La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
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Cenizas y rosas
Una frustración extraña carcomía a Khadir: no era el arrebato ardiente que conocía bien, ni la amargura fría al ver planes fallidos. Era algo mucho más lento y profundo: una inquietud constante que se le instaló en los huesos y le nublaba todo lo demás. No lograba comprender qué ocurría entre los dos, ni hallar cómo arreglarlo… y perder el control sobre algo lo consumía más rápido que el fuego.
Sin decir palabra se echó la pesada capa sobre los hombros y aseguró la espada al cinto. Cada gesto exacto… pero su mente daba vueltas sin descanso, una y otra vez reviviendo esa mirada vacía que lo atormentaba. Al cruzarla en el pasillo cargando sábanas limpias, ella ni siquiera alzó la vista: caminaba derecha y segura como si él fuera solo una columna más de piedra.
—Señora Cloth —dijo sin detenerse—: Esta noche no estaré en palacio. Iré a la Casa de las Peonías. Quizás allí encuentre una sonrisa que no se dé solo por obligación.
Siguió su camino dejando escapar más de sí mismo de lo que su orgullo jamás habría permitido reconocer a plena luz. Allí todo era distinto: música, risas, perfumes mezclados, luces y sonrisas hechas a medida para complacer. Se sentó apartado con su copa, vio todo sin ver nada: su pensamiento seguía fijo en ella, en esa calma que no era paz sino ausencia total.
Entonces escuchó una charla cercana que lo detuvo por completo: un hombre contaba cómo su mujer ya no lo miraba, ya no reía, ya no pedía nada… y una voz femenina sabia y serena explicó: “Las mujeres no dejan de querer de golpe. Se apagan poco a poco, como brasas sin leña. Primero duele cada desatención… luego cansa esperar… y al final ya nada se espera. Cuando el corazón se rompe así, no vuelve igual: cambia totalmente o no cambia jamás. Para volver a empezar… hace falta algo sencillo: flores, primero. Y pedir perdón de verdad, no solo con la boca.”
Khadir se marchó antes de terminar su copa. Las palabras se le quedaron pegadas al pensamiento: flores… disculparse… cosas sin sentido para un príncipe que siempre ordenaba y nunca pedía nada. Y sin embargo no se iban. Al volver al palacio no fue directo a sus aposentos: entró al jardín bajo la luna y se detuvo ante las rosas rojas más oscuras, profundas como sangre. Ridículo, pensaba… y aun así arrancó varias sin importarle las espinas que le rasgaban las manos. Al acercarse a su puerta se quedó inmóvil: oyó llorar. No un llanto callado y escondido, sino un dolor que salía entero después de guardarse tanto tiempo.
Entró despacio y la vio encogida sobre la cama rompiéndose por fin: rabia, soledad, miedo, todo lo que había contenido semanas enteras brotaba sin freno. Quiso decirle que se calmara, ordenar que parara… y en cambio soltó las rosas y fue hasta ella para sujetarla fuerte cuando intentó alejarlo:
—¡Déjame sola! —le gritaba entre sollozos golpeándolo con manos débiles— ¡Déjame estar rota en paz al menos!
Pero no la soltó. La rodeó con fuerza hasta que sus golpes perdieron energía y terminó derrumbándose contra su pecho aferrándose a él como lo único firme que quedaba. Lloró cuanto llevaba guardado: hogar perdido, gente amada, libertad arrebatada, miedos y heridas… y él solo la sostuvo sin decir nada, dejando que todo saliera hasta que se quedó sin fuerzas contra su cuerpo. Al levantar la vista él encontró esos ojos distintos: ya no vacíos, sino brillantes de lágrimas, heridos pero vivos de nuevo. Lo miraban como antes no lo hacían desde hacía demasiado tiempo.
Sin pensar, sin mandar, solo sintiendo lo que llevaba callado tanto tiempo… la besó despacio, distinto a todas las veces anteriores. Y ella respondió: despacio al principio, luego con más certeza, devolviéndole algo propio que parecía perdido para siempre. Ya no había mando ni obediencia fría: solo dos heridas que empezaban a buscarse sin máscaras de por medio.