Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.
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El Paso del Abismo.
—El plan es aceptable —concedió Leo con frialdad, ajustando la correa de su ballesta al hombro—. Más te vale que tu mapa sea más preciso que tu paciencia. Muéstranos el camino.
Kassandra le dedicó una mirada cortante, pero no respondió al desafío. Se giró sobre sus talones y comenzó a ascender por el desvío, clavando las botas con firmeza en la costra de hielo y nieve que cubría la pendiente.
El sendero de cabras no era un camino; era una cornisa de piedra helada colgada sobre el abismo, apenas lo suficientemente ancha para apoyar la bota de perfil. La ventisca había dejado una gruesa capa de nieve polvo sobre la roca, convirtiendo cada paso en una apuesta a ciegas donde un desliz significaba una caída directa al fondo del tajo.
Kassandra avanzaba al frente, con el cuerpo inclinado hacia la pared de la montaña para ganar centro de gravedad.
—No mires hacia abajo —le advirtió sin volverse, con la voz seca y cortada por el zumbido del viento—. Si la vista te traiciona y te encoges, te caes. Pisa exactamente donde yo lo hago; la nieve oculta el vacío.
—No tengo la menor intención de asomarme al abismo, ex-caballero —respondió Leo entre jadeos, intentando mantener la compostura mientras cargaba con sus herramientas—. Prefiero mil veces morir aplastado por el peso de mis propios errores que por un mal paso en este desfiladero.
Avanzaron durante una hora en silencio, concentrados en el ritmo de la marcha, ganando altura de manera constante mientras el mundo abajo se reducía a un mar blanco de nubes y picos afilados. La garganta principal, donde sabían que la patrulla de la corona había acampado, quedaba cada vez más atrás y muy por debajo. Habían logrado burlar el bloqueo inicial.
Pero la montaña no regala treguas.
Un eco seco y metálico retumbó a sus espaldas, rebotando contra los muros de piedra de la garganta. No era el viento. Eran herraduras de hierro golpeando la roca y el agudo e inconfundible ladrido de un sabueso de rastreo.
Kassandra se detuvo en seco, pegando la espalda al muro de piedra. Su rostro palideció bajo la escarcha.
—Nos encontraron el rastro... —siseó, con los nudillos blancos aferrando la empuñadura de su espada—. Los sabuesos olieron el cuero quemado de la cueva. Tienen perros de alta montaña.
Leo se asomó con cautela por el recodo que acababan de dejar atrás. Abajo, en el tramo más ancho donde el sendero se conectaba con la pendiente principal, las siluetas acorazadas de la patrulla real emergían de la bruma. Los jinetes avanzaban con los escudos en alto, y al frente, un rastreador tiraba de la correa de un mastín peludo que aullaba con frenesí.
—Vienen montados —dijo Leo con un hilo de voz, sintiendo que el estómago se le encogía—. Incluso en este terreno inclinado, si las bestias tienen tracción, nos alcanzarán en cuestión de minutos. No tenemos a dónde correr.
Kassandra desenvainó la espada de golpe, el acero rechinando contra el frío. Se plantó en medio de la estrecha cornisa, con las piernas abiertas y el cuerpo tenso como un resorte a punto de romperse.
—Tú avanza —ordenó ella con una frialdad absoluta, sin mirarlo—. Yo haré un cuello de botella aquí. Si me pego a la pared, no podrán rodearme con los escudos grandes. Les daré el tiempo suficiente para que...
—¡Estás loca! —siseó Leo, interrumpiéndola de inmediato mientras le agarraba del hombro con fuerza, tirando de ella hacia atrás—. ¿Qué crees que vas a hacer sola contra media docena de placas de acero y caballos de guerra? ¡Te van a barrer del risco en un segundo!
—¡Es nuestra única oportunidad de frenarlos, ingeniero! —replicó Kassandra con los ojos inyectados en furia y desesperación, intentando zafarse de su agarre—. ¡Si no los detengo aquí, nos cazarán como a conejos en este maldito pasillo! ¡Vete ahora!
Leo no soltó el hombro. La miró fijamente a los ojos, con una calma tan absoluta que rozaba la locura, y negó lentamente con la cabeza.
—No voy a huir para dejarte morir sola en una trampa de ratas, Kassandra —dijo Leo en un susurro grave, apretando los dientes—. Si caes tú, yo me voy al fondo detrás de ti en cinco minutos. Guarda esa espada. Confía en mi cálculo, maldita sea.
Kassandra contuvo el aliento. La furia ciega en su rostro vaciló, reemplazada por el destello de la fría realidad táctica. Tragó saliva, bajó la hoja de la espada unos centímetros y asintió de manera imperceptible.
—Más te vale que tu cálculo sea perfecto, ingeniero —masculló Kassandra, pegándose de nuevo a la pared—. Tienes un solo disparo.
Leo se giró de perfil contra la roca, apoyando la espalda en el muro para ganar estabilidad. Con dedos rápidos y mecánicos, sacó su ballesta improvisada del hombro, la apoyó firmemente contra su pecho y extrajo un grueso perno de hierro de su carcaj. El mecanismo crujió al tensarse.
Abajo, el contingente acorazado avanzaba confiado. El líder de la patrulla iba al frente, montado en un pesado corcel de guerra, mientras el sabueso tiraba con desesperación de la cadena.
—Están muy juntos —murmuró Leo, calculando la distancia y el ángulo del viento—. El plomo y el hierro no perdonan la física.
—Hazlo ya —ordenó Kassandra en un susurro.
Leo respiró hondo, cerró un ojo y soltó el disparador.
Thump.
El perno cruzó el espacio abierto a velocidad vertiginosa y se clavó con precisión brutal en el cuello de la bestia. El animal soltó un chillido desgarrador y se desplomó de inmediato sobre la nieve.
El impacto desató el caos absoluto. El caballo de guerra del líder, un animal masivo desconcertado por la sangre y el barullo, retrocedió de golpe con un relincho frenético. Sus cascos traseros resbalaron sobre la placa de hielo oculto.
—¡¡Cuidado, el flanco!! —gritó el oficial de la corona, estirando las bridas con desesperación.
Fue inútil. El caballo perdió el equilibrio y se precipitó hacia atrás con un alarido gutural, llevándose de encuentro al jinete y a dos soldados de infantería. Los hombres cayeron como muñecos, gritando mientras rodaban sin control por la pendiente nevada hasta desaparecer en el abismo.
—¡Por los dioses...! —exclamó Kassandra, abriendo los ojos con asombro al ver la carnicería desatada por un solo proyectil.
—Te dije que el caos es una variable matemática —espetó Leo, recargando a ciegas con manos temblorosas—. ¡Ahora muévete! ¡Están perdiendo el control pero se van a recuperar!
Comenzaron a huir por la orilla del desfiladero. No era una huida a la carrera; era un desplazamiento tenso, agónico y milimétrico. Con los pies puestos de perfil, casi flotando sobre el vacío, pegaban el pecho y la nariz contra la fría superficie de la pared de piedra, deslizando las botas con desesperación centímetro a centímetro sobre la estrecha cornisa, mientras a sus espaldas los gritos de la patrulla masacrada por su propio desorden empezaban a apagarse en la inmensidad blanca de la montaña.
El eco de los gritos ahogados y el estrépito de las armaduras rodando hacia el vacío se fue extinguiendo poco a poco, devorado por el silbido constante del viento helado que barría las cimas.
Kassandra se detuvo un instante, apoyando la frente contra la piedra rugosa y helada de la pared, tratando de recuperar el aliento tras el esfuerzo sobrehumano de equilibrarse al borde de la cornisa. Tenía los músculos de las piernas temblando por la tensión acumulada y las manos tan rígidas que apenas podía cerrar los puños dentro de los guantes de cuero.
—Los has mandado al fondo del tajo con un solo perno —murmuró Kassandra, sin volverse, mirando de reojo la sima gris y brumosa que se extendía a pocos centímetros de sus botas—. Casi diría que da miedo lo tuyo, ingeniero. No pensé que fueras tan preciso con ese trasto de madera y tuerca.
—La física no entiende de compasión, ex-caballero —respondió Leo con la voz áspera, apoyando la espalda contra el muro para descansar el peso de la ballesta mientras recuperaba el ritmo cardíaco—. El caballo masivo de su líder tenía un centro de gravedad demasiado alto para un terreno inclinado y cubierto de escarcha. Solo le di al eslabón más débil del grupo; el resto lo hizo la propia inercia del animal y la gravedad de la montaña. No es magia, es pura geometría aplicada a la mala suerte de un noble.
—Pues bendita geometría —replicó Kassandra soltando una exhalación que se convirtió en una densa nube blanca de vapor—. Pero no cantemos victoria todavía. El desorden abajo durará poco. En cuanto el oficial que sobrevive al fondo de la columna recupere el aliento, mandará al resto a rodear el risco por el flanco este. Tienen más hombres, y sobre todo, tienen prisa.
Leo asintió con gravedad, ajustando las correas de su equipo y comprobando que la munición restante en su carcaj no se hubiera salido con el sobresalto.
—¿Cuánto falta para salir de este maldito desfiladero? —preguntó Leo, escudriñando el horizonte blanco que se cerraba más adelante en una brecha oscura entre dos picos gemelos—. Mis pies empiezan a perder sensibilidad otra vez, y el frío a esta altitud no perdona dos veces al mismo incauto.
—Si el mapa de las rutas de contrabando no me miente y mis piernas no me traicionan, deberíamos estar cruzando la divisoria de aguas antes de que el sol empiece a descender —explicó Kassandra, volviendo a tomar la delantera con paso firme pero medido—. Tras cruzar esa brecha que ves allá arriba, el terreno comienza a descender hacia la cuenca de las minas viejas. Ese es territorio autónomo. El barón de Oakhaven no tiene jurisdicción ni hombres lo suficientemente locos como para cruzar el límite del Gremio de Extractores.
—¿Territorio autónomo? —inquirió Leo con una ceja arqueada, retomando la marcha justo detrás de ella y pegando los costados a la piedra—. Suena demasiado bien para ser cierto en un mundo donde todo el mundo le cobra impuestos o le corta la cabeza a los demás.
—No es caridad, ingeniero —aclaró Kassandra sin dejar de mirar el suelo helado bajo sus botas—. Los mineros y forjadores de ese valle tienen sus propias leyes, sus propias milicias y suficiente pólvora y hierro como para hacerle frente a cualquier ejército regular que intente meter las narices en sus túneles. Para ellos, un soldado de la corona o un prófugo perseguido valen exactamente lo mismo: nada, a menos que traigan plata para comerciar.
Avanzaron durante dos horas más por el angosto sendero, abandonando paulatinamente la cornisa vertical para adentrarse en un terreno de rocas fracturadas y ventisqueros profundos donde la nieve les llegaba a la altura de las rodillas. El esfuerzo físico era titánico; cada paso requería levantar la pierna con fuerza contra la resistencia de la nieve polvo y asegurar el apoyo antes de transferir el peso del cuerpo.
El frío del mediodía apenas atenuó la temperatura, manteniendo el ambiente en unos viciosos diez grados bajo cero, pero la ausencia de viento en el cañón interior hizo que la marcha fuera ligeramente más llevadera. Intercambiaban pocas palabras, reservando el escaso oxígeno que tenían para los pulmones y la concentración de la ruta.
Al doblar el último montículo de granito cubierto de escarcha, el paisaje cambió de golpe de manera radical.
Ante ellos, al fondo de una amplia depresión natural protegida del viento del norte por murallones de roca oscura, se vislumbraba el asentamiento. No era una ciudad elegante ni un castillo señorial; era un complejo desordenado de estructuras de piedra sólida, tejados de pizarra gruesa y grandes torres de extracción de madera y poleas que se elevaban sobre las laderas de la montaña como esqueletos mecánicos gigantescos. Columnas de humo denso y negruzco surgían de las chimeneas de piedra, mezclándose con el vapor de las fundiciones y rompiendo la monotonía monocromática de la nieve.
—El Valle de la Grieta —susurró Kassandra, deteniéndose en el borde del claro y bajando finalmente la guardia, apoyando la mano en el pomo de su espada con un dejo de evidente alivio en el rostro—. Lo logramos.
Leo se detuvo a su lado, contemplando las chimeneas humeantes y el bullicio lejano de los carros de carga que se movían por los caminos de acceso al pueblo minero. Sacudió los restos de escarcha de las mangas de su casaca y exhaló un larguísimo suspiro.
—Pues que no se diga más —dijo Leo, esbozando una sonrisa cansada pero genuina mientras ajustaba su ballesta a la espalda—. Vamos a buscar un lugar donde vendan estofado caliente y alguien que no nos quiera colgar de un pino.
El sendero de cabras finalmente desembocó en una grieta profunda y cortada a pico, un tajo natural en la roca que separaba los riscos del imperio de Oakhaven de las tierras libres del Valle de la Grieta. Salvando el abismo se extendía un puente colgante: una estructura precaria de tablones de roble oscuro sujetos por gruesos cables de cáñamo trenzado y herrajes de hierro forjado que rechinaban lastimeramente bajo el peso del viento.
Kassandra se detuvo al borde del abismo, examinando con desconfianza el estado de las amarras que se hundían en la roca de ambos lados.
—El puente de los Exiliados —murmuró Kassandra, con los ojos fijos en la oscilante plataforma que se perdía en la bruma del otro lado—. Los mineros lo usan para transportar mineral ligero cuando los pasos bajos se tapan con avalanchas. Pero no le daría mi confianza a este maderamen ni aunque estuviera atado con cadenas de acero templado.
—No necesitamos que dure para siempre, solo que aguante el tiempo suficiente para cruzar los dos —respondió Leo, acercándose al anclaje principal para inspeccionar el sistema de sujeción con ojo crítico—. Aunque por el aspecto de esa fibra de cáñamo, la humedad y el hielo ya han podrido al menos la mitad de la resistencia a la tensión.
—Date prisa —urgió Kassandra, mirando hacia atrás por el sendero por el que acababan de subir, donde las lejanas siluetas de la caballería comenzaban a vislumbrarse de nuevo al pie del risco—. Han encontrado un rodeo más ancho. Vienen hacia aquí, y esta vez no traerán a los perros atados; vienen a pie y con ballestas pesadas.
Sin perder un segundo más, Kassandra dio el primer paso sobre los tablones inestables, equilibrando los brazos mientras la estructura se mecía con violencia bajo el empuje de la corriente de aire que subía desde el fondo del tajo. Leo la siguió de inmediato, sintiendo cómo el abismo parecía tirar de ellos hacia abajo con cada crujido seco de la madera vieja.
Avanzaron con pasos cortos, sincronizados y acompasados, manteniendo el centro de gravedad bajo mientras el puente oscilaba como un péndulo suspendido en la nada. A mitad del recorrido, una ráfaga de viento lateral sacudió los cables con tanta fuerza que ambos tuvieron que agacharse y aferrarse de las cuerdas laterales con los nudillos blancos para no salir despedidos.
—¡Muévete, ingeniero! —gritó Kassandra desde el otro extremo, logrando poner la bota en suelo firme y rocoso y estirando la mano para ayudar a Leo en los últimos metros.
Leo dio un tropezón hacia adelante, cayendo de rodillas sobre la piedra firme del lado del valle minero, justo cuando un proyectil enemigo silbaba sobre sus cabezas y se estrellaba contra la pared de roca con un chasquido seco.
Miraron hacia atrás. Tres soldados de la vanguardia de la corona acababan de pisar el inicio del puente en el lado opuesto, con las ballestas listas y las armaduras rechinando.
—¡Van a cruzar! —advirtió Kassandra, desenvainando la espada con furia—. ¡No podemos dejar que pisen la mitad!
—¡Apártate! —ordenó Leo con voz tajante.
El ingeniero no dudó ni un instante. Metió la mano en su bolsillo, sacó su pesada cuchilla de taller y, arrodillándose al borde del abismo, comenzó a serrar con desesperación y fuerza bruta el cable de cáñamo principal que sostenía el extremo del puente de su lado. Las fibras gruesas ofrecieron resistencia, astillándose y soltando hilos bajo el filo tosco pero afilado del acero al carbono.
—¡Estás cortando nuestro único anclaje! —exclamó Kassandra, viendo cómo los caballeros enemigos daban los primeros pasos sobre la plataforma oscilante.
—¡Estoy cortando el de ellos! —bramó Leo dando un último tajo salvaje.
El cable principal cedió con un chasquido brutal, como el disparo de una ballesta gigante. La tensión acumulada hizo que la estructura entera del puente se ladeara de golpe en un ángulo imposible. Los tres soldados de la corona soltaron un grito ahogado al perder el equilibrio; dos de ellos resbalaron de inmediato entre los tablones inclinados y cayeron al vacío sin que sus pesadas armaduras les dieran oportunidad de salvarse. El tercero logró aferrarse por milagro al cable restante del otro extremo, colgando sobre la nada mientras maldecía a gritos.
Kassandra observó cómo el puente quedaba oscilando tristemente, convertido en una hamaca vertical inservible que colgaba del lado imperial, separada por más de quince metros de vacío infranqueable.
—Bien jugado, ingeniero —dijo Kassandra, respirando hondo y guardando la espada con una mueca de respeto en los labios—. Los has dejado plantados al otro lado de la frontera.
—La geometría siempre gana, ex-caballero —respondió Leo, limpiando el sudor de su frente con la manga de la casaca y guardando su cuchilla—.
—El puente aguantó lo justo, pero los guardias que se quedaron en la retaguardia principal van a tardar horas en dar toda la vuelta por los pasos del norte para intentar alcanzarnos —dijo Kassandra, señalando con la barbilla un camino ancho y pavimentado con piedra triturada que comenzaba a serpentear colina abajo—. Tenemos una ventaja de tiempo considerable. Pero más nos vale no llamar la atención al entrar al asentamiento; las milicias del Gremio no hacen preguntas antes de disparar ballestas de asedio a los desconocidos.
El camino descendía de forma constante, alejándolos del viento gélido de las cumbres. Conforme bajaban, el aire helado de la alta montaña fue cediendo terreno ante una bruma densa y pesada, cargada con el olor inconfundible a carbón piedra quemado, azufre y grasa de maquinaria. El sonido del viento fue reemplazado paulatinamente por un zumbido metálico y sordo: el golpeteo rítmico de los martinetes hidráulicos, el rodar de pesados carros de carga sobre rieles de madera y el murmullo constante de cientos de hombres y mujeres trabajando en las entrañas de la tierra.
A medida que doblaban el último recodo del desfiladero, el Valle de la Grieta se reveló en toda su áspera y cruda realidad.
La depresión natural de la montaña estaba completamente ocupada por un asentamiento fortificado que parecía más una máquina gigantesca que una ciudad. No había murallas de piedra noble ni estandartes heráldicos; en su lugar, altísimas empalizadas de troncos de pino reforzados con planchas de hierro herrumbroso cerraban el perímetro. En la entrada principal —un portón monumental flanqueado por dos torres de vigilancia de madera oscura—, media docena de guardias patrullaban con arneses de cuero endurecido, hachas de dos manos al cinto y ballestas pesadas apoyadas en los muretes de tiro. Sobre el dintel de la puerta, un gran cráneo de hierro forjado con un pico cruzado marcaba la insignia indiscutible del Gremio de Extractores.
Kassandra y Leo se detuvieron a unos cincuenta metros del puesto de control, ocultándose tras un promontorio de roca para evaluar la situación. Leo temblaba levemente, con los brazos cruzados con fuerza sobre su raída y delgada casaca de civil, frotándose los hombros para intentar devolverle algo de circulación a sus entumecidos brazos tras haber estado al borde de la hipotermia en la cueva.
—Alto ahí —murmuró Leo con los dientes castañeando ligeramente, conteniendo un escalofrío mientras miraba las torres de vigilancia—. No tengo la más remota idea de cómo operan en este lugar, pero si nos ven con aspecto de fugitivos imperiales, nos van a usar de blancos para sus ballestas antes de que podamos parpadear. Y con la ropa hecha girones que llevo, dudo mucho que parezca otra cosa que un mendigo a punto de congelarse.
—Tranquilo —respondió Kassandra en un susurro, desabrochándose con rapidez las pesadas placas de acero de repuesto que cargaba a la espalda y ocultándolas lo mejor posible bajo su capa de viaje para no llamar la atención con pertrechos militares—. Aquí la única ley que respetan es el peso de la plata pura y el valor de lo que puedes ofrecer a cambio. No les importan los blasones de la corona.
Leo asintió con lentitud, sintiendo cómo el frío persistía en sus huesos, y hurgó con torpeza en el bolsillo interior de su casaca, sacando un par de pequeñas herramientas de precisión de bronce y unas cuantas monedas de aleación pesada que guardaba celosamente.
—Bueno... al menos todavía me queda con qué pagar un cuenco de estofado caliente y un rincón junto al fuego que no huela a nieve y muerte —dijo Leo con una media sonrisa cansada, sacudiéndose el hollín de los dedos—. Guía tú la entrada. Yo solo intentaré no parecer una amenaza mientras intento que mis dientes dejen de hacer ruido.
Kassandra asintió, comprobando que su espada estuviere firmemente oculta bajo los pliegues de su capa y que su rostro quedara parcialmente en sombra.
—Quédate detrás de mí cuando lleguemos al puesto —advirtió la ex-caballero, adoptando una postura controlada pero alerta—. Yo hablaré con el capataz de la guardia. Tú solo concéntrate en respirar y en no temblar demasiado.
Echaron a andar de nuevo, saliendo del refugio de las rocas y avanzando por el camino de grava hacia el imponente portón de hierro y madera del Valle de la Grieta.
El crujir de la grava bajo sus botas fue el único aviso de su llegada al umbral del Valle de la Grieta. A medida que se acercaban al portón principal, el hedor a azufre, aceite de carbón y humo de fundición se volvió casi irrespirable, mezclándose con la humedad helada del aire.
Los dos guardias del Gremio que custodiaban el acceso al flanco derecho cruzaron las ballestas con parsimonia, bloqueando el paso con una eficiencia mecánica que delataba años de vigilar fronteras conflictivas. Sus arneses de cuero grueso estaban marcados por el uso rudo y sus rostros curtidos por el frío no mostraban la menor pizca de hospitalidad.
—El camino principal está cerrado a cal y canto para los forasteros que cargan con fantasmas imperiales —gruñó el guardia de la izquierda, un veterano con una fea cicatriz cruzándole la mejilla y un parche de cuero en el ojo izquierdo. Su mirada recorrió de inmediato el aspecto lamentable de Leo, tiritando con su casaca delgada, y luego se detuvo en la postura rígida y el paso marcial, aunque disimulado, de Kassandra—. Y a juzgar por el estado del muchacho, vienen huyendo de algo muy pesado o muy estúpido. En este valle no mantenemos parásitos.
Kassandra dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre el guardia y Leo para ocultar cualquier rastro de equipo militar y manteniendo la voz baja, firme y desprovista de arrogancia.
—No buscamos refugio de caridad ni traemos problemas con el imperio —respondió Kassandra con una serenidad estudiada, levantando ligeramente la mano derecha vacía para mostrar que no representaba una amenaza inmediata—. Venimos a trabajar los metales y a gastar lo poco que nos queda en un plato caliente. Soy guía de caminos y mi compañero es un artificiero de taller. El paso superior quedó inutilizado por una avalancha; no tenemos a dónde volver.
El guardia de la cicatriz soltó una risa ronca, escupiendo un gargajo de tabaco oscuro sobre la nieve sucia a los pies de la empalizada.
—¿Artificiero? —murmuró el hombre, mirando de arriba abajo a Leo con una mezcla de burla y escepticismo, mientras el joven intentaba frotarse los brazos con disimulo para calmar el temblor de sus músculos—. El último "artificiero" que cruzó el portón juró que podía optimizar los martinetes de la fragua baja y lo único que hizo fue volar media pared y fundir un pistón de bronce. Aquí no aceptamos palabras bonitas, forastero. Si tienes oficio, demuéstralo. Y si tienes plata, muéstrala.
Leo, sintiendo que el frío empezaba a nublarle de nuevo el pensamiento pero aferrándose a su orgullo profesional, metió la mano en el bolsillo interior de su casaca y sacó una pequeña pieza de bronce pulido con engranajes milimétricos que había estado reparando en los días previos a su huida. La sostuvo entre los dedos rígidos, dejándola a la vista bajo la luz grisácea del atardecer.
—No necesito promesas, oficial —dijo Leo con voz ronca pero clara, soportando el temblor con fuerza de voluntad—. Sé alinear engranajes de presión y reparar ballestas de asedio sin romper el pasador. Si eso vale una cama y un cuenco de estofado en la taberna del fondo, dinos cuánto es el tributo de entrada y déjanos pasar antes de que me congele los dedos aquí mismo.
El guardia examinó la pieza de bronce con atención, sopesando en silencio el valor real del metal y la habilidad que implicaba tallar un mecanismo tan fino en medio de la nada. Finalmente, chasqueó la lengua, hizo un gesto con la barbilla hacia su compañero y las ballestas se apartaron lentamente con un chirrido metálico.
—Dos monedas de aleación para registrar el ingreso del artificiero, y la mujer se queda con la espada bien guardada mientras esté dentro del perímetro del Gremio —sentenció el guardia, extendiendo una mano callosa y sucia de grasa—. Bienvenidos al Valle de la Grieta. Si causan problemas, los mineros no los entregarán a la corona; los usarán para reforzar los cimientos de los túneles. Adelante.
Kassandra dejó caer un par de monedas pesadas sobre la palma callosa del guardia. El metal tintineó con un sonido sordo antes de desaparecer en los pliegues de los guantes de cuero del miliciano. Sin añadir una sola palabra de despedida, el veterano hizo una seña con el mentón hacia el interior del asentamiento y retiró el cerrojo de madera que bloqueaba parcialmente el paso.
El portón crujió sobre sus goznes de hierro, abriéndose lo suficiente para dejarles el paso libre hacia las entrañas del Valle de la Grieta.
Apenas cruzaron el umbral, el aire cambió de forma radical. El viento gélido de la alta montaña quedó amortiguado por la muralla de troncos y pinos, pero fue reemplazado de inmediato por una atmósfera densa, opresiva y cargada de un calor artificial y sofocante que emanaba de las grandes fraguas comunitarias.
El asentamiento era un laberinto vertical y caótico de piedra oscura, tejados de pizarra negra y andamios de madera que trepaban por las laderas del cañón como enredaderas mecánicas. A lo largo de la calle principal, surcada por rieles de madera donde pesados carros de mineral se desplazaban con un chirrido constante, cientos de personas se movían con prisa: mineros con los rostros ennegrecidos por el hollín del carbón, capataces que gritaban órdenes a través de embudos de hojalata y aprendices que acarreaban cubos de agua y piezas de repuesto para los talleres. Ninguno de ellos les prestó más que una mirada rápida e indiferente; en un lugar donde todo el mundo está a un paso de un derrumbe o una explosión, los forasteros sin nombre son solo parte del paisaje cotidiano.
Leo dio unos pasos más hacia el interior, sintiendo cómo el calor de las fundiciones cercanas empezaba a descongelarle la piel de la cara, provocándole un cosquilleo molesto y punzante mientras el cuerpo intentaba regular la temperatura tras el frío extremo de la cornisa. Se frotó las manos con desesperación, intentando recuperar la movilidad en los dedos.
—Mis articulaciones están empezando a protestar en serio por el cambio de temperatura —murmuró Leo entre dientes, apretando los puños para estimular la circulación—. Si no encontramos un lugar donde sentarnos y algo caliente que llevar al estómago, me voy a desplomar aquí mismo, en medio del barro.
Kassandra escudriñó la calle principal, ignorando el gentío y buscando algún letrero o marca distintiva entre las estructuras apiñadas a ambos lados del camino.
—No te vas a desplomar en medio de la calle, ingeniero —respondió Kassandra con voz firme, sosteniéndole ligeramente el codo para estabilizar su paso—. El guardia mencionó una taberna al fondo del asentamiento, y basándome en el humo y el olor a grasa de cordero rancia que viene de allá abajo, creo que sé exactamente en qué dirección queda.
Se adentraron un poco más en el bullicioso corazón del valle, avanzando entre carros de carga y pilas de vigas de soporte hasta que la calle principal se ensanchaba ligeramente en una pequeña plaza rodeada de edificios de piedra más sólidos. Sobre uno de ellos, una tabla de roble colgaba de unas cadenas de hierro, meciéndose con el suave tiro de aire del cañón. Tenía grabado a fuego el dibujo tosco de un yunque coronado por una jarra de cerveza espumosa.
El Yunque y la Brasa.
—Parece que llegamos —dijo Kassandra, deteniéndose frente a la pesada puerta de madera maciza de la taberna, desde donde se filtraba un murmullo sordo de voces ásperas y el claro repiqueteo de jarras de metal—. Entremos antes de que decidas desmayarte en el escalón.
Kassandra empujó la puerta y ambos cruzaron el umbral, dejando atrás la fría inmensidad de las montañas para sumergirse en el aire denso, cargado de humo de tabaco barato, sudor, estofado de carne y el calor visceral de una sala repleta de mineros y forjadores rudos.
El calor de la taberna los golpeó como una bofetada húmeda, cargada de vapores de alcohol barato y un tufo espeso a lana mojada. Mientras Kassandra escudriñaba la sala con la mano instintivamente cerca del pomo oculto de su espada, un estrépito metálico resonó en una mesa apartada junto a la chimenea. Un hombre robusto, con los antebrazos marcados por quemaduras antiguas de fragua y una poblada barba entrecana salpicada de hollín, se puso de pie con brusquedad; llevaba un delantal de cuero tan grueso que parecía una coraza y sostenía una jarra de peltre abollada. Al ver el aspecto tiritando y demacrado de Leo, el herrero chasqueó la lengua con fastidio, dio dos zancadas pesadas y les cortó el paso antes de que pudieran avanzar hacia la barra.
—Si vienen a vender chatarra imperial o a buscar problemas con los cobradores del Gremio, ahórrense el esfuerzo porque la puerta está a sus espaldas —gruñó el hombre con una voz ronca que retumbaba por encima del griterío general, clavando sus ojos oscuros y avispados en Leo—. Pero si lo que buscan es no terminar como estatuas de hielo en la brecha, vengan conmigo; soy Garrik, y tengo un estofado de cordero hirviendo en el hogar del fondo y una manta seca, y por los dioses que el muchacho tiene el color de un cadáver desangrado.