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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La playa en invierno.

Eran más de las cuatro de la mañana. Para ese entonces ya sabías muchas cosas sobre mí, entre ellas que vivía con insomnio desde la adolescencia. Creo que por eso fuiste a mi casa sin avisar esa madrugada. Sabías con certeza que iba a estar despierto.

Golpeaste una, y otra, y otra vez, hasta que me levanté a abrir la puerta envuelto en una manta. Ese invierno húmedo me obligaba a andar con pantuflas de abuelo y medias térmicas. Llegué a la puerta y te escuché llorar afuera; antes de abrir ya sabía que eras vos, no hizo falta preguntar quién era.

Si algo había aprendido en esos tres años de conocerte era que tu relación no funcionaba y que siempre que tu novia te dejaba venías, como un cachorrito herido, a buscar refugio a mi casa. Y yo, claramente, te lo daba.

Ni bien abrí la puerta te abracé. Cerraste los ojos y te besé uno por uno, tus ojos llenos de lágrimas. Apoyaste tu cara en el lado derecho de mi cuello y te abracé con fuerza. Sabía cuánto la querías y, aunque eso a veces me dolía, era así. Vos te morías de amor por ella y ella te dejaba cuando quería. Y yo me moría de amor por vos, que venías cada vez que ella te dejaba.

Y a veces la vida es así.

Sabía en ese entonces que yo era solo el premio consuelo, que lo único que teníamos era el tiempo que me regalabas durante tus rupturas amorosas. A veces quería ser más duro, a veces quería no abrirte la puerta, pero ver tus ojitos celestes y verdes llenos de lágrimas, tus mejillas rojas y tu cara triste me podían, me movilizaban por completo. Escucharte con la voz quebrada, entrecortada, me hacía mal. No podía dejarte solo en un momento así. No quería hacerlo.

Terminamos acostados en mi cama. Vos, con la cabeza apoyada en mi pecho, ya dormías; y yo pensaba por qué siempre terminábamos así. Acariciaba tu pelo, secaba las últimas lágrimas que quedaban en tus largas pestañas y te miraba dormir, enamorado. Para ese entonces ya no podía negarlo: estaba enamorado, muy enamorado de vos.

En todos esos años de idas y vueltas con tu pareja, venías. Casi siempre de noche. Te quedabas a dormir, pero la primera noche nunca teníamos relaciones. Yo solo estaba ahí para vos. Pocas veces decía algo; te escuchaba. No quería que mi opinión influyera en tu relación, sobre la cual sentía no tener derecho.

A veces te preparaba algo caliente para tomar, un té o un café. Muy rara vez me pedías una chocolatada caliente.

Te despertaste a la mañana y fuiste muy lento al baño. Aunque no querías hacer ruido para no despertarme, yo ya estaba despierto.

A pesar de ser una persona que llora mucho, siempre fui muy alegre. Y eso de mí siempre te gustó; recuerdo que me lo decías seguido.

—¿De dónde viene tu felicidad? —preguntaste después de volver y acostarte en la cama, a mi lado.

—De mi presente, de esto —te contesté—. De estar en la cama con vos, abrazados, mirándonos, cómplices, sonriendo como tontos.

—Andá, no te creo nada —me dijiste entre risas.

Siempre evitabas hablar mucho de tu novia, o tu ex, o como se la llamara durante esas separaciones. A veces nos contábamos todo lo que habíamos hecho los días que no nos veíamos; a veces hablábamos de la familia, de los amigos, del pasado —de las partes lindas y de las que no lo eran tanto—. Y a veces no decíamos nada.

Y cuando sabía que las lágrimas estaban por salir, porque sabía cuánto te movilizaba separarte, solo nos abrazábamos.

Ese día te vi muy triste. Para levantarte el ánimo se me ocurrió irnos de viaje, aunque fuera un fin de semana. Mientras te duchabas busqué pasajes para viajar en colectivo a la costa. Aunque era invierno, se me ocurrió llevarte lejos, para que despejaras un poco la cabeza. La idea te encantó.

Partimos hacia la costa en ese viaje improvisado, que no era el primero que compartíamos, pero sí el primero que hacíamos solos. En primavera y verano solíamos viajar con los chicos de la universidad o con tu familia. Pero nunca en invierno, y nunca solos.

Llegamos al hotel, dejamos todo, nos abrigamos bien y salimos a caminar por la playa. Era raro caminar con ese frío, solo vos y yo, el mar y la arena gris. Era como si hubiéramos viajado a un lugar nuevo, a uno que nunca habíamos conocido.

Pasamos un fin de semana hermoso. Salimos poco por el frío y la humedad, pero la pasamos muy bien: acostados mirando películas que no habíamos tenido oportunidad de ver antes, dentro del jacuzzi o aprovechando la pileta del hotel.

A la vuelta dormiste casi todo el camino, con la cabeza apoyada en mi hombro. Como en esos viajes del primer año de universidad.

Nunca supe si lo que hacíamos estaba bien o estaba mal. Solo sabía que estaba enamorado y que tu situación era complicada.

Los días en los que estabas separado eran como entrar en un oasis, todo parecía lindo casi perfecto mientras duraba. Después volvías con ella y todo se desvanecía otra vez.

Como pasó al llegar a mi casa después del viaje. No te paraban de llegar mensajes al celular. Me dijiste que salías a comprar y volvías, pero más tarde me mandaste un mensaje diciendo que en la semana pasabas a verme.

No hizo falta decir más.

Yo sabía exactamente cómo era.

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Benjamín Gohega
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