganta.
—Dulce, mi amor, ya hablamos de eso. —Le acomodó la cobija, con una suavidad que le costó toda la calma que tenía—. El señor Max es nuestro amigo. Pero algún día él va a tener su propia familia, su propia hija. No se le piden esas cosas a la gente, ¿sí? No está bien.
—Pero yo no quiero otra. Lo quiero a él —protestó Dulce, ya medio dormida, acurrucándose contra el brazo de Maximiliano sin pedir permiso.
Valentina no se atrevió a mirarlo. Recogió los platos, dijo que iba a lavarlos, cualquier cosa por salir de ahí antes de quebrarse.
Y no vio lo que pasó atrás de ella.
Maximiliano se había quedado quieto, con la niña dormida pegada a su brazo, y tenía los ojos fijos en la espalda pequeña de Dulce, en la coronilla, en la forma de la nuca, en algo que no terminaba de nombrar y que llevaba semanas creciéndole por dentro como una sospecha. Su propia hija. Algún día él tendría su propia hija, había dicho Valentina.
Pero Maximiliano miraba a esa niña dormida contra su brazo, contaba en silencio los años hacia atrás, y por primera vez la pregunta tomó forma completa en su cabeza, fría y nítida como el agua de la lluvia.
¿Y si ya la tenía?
di la verdad de una y ya....