En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 1: La Corona Helada
El Gran Salón de Aethelgard era una mole de arquitectura sobria y amenazante, erigida con mármol negro extraído de las entrañas de las montañas del norte. Sus techos abovedados reverberaban con el murmullo contenido de la nobleza, pero para la reina Jasmín, el aire dentro de aquel lugar se sentía espeso, congelado y casi imposible de respirar. Sentada a la cabeza de la majestuosa mesa de banquetes, mantenía la postura erguida que su rango exigía, pero sus dedos apretaban el cáliz de plata cargado de vino hasta que sus nudillos se tornaban blancos.
Apenas había probado bocado del festín. Su atención, desgarradora e involuntaria, permanecía clavada en el hombre sentado a su derecha: su esposo, el rey Dante.
Cumplían exactamente treinta días de casados. Un mes entero desde que las campanas de la catedral repicaron anunciando la unificación de la corona de Aethelgard con el antiguo y místico principado del oeste, de donde descendía el linaje de brujas de Jasmín. Para el pueblo y la corte, era una alianza de poder indiscutible. Para Jasmín, era una condena a la agonía.
Dante cumplía su rol de monarca con una perfección sobrehumana y aterradora. Su presencia era imponente; sus hombros anchos vestían jubones de terciopelo oscuro bordados con hilos de plata, y su rostro, de facciones marcadas y mandíbula firme, parecía esculpido por un artesano cruel que se había olvidado de añadirle calidez. Respondía a los ministros con una voz grave, pausada y tajante que no admitía réplicas. Firmaba decretos con mano firme. Pero hacia ella... hacia ella solo había un abismo de indiferencia.
Durante todo aquel mes, Dante jamás le había sostenido la mirada más de dos segundos consecutivos. Si caminaban juntos por los pasillos, se aseguraba de mantener una distancia prudente. Y al llegar la medianoche, tras escoltarla formalmente hasta la puerta de los aposentos reales, le dedicaba una inclinación de cabeza fría y profesional antes de dar media vuelta e internarse en la penumbra de su despacho privado, donde permanecía encerrado hasta la madrugada.
—Su Majestad apenas ha tocado el asado de ciervo —murmuró Nora, su dama de honor más cercana, mientras se inclinaba sutilmente sobre el hombro de Jasmín para rellenar su copa—. Ni siquiera ha probado los dulces de higo que mandé a preparar especialmente para vos.
—No tengo apetito, Nora —susurró Jasmín con la voz quebrada por un matiz de humillación que luchaba por ocultar. Sus ojos verdes cruzaron el espacio hasta Dante, quien en ese preciso instante reía de forma baja y sobria ante un comentario táctico del capitán Jeison, su mano derecha.
A Dante le resultaba fácil sonreírle a sus capitanes, a sus ministros e incluso a los sabuesos de caza que poblaban los patios. Pero para su esposa, solo guardaba la frialdad de la piedra.
Esa misma noche, la escena se repitió con la misma crueldad mecánica. Dante la acompañó a la puerta de la gran alcoba real, se detuvo en el umbral y, sin rozar jamás su piel, pronunció sus secas palabras habituales:
—Que descanses, Jasmín. Tengo asuntos de estado que revisar en el gabinete.
Antes de que ella pudiera formular una respuesta o extender una mano en un gesto desesperado de suplicante afecto, el rey ya le daba la espalda, perdiéndose en la penumbra del pasillo iluminado por antorchas.
Sola en la inmensidad de la alcoba, Jasmín dejó caer la máscara de realeza. Se despojó con brusquedad del pesado vestido de seda bordada y caminó descalza hacia el espejo de bronce pulido que dominaba una de las esquinas. La luz de las velas temblaba sobre su piel blanca. Se contempló detenidamente: sus curvas eran refinadas, sus hombros delicados, su rostro poseía una belleza exótica y sus ojos albergaban el fulgor verde e hipnótico característico de las mujeres de su estirpe. No era una mujer desagradable a la vista. De hecho, en las cortes del oeste, decenas de nobles habían suspirado por ella.
¿Por qué Dante la aborrecía tanto? ¿Acaso le resultaba repulsiva? ¿O simplemente la odiaba por representar la unión política que se le había impuesto?
Los celos, la inseguridad y un orgullo herido quemaron en el centro de su pecho como un veneno abrasador. Jasmín pertenecía a un linaje que no se arrodillaba ante nadie; las mujeres de su sangre habían dominado elementos, doblegado voluntades y protegido reinos con el arte de la magia antigua.
Apretó los puños y apoyó las palmas sobre la superficie fría del espejo. Sus pupilas destilaron un brillo esmeralda, ahogado por la desesperación.
—Si no te entregas a mí por tu propia voluntad, Dante... la sangre de mis antepasadas te obligará a inclinarte —juró para la penumbra de la habitación—. Serás mío, aunque tenga que encadenar tu alma a la mía para siempre.