Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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Un suspiro colectivo de alivio recorrió el grupo. La madre rompió a llorar de verdad esta vez, abrazando a Martina. Alessandro cerró los ojos un instante, apretando los puños con tanta fuerza que se le clavaban las uñas en las palmas. Las piernas le temblaban, pero no se dejó caer.
—¿Podemos verlo? —preguntó Bruno, al lado de Mateo.
— Debe descansar, cuando despierte, lo verán.
Al tiempo Demian despertó.
— De a uno, por favor — dijo el médico—. Está muy débil.
Alessandro se quedó atrás, dejando pasar primero a la familia. No quería imponerse. No sabía si Damián querría verlo, si siquiera recordaría lo que le habían dicho antes del accidente. Se quedó esperando, mirando cómo entraban y salían, hasta que finalmente se quedó solo en el pasillo. Fue entonces cuando una enfermera se acercó y le dijo que Damián había preguntado por él.
Al entrar a la habitación, lo vio acostado, pálido, lleno de tubos y vendajes, con los ojos cerrados. Se acercó despacio, como si temiera que el menor movimiento pudiera lastimarlo más. Cuando estuvo junto a la cama, Damián abrió los ojos lentamente.
—¿Estás aquí? —susurró con voz ronca.
—Estoy aquí —respondió Alessandro, tomándole la mano con suavidad—. No me he ido. No me voy a ir.
—Peleamos… —murmuró Damián, con la mirada perdida en el techo—. Fui un idiota. Bebí, me porté mal… te dije cosas horribles. Y luego… la moto… no vi el coche.
—No hables así —le dijo Alessandro, apretándole la mano con cariño—. Lo importante es que estás vivo. Lo demás… lo hablaremos. Lo arreglaremos. No importa cuánto tiempo tome.
—La chica… el bebé… —Damián hizo una pausa, con esfuerzo—. No sé qué hacer. No sé si es mío. No recuerdo nada de esa noche. Pero mamá dice que me haga cargo. Que se quede en la casa. Que nos casemos.
Alessandro respiró hondo, asimilando todo. Se sentó en la silla junto a la cama y lo miró a los ojos con serenidad.
—Escúchame bien —le dijo con voz firme pero suave—. No tomes decisiones precipitadas mientras estás así. Primero te recuperas. Luego averiguamos la verdad. Y hagamos lo que hagamos, lo haremos juntos. No tienes que cargar con todo tú solo.
Damián lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿En serio? ¿Después de todo lo que hice?
—Después de todo —confirmó Alessandro, acariciándole el dorso de la mano—. Porque te quiero pajarito. Y no te voy a abandonar cuando las cosas se ponen difíciles.
En los días siguientes, la casa se llenó de tensión. La chica siguió viviendo allí, bajo la atenta mirada de la madre, que organizaba todo como si la boda fuera a celebrarse al día siguiente. Martina, aunque aparentaba ayudar, se notaba que no estaba del todo cómoda con la situación. La presencia de Alessandro se volvió más frecuente: iba al hospital todos los días, luego a la casa cuando Damián volvió, y poco a poco se ganó también el respeto silencioso del padre de familia.
Pero no todo era armonía. La madre seguía presionando a Damián para que formalizara la situación con la chica, y cada vez que Alessandro estaba presente, las miradas se cruzaban cargadas de significado. Damián se sentía dividido entre su deber, lo que su familia esperaba de él, y lo que realmente sentía.
Una tarde, cuando ya podía caminar con ayuda, Damián pidió a Alessandro que lo llevara a dar un paseo. Se alejaron de la casa, de las miradas, de las presiones, y se sentaron en un banco del parque.
—No sé cómo salir de esto —confesó Damián, mirando al suelo—. Si el bebé es mío, tengo que hacerme cargo. Pero no quiero casarme con ella si no la quiero. Y tampoco quiero perderte.
Alessandro lo miró con ternura y le tomó la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—No tienes que decidir hoy —le dijo—. Y no tienes que decidir solo. Lo averiguaremos. Y sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos. ¿De acuerdo?
Damián asintió, y por primera vez desde el accidente, sintió que tal vez había una salida, aunque todavía no pudiera verla claramente.