A sus 48 años, Solange Barreto es una fuerza de la naturaleza. Viuda desde hace quince años y al frente de la constructora y firma de arquitectura más grande e importante del país. Su vida gira en torno a su imperio y su familia, conformada por su hijo mayor Santiago de 28 años —quien vive con su esposa Carol y sus dos hijos en la gran mansión de Solange bajo la excusa de "no dejarla sola"— y su hija menor Sáhara, una talentosa jefa de marketing casada con un reconocido neurocirujano.
El orden inquebrantable de su mundo cambia radicalmente cuando, durante un almuerzo en el restaurante de su íntima amiga Yamilet de Sánchez (junto a su contadora Martha de Benavides), escucha una voz que hace latir su corazón con fuerza desbocada. Se trata de Ismael Fermín Muñoz, un antiguo amigo de la universidad convertido en un magnate de 50 años, dueño de conglomerados financieros, centros comerciales y resorts.
El reencuentro enciende una chispa inmediata.
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DOCE HORAS PARA LARGARSE Y LA VERDAD SIN FILTROS
La noche había caído con una pesadez densa sobre la gran mansión de los Barreto, envolviendo el vestíbulo en sombras alargadas mientras el eco de las bofetadas aún vibraba en el ambiente. Las palabras de Santiago cayeron como un veneno calculado sobre los hombros de su hermana. Sáhara, sosteniendo firmemente a su pequeño de dos años, miraba a su madre con una mezcla de desconcierto y profunda incredulidad. La acusación de su hermano mayor resonaba en el aire, pintando a Solange como una matriarca desquiciada e insensible que expulsaba a su propia sangre por un capricho romántico.
Solange no parpadeó. Su esbelta silueta se mantuvo erguida en medio de la oscuridad nocturna, con la barbilla en alto y una frialdad absoluta en los ojos castaños. No hizo el menor intento de interrumpir el dramático monólogo de su hijo; al contrario, le permitió terminar de enredarse en su propia red de mentiras antes de dar un paso al frente.
—¿Ya terminaste tu patético show, Santiago? —preguntó Solange con una voz tan gélida que hizo que el joven tragara saliva en seco, deteniéndose a mitad de su falso llanto—. Porque si ya terminaste de inventar historias para manipular a tu hermana, es momento de que hable de la nueva realidad. Veinticuatro horas era un plazo demasiado generoso para un par de parásitos desagradecidos. Tienen exactamente hasta las ocho de la mañana de mañana. Doce horas. Ni un minuto más.
El silencio que siguió a la sentencia fue sepulcral, roto únicamente por el zumbido lejano de los grillos en el jardín exterior. Carol dejó escapar un grito ahogado de terror, y el propio Santiago dio un paso atrás, boquiabierto ante la severa reducción del ultimátum bajo la luz de la medianoche.
—¡Doce horas! ¡Es de madrugada, estás loca! ¡Es imposible empacar toda nuestra vida y conseguir a dónde ir en medio de la noche! —bramó Santiago, perdiendo por completo la compostura y revelando la desesperación que intentaba ocultar.
—Haberlo pensado antes de conspirar a mis espaldas en la junta directiva y traer a tu esposa a insultarme en mi propia casa —respondió Solange sin inmutarse, introduciendo una mano con elegancia en el bolsillo profundo de su pantalón sastre de terciopelo oscuro—. No voy a discutir más con ustedes. El tiempo corre.
Sin prestarles la mínima atención, Solange sacó su elegante teléfono móvil del bolsillo y deslizó la pantalla con rapidez para marcar un número directo. Puso el altavoz para que todos en el vestíbulo iluminado por las lámparas de pared escucharan con claridad meridiana las órdenes que estaba a punto de impartir en plena oscuridad exterior. Al segundo tono, la voz formal y eficiente de su asistente personal respondió al otro lado de la línea.
—Diga, señora Barreto. Buenas noches.
—Buenas noches, Marcela —indicó Solange con un tono de mando implacable—. Necesito que te pongas en contacto de inmediato con una empresa de cerrajería de confianza y me envíes a dos especialistas a la gran mansión a primera hora de mañana, exactamente a las ocho en punto. Van a cambiar absolutamente todas las cerraduras de los accesos principales, portones y puertas secundarias. Ninguna llave anterior va a funcionar a partir de entonces. ¿Quedó claro?
—Entendido, señora Barreto. Los cerrajeros estarán allí puntuales a las ocho —respondió Marcela con absoluta profesionalidad.
Antes de colgar, Solange añadió una instrucción final:
—Y comunícame de inmediato con Martha de Benavides, por favor.
La llamada cambió de línea en cuestión de segundos. La voz clara y aguda de la contadora se oyó al instante a través del altavoz.
—Aquí estoy, Solange. Dime, ¿sucede algo urgente a estas horas de la noche?
—Así es, Martha —sentenció Solange, con la mirada clavada en un pálido Santiago y una aterrorizada Carol—. Necesito que procedas a bloquear de inmediato todas las tarjetas de crédito, cuentas de gastos corporativos y líneas de financiamiento adicionales que estén ligadas a las credenciales de Santiago Cabrera Barreto y de su esposa. Que no quede ni un solo centavo disponible a su nombre dentro de las arcas del corporativo ni de nuestras cuentas filiales. A partir de este segundo, caminan por su propia cuenta.
—En diez minutos ejecuto el bloqueo total en el sistema bancario, Solange. Quedarán inhabilitadas por completo —confirmó Martha con total solidez antes de finalizar la comunicación.
Solange guardó el teléfono de nuevo en el bolsillo de su pantalón con parsimonia, volviendo la mirada hacia sus hijos. El rostro de Santiago era un poema de terror absoluto bajo la luz interior; sabía muy bien que sin las tarjetas corporativas y el dinero de su madre, sus ahorros personales apenas durarían un par de semanas pagando el estilo de vida al que estaban acostumbrados.
Sáhara, que había permanecido en absoluto silencio observando cada movimiento en medio de la noche, sintió que las piezas del rompecabezas encajaban de golpe. Conocía demasiado bien el carácter implacable de su madre y la soberbia crónica de su hermano mayor como para creerse la versión edulcorada que este último le había contado minutos antes al llegar.
—Santiago... cálmate un momento —intervino Sáhara con voz firme, apartando suavemente a su hermano y mirando a su madre con seriedad—. Es verdad que la situación se salió de control, ¿pero darles doce horas y bloquearles las cuentas? ¿Qué está pasando realmente aquí? Carol está llorando y ustedes están actuando como si estuvieran en una guerra a muerte a estas horas.
Solange giró lentamente la cabeza hacia su hija menor. Sus ojos castaños la examinaron con una mezcla de cariño firme y severidad.
—¿Quieres saber qué pasa realmente, Sáhara? —le preguntó Solange, cruzándose de brazos con una elegancia imponente—. Pasa que tu hermano creyó que por llevar mi apellido y sentarse en una vicepresidencia tenía el derecho de pisotear mi autoridad, boicotear los contratos de la empresa y confabular con su esposa para sacarme de la presidencia de la peor manera. Y cuando los puse en su lugar, tuvieron la desfachatez de utilizar a mis nietos para chantajearme emocionalmente y venir a insultarme en mi propia casa tratándome de vieja ridícula y senil.
Sáhara abrió los ojos de par en par, girando bruscamente para mirar a su hermano, cuyo rostro ruborizado e incapaz de sostenerle la mirada confirmó cada una de las palabras de la matriarca.
—¿Hiciste eso, Santiago? —le reprochó Sáhara con tono indignado, soltando la mano de su hijo por un segundo para señalarlo con el dedo—. ¿Te atreviste a conspirar contra mamá y a usar a los niños para chantajearla? ¡Estás completamente loco! ¡Te mereces esto y mucho más por ambicioso y mal agradecido!
—¡Tú cállate, Sáhara! ¡A ti te va muy bien con tu marido neurocirujano en tu mini mansión, no te metas en lo que no te importa! —estalló Santiago, perdiendo los estribos y revelando su verdadera naturaleza mezquina ante su propia hermana.
—¡A tu hermana le guardas respeto bajo este techo, que te recuerdo que aún te quedan pocas horas antes de que amanezca y tengas que pirarte de aquí! —rugió Solange, dando un paso al frente con una energía tan arrolladora que hizo que Santiago retrocediera hasta tropezar con una de las maletas apiladas en el suelo.
Solange se plantó frente a su hija menor, suavizando ligeramente el tono pero manteniendo la firmeza.
—Tú eres una mujer independiente, Sáhara, inteligente y con los pies bien puestos sobre la tierra, y por eso te respeto y te admiro —le dijo Solange a su hija, mirándola fijamente a los ojos—. Jamás permitiría que nadie le falte el respeto a la fundadora de este imperio, ni en mi oficina ni en mi hogar. El tiempo de consentir parásitos se acabó en esta familia. Y a ustedes dos —añadió, volviéndose hacia Santiago y Carol, que temblaban de rabia y miedo en la penumbra del recibidor— les sugiero que comiencen a mover esas maletas porque a las ocho de la mañana en punto los cerrajeros van a cambiar las llaves, y una vez que eso pase, ni con una orden judicial van a volver a pisar esta mansión. ¡Largo de aquí a empacar!