Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Desgastado Retrato
La casa estaba en silencio. Los niños por fin dormidos, arriba.
En la cocina, la luz blanca del tubo hacía que todo se viera más cansado. Colette seguía con el uniforme puesto, el pelo recogido a medias. No se había sentado.
Elara dejó las llaves sobre la mesada con cuidado, como si cualquier ruido pudiera despertarlos.
—La niñera llegaba a las nueve y tuve que irme antes —dijo, sin sacarse el abrigo—. Se adelantó un trabajo, Cole. No fue mi culpa. Estuve con ellos casi todo el tiempo, de verdad. No tienes por qué preocuparte.
Colette la miró fijo, sostenía un vaso de agua vacío.
—Ese es el problema, Eli —respondió, y su voz por fin se quebró—. Que siempre estás con ellos casi todo el tiempo.
Elara entendía el enojo. Pero Colette siempre hacía lo mismo: se protegía atacando.
—Está bien. Me disculpo una vez más, Coco —dijo, y la frialdad le salió sin querer. Tomó las llaves y no esperó respuesta. Giró hacia la puerta trasera—. Nos vemos. Avísame si tienes guardia. Intentaré llegar a tiempo.
La puerta se cerró. Colette se quedó sola en la cocina, con el vaso todavía en la mano, y por primera vez en el día sintió culpa. Se había olvidado de todo lo que Elara hacía por ellos.
Se le había olvidado que no era la única que había perdido a sus padres. Que no era la única a la que un amor había dejado plantada.
Elara entró al coche y arrancó. No miró atrás. Condujo hacia el taller con la cabeza en otro lado, tan ensimismada que ni se acordó de que no había almorzado.
Al llegar a la casa de moda, entró por la puerta lateral del taller. No había nadie. Era la única.
Tomó una taza vacía, fue hasta la despensa del café y volvió a su cubículo con las manos vacías.
Ni siquiera había café, ni modo. Adelantaría trabajo.
Estaba haciendo recortes cuando su estómago rugió. Fuerte.
No había desayunado. Ahora también se saltaba el almuerzo.
Suspiró, dejó la tijera a un lado, tomó el teléfono y marcó a su amiga.
📱—¿Mila? ¿Todavía estás en el restaurante?
Mila se miró la muñeca. Todavía le quedaba media hora.
📲—Estoy aquí. ¿Qué pasó, Elara? No llegaste a almorzar.
📱—Luego te explico. ¿Podrías comprarme algo? Unas galletas o lo que sea.
...
Diez años atrás
—Entonces... ¿cómo te diste cuenta de que la abuela no era tu alma gemela?
—No, Charlie, ahí te equivocas —había respondido él con una suavidad inusual en su voz—. Tu abuela fue y siempre será el gran amor de mi vida. Su presencia no deshizo la maldición, pero me salvó de una manera distinta: con ella aprendí a amar de verdad.
Gideon había soltado un suspiro pesado mientras su mente divagaba en los recuerdos del pasado. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de creer en la promesa de Mara; no existía nadie en este mundo capaz de romper el hechizo que cargaba a cuestas. Para colmo, con el pasar de las décadas, el oro del medallón se había vuelto opaco y oscuro, perdiendo el brillo hipnótico de sus primeros años. Lo único que Gideon lamentaba de su inmortalidad era tener que ver partir, una y otra vez, a las personas que amaba.
Charlotte era su única nieta, el último lazo vivo y la última descendencia que le quedaba de su historia con Jaelle.
—Señor Gideon, el coche está listo para partir —interrumpió una voz rompiendo el trance.
—Tsk, ¿cuántas veces te he dicho que me tutees? Se supone que de cara al mundo tenemos casi la misma edad -bromeó Gideon, forzando una sonrisa.
Pero aunque ante los ojos de los demás aparentan ser contemporáneos, Beltrán sabía perfectamente la verdad. Aquel hombre que tenía enfrente le doblaba y triplicaba la edad a su propio abuelo.
—Lo siento, Se... Gideon —tartamudeó Beltrán, corrigiéndose a tiempo.
-Bien, vámonos.
...
Charlotte parpadeó, regresando al presente mientras observaba el perfil severo de su abuelo reflejado en el cristal del automóvil. Recordaba perfectamente esa conversación, cuando ella apenas tenía diecinueve; ahora, a sus veintinueve y a las puertas de su propio matrimonio, entendía mejor el peso de sus palabras. Sabía que Gideon había perdido toda esperanza de encontrar un amor que lo liberara, pero le partía el corazón imaginarlo completamente solo en los siglos por venir.
Mientras tanto, en una de las vitrinas principales de la exclusiva joyería Huxley en el centro de la ciudad, el medallón descansaba sobre un cojín de terciopelo esmeralda. Llevaba años en exhibición como una pieza histórica familiar. Pese a su innegable valor, ningún coleccionista ni magnate de los que frecuentaban la tienda había mostrado jamás el menor interés en comprarlo.
Era como si la joya misma rimara con el destino de su dueño, esperando pacientemente a la única persona capaz de reclamarla.
...
Por la tarde, Gideon regresó a la joyería. Por azares del destino, el exclusivo establecimiento se encontraba justo en la esquina de la misma manzana donde operaba la casa de moda y el estudio de costura de Elara. Ella pasaba caminando por esa misma acera cada mediodía para ir al restaurante de enfrente; la única razón por la que sus caminos jamás se habían cruzado antes era el extremo aislamiento de Gideon, quien rara vez abandonaba los muros de su mansión. La joyería era, de hecho, el único de sus múltiples negocios que se dignaba a visitar en persona con cierta frecuencia.
Al cruzar las puertas de cristal, Gideon se dirigió directamente al mostrador principal.
—Francis, baja el precio del medallón —ordenó con voz cortante—. Ponlo en rebaja, al costo más bajo posible.
El tasador principal parpadeó, desconcertado por la inusual petición.
—Pero, señor Huxley, es una joya histórica sumamente valiosa y...
—Solo hazlo —lo interrumpió Gideon con una mirada gélida que no admitía réplicas.
Sin esperar una respuesta, Gideon dio media vuelta y subió por las escaleras hacia la oficina del piso superior. Aquel espacio era un santuario infranqueable; el acceso estaba estrictamente prohibido para todo el personal de la tienda. Solo Beltrán poseía la llave y la autorización para cruzar esa puerta.
Gideon caminó hacia el imponente escritorio de caoba y se sentó. Permaneció allí durante quince minutos en absoluto silencio, inmóvil, sin decir ni hacer nada, dejando que la penumbra de la oficina lo envolviera. Finalmente, con un suspiro contenido, abrió el cajón oculto del mueble y extrajo un portarretratos que contenía una fotografía de su amada Jaelle, la mujer que le había enseñado el verdadero significado del amor.
Sin embargo, el secreto más profundo descansaba detrás de esa imagen. Con dedos temblorosos, Gideon retiró la tapa trasera para revelar un desgastado y antiguo retrato de Zahli, la joven romaní a la que había traicionado en su juventud. Aquel dibujo a carboncillo se lo había entregado Mara muchas décadas atrás, tras incontables y desesperadas súplicas de su parte.
Se quedó estático, perdiéndose una vez más en el recuerdo de esos ojos verdes tan intensos que, por primera vez en un siglo, sentía que volvían a acecharlo desde la realidad.
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