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La Esposa De Mí Jefe

La Esposa De Mí Jefe

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:861
Nilai: 5
nombre de autor: Dannyperezok

Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.

Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.

Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.

Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.

Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.

Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.

Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.

Victoria es su jefa.

La esposa de su jefe.

Una mujer prohibida.

Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.

Él comienza protegiéndola de peligros externos...

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Capitulo 10: El hombre que debería estar muerto

FERNANDO

Los tres golpes seguían resonando en mi cabeza.

Toc.

Toc.

Toc.

Alexander permanecía inmóvil al final del pasillo.

No parecía sorprendido.

Parecía aterrado.

Y eso me preocupó más que cualquier amenaza que hubiéramos recibido.

—¿Quién es? —pregunté.

Alexander no respondió.

—Señor Blackwood.

—No abras.

Su voz fue apenas un susurro.

Victoria me miró.

—¿Por qué?

Alexander levantó la vista.

—Porque no sabes quién está ahí.

—Pero tú sí.

Silencio.

Me acerqué a la puerta.

—Fernando —dijo Victoria.

Levanté una mano para indicarle que permaneciera atrás.

Revisé por la cámara de seguridad.

Nada.

La entrada estaba vacía.

Abrí la puerta apenas unos centímetros.

El viento nocturno entró en el vestíbulo.

No había nadie.

Bajé la mirada.

Había un sobre negro en el suelo.

Lo recogí.

No tenía remitente.

Lo abrí.

Dentro había una sola fotografía.

La observé.

Y sentí que el estómago se me cerraba.

Era una fotografía tomada aquella misma noche.

Alexander.

Victoria.

Y un tercer hombre.

El hombre del accidente.

Estaba vivo.

La fotografía parecía haber sido tomada desde la distancia, pero su rostro era perfectamente visible.

Victoria se acercó.

—No...

Alexander retrocedió.

—Esto no puede estar pasando.

Lo miré.

—Entonces explíquelo.

No respondió.

—¿Quién es?

Alexander cerró los ojos durante unos segundos.

—Se llamaba Daniel Cross.

Victoria palideció.

—¿Se llamaba?

Alexander apretó la mandíbula.

—Está muerto.

Le mostré la fotografía.

—Parece bastante vivo para alguien muerto.

Alexander no contestó.

Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.

Un cristal rompiéndose.

Me giré inmediatamente.

—¡Victoria, al suelo!

La empujé detrás de una columna.

Un segundo después, algo atravesó la ventana.

No era una bala.

Era otra fotografía.

Se clavó en la pared.

Corrí hacia ella.

La retiré.

Era una imagen de Victoria dentro del automóvil la noche del accidente.

Pero había algo escrito detrás.

«PREGÚNTALE A MARCUS.»

Victoria se quedó mirando la fotografía.

—Marcus...

Alexander dio un paso atrás.

—No.

—¿Qué sabe Marcus? —pregunté.

—Nada.

Demasiado rápido.

—Eso no fue una respuesta convincente.

Alexander me miró con furia.

—Te estás excediendo.

—Y usted está ocultando algo.

—¡Soy tu jefe!

—Y ella está bajo mi protección.

Victoria me observó.

Había algo diferente en sus ojos.

Por primera vez, parecía estar empezando a creer que podía enfrentarse a él.

Subí al segundo piso.

Marcus apareció en el pasillo.

—¿Qué ocurrió?

Le mostré la fotografía.

Su expresión cambió.

Solo durante un segundo.

Pero fue suficiente.

—¿Conoces a Daniel Cross?

Marcus no respondió.

—Te hice una pregunta.

—No deberías hacerla aquí.

—Entonces dime dónde.

Marcus miró hacia Alexander.

Después hacia Victoria.

—En la sala de seguridad.

Lo seguí.

Cerró la puerta.

—Daniel Cross trabajaba para Alexander.

—¿Como qué?

—Conductor.

—¿Y qué ocurrió aquella noche?

Marcus pasó una mano por su rostro.

—Yo no estuve allí.

—Tu tarjeta fue utilizada a las 02:13.

—Lo sé.

—Y alguien llevaba un reloj idéntico al tuyo cuando desconectó las cámaras.

Marcus me miró.

—Porque era mi reloj.

—¿Entonces fuiste tú?

—No.

—¿Quién lo llevaba?

Marcus permaneció en silencio.

—Marcus.

Finalmente respondió:

—Alexander.

Sentí que todo encajaba.

—¿Alexander desconectó las cámaras?

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

Marcus abrió una caja metálica y sacó un pequeño dispositivo.

—El sistema fue manipulado.

Lo conectó al ordenador.

Aparecieron registros.

—Mira.

Una secuencia de accesos.

02:07.

02:09.

02:13.

02:16.

—Alguien utilizó mi tarjeta para entrar en el área privada.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Pero tú sabes algo.

Marcus levantó la mirada.

—Sé que aquella noche no fue un accidente.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué ocurrió?

—Daniel Cross descubrió algo.

—¿Qué?

—Una transferencia de dinero.

—¿De Alexander?

Marcus asintió.

—Una cantidad enorme.

—¿A quién?

—No lo sé.

—¿Y Daniel?

Marcus bajó la voz.

—Dijo que iba a denunciarlo.

—Pero supuestamente murió.

—Sí.

—¿Quién identificó el cuerpo?

Marcus no respondió.

No necesitaba hacerlo.

La respuesta estaba frente a mí.

—Alexander.

—Sí.

Cuando regresé al vestíbulo, Victoria estaba sola.

Alexander había desaparecido.

—¿Dónde está?

—Se encerró en su despacho.

Me acerqué.

—Victoria, necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Daniel Cross trabajaba para Alexander?

Ella asintió lentamente.

—Sí.

—¿Lo conocías?

—Lo había visto algunas veces.

—¿Hablaste con él la noche del accidente?

Victoria cerró los ojos.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Me pidió que no confiara en Alexander.

Sentí un escalofrío.

—¿Y después?

—Después ocurrió el accidente.

—¿Viste a Daniel después del choque?

Victoria tardó en responder.

—No.

—Entonces, ¿por qué estás segura de que murió?

Ella abrió los ojos.

—Porque Alexander me dijo que había muerto.

—¿Y tú nunca viste el cuerpo?

—No.

La miré fijamente.

—Victoria, creo que tu esposo te mintió.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Yo también lo creo.

Entonces escuchamos un golpe procedente del despacho.

Victoria se sobresaltó.

Corrí hacia la puerta.

Estaba cerrada.

—¡Alexander!

Nada.

Abrí de golpe.

El despacho estaba vacío.

La ventana estaba abierta.

Y sobre el escritorio había un teléfono.

El teléfono de Alexander.

La pantalla estaba encendida.

Había un mensaje nuevo.

«YA SABES DEMASIADO.»

Debajo apareció otro.

«SI QUIERES SABER DÓNDE ESTÁ DANIEL, VEN SOLO.»

Y una ubicación.

Victoria se acercó.

—¿Qué vas a hacer?

La miré.

—Voy a descubrir la verdad.

—No puedes ir solo.

—Precisamente por eso te quedarás aquí.

Negó con la cabeza.

—No.

—Victoria...

—Durante un año todos decidieron por mí.

Me sostuvo la mirada.

—Alexander decidió qué podía saber. Qué podía decir. A quién podía ver.

Dio un paso hacia mí.

—No voy a dejar que tú también decidas por mí.

Me quedé en silencio.

Tenía razón.

—Entonces iremos juntos.

Victoria asintió.

Pero antes de que pudiéramos salir, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Contesté.

No escuché ninguna palabra.

Solo respiración.

Luego una voz masculina.

—Fernando Ferrara.

Me quedé helado.

—¿Quién eres?

Una risa baja respondió.

—El hombre que debería estar muerto.

La llamada terminó.

Victoria me miró.

—¿Era él?

Asentí.

Y entonces llegó un último mensaje.

«TRAIGAN A VICTORIA.»

Debajo había una segunda frase.

«ELLA SABE POR QUÉ DEBO MORIR.»

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