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El Heredero Del Abismo

El Heredero Del Abismo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Viaje a un mundo de fantasía / Apocalipsis
Popularitas:263
Nilai: 5
nombre de autor: El Grillo

¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?

NovelToon tiene autorización de El Grillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL MASCARA BLANCA.

La entrevista con Esteban Cruz había terminado hacía tres horas, pero Zero no se había movido de la sala de observación.

La consola HEX seguía dentro de la vitrina de evidencias, con un precinto que decía NO MANIPULAR. Para cualquier otro era solo una copia barata, para Zero era una confesión.

—¿Ya revisaron de dónde viene? —preguntó sin mirar a Valeria.

—Del mismo mercado —respondió ella—. No del mismo que el nemesis real probablemente compró la suya, pero a tres locales de distancia. El dueño del local dice que no vende consolas, que solo alquila el espacio.

—¿A quién?

—A un tipo que paga en efectivo, nunca deja nombre. Los demás locatarios lo describen igual: alto, flaco, siempre con una máscara blanca, de esas de teatro, lisa, sin expresión. No habla mucho.

Zero por fin se volteó.

—Una máscara blanca.

Valeria asintió.

—Esteban dijo lo mismo. Y encontramos otros dos casos. Dos muchachos más que compraron una HEX en los últimos dos meses. Uno está en psiquiatría, dice que el juego le habla pero que nunca le hace caso. El otro desapareció.

Héctor entró en ese momento con una carpeta.

—Acabo de hablar con el psiquiatra. El muchacho del hospital dice que la consola le mostraba expedientes pero que todas las personas ya estaban muertas. Como si fuera una versión vieja.

Zero se quedó mirando la HEX.

—Porque lo es —dijo—. No son copias. Son intentos fallidos.

Héctor frunció el ceño.

—¿Intentos de qué?

—De abrir la puerta sin tener la llave.

Esa noche Zero no volvió a su refugio. Se fue al mercado de objetos usados. A las diez de la noche ya estaba cerrado, solo quedaba el celador y las rejas abajo. Se metió por la parte de atrás, por donde entraban los camiones de carga. No forzó nada, la puerta ya estaba sin seguro.

El lugar era un laberinto de puestos de madera, televisores viejos, cajas con vinilos, muñecos sin cabeza. Caminó hasta el pasillo C, puesto 14. El que le alquilaban al de la máscara blanca.

Estaba vacío, pero no del todo. Había una mesa y sobre la mesa cinco cajas negras, todas iguales a la HEX, selladas con cinta transparente. Y sobre las cajas una hoja blanca.

Zero se puso guantes y la levantó.

Solo tenía escrito a mano: PARA LOS QUE QUIEREN JUZGAR PERO NO FUERON ELEGIDOS.

Se escuchó un crujido detrás.

No se volteó de inmediato.

—Sabía que ibas a venir —dijo una voz. Era de hombre, joven, tranquila.

Zero se dio la vuelta despacio.

El tipo estaba parado bajo la luz amarilla del pasillo. Alto, flaco, como lo habían descrito. Llevaba un buzo negro con capota y una máscara blanca, lisa, sin boca, sin ojos pintados, solo dos agujeros pequeños. No se le veían las manos porque las tenía en los bolsillos.

—¿Tú vendes esto? —preguntó Zero señalando las cajas.

—No las vendo. Las ofrezco. No es lo mismo.

—Esteban Cruz te compró una.

—Esteban quería ser Némesis. Todo el mundo quiere ser Némesis ahora. Yo solo les doy la oportunidad.

—¿De qué?

—De probar si son dignos.

Zero dio un paso al frente.

—¿Y si no lo son?

El de la máscara se encogió de hombros.

—Se vuelven locos. O desaparecen. Como siempre ha pasado.

La mujer que acompañaba a Zero apareció por el otro extremo del pasillo. Había seguido a Zero sin que él se lo pidiera. Se quedó quieta, con la mano cerca del arma.

El de la máscara la miró un segundo y volvió a mirar a Zero.

—Tú no eres policía —le dijo—. Tú hueles a Proyecto Umbral. Tú estuviste ahí, ¿verdad?

Zero no respondió. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien lo descolocaba.

—¿Cómo sabes del Proyecto Umbral?

—Porque yo nací ahí.

Se quitó la máscara.

Debajo no había un rostro deforme ni quemado. Era un muchacho de unos veinticinco años, normal, con ojeras marcadas y una cicatriz delgada que le cruzaba la ceja izquierda. Si lo veías en la calle no te voltearías a mirarlo.

—Me llamo Jonás —dijo—. Yo fui el primer intento.

Se sentó sobre una de las cajas como si estuviera cansado.

—Hace diez años mi papá trabajaba con tu gente, con los que abrieron la puerta. Él decía que el Otro Lado no era el infierno, que era un archivo. Que allá estaba todo lo que la humanidad había intentado borrar. Yo tenía quince años cuando me metieron a la sala blanca.

Valeria llegó en ese momento, había rastreado el celular de Zero. Se quedó en la entrada del pasillo escuchando.

—Me pusieron una consola igual a esa —siguió Jonás señalando la HEX—. Pero la original todavía no había despertado. La original estaba dormida esperando a alguien con rabia de verdad, no a un pelado curioso como yo. La mía nunca me mostró culpables, solo me mostraba a mí mismo muriendo de formas distintas.

—¿Y por qué haces copias ahora?

—Porque me dijeron que lo hiciera.

—¿Quién?

Jonás sonrió, pero era una sonrisa triste.

—Los que ya no tienen rostro. Ellos no pueden tocar la original, la original los rechaza. Necesitan que alguien la use mucho, que la alimente con sentencias, para que la puerta se abra del todo. Yo solo preparo el camino. Si hay muchos juzgando, el Heredero se apura.

Zero entendió todo de golpe.

—Estás usando a los imitadores para forzar al verdadero Némesis a avanzar más rápido.

—Si hay diez Némesis falsos, el verdadero tiene que demostrar que es el verdadero. Tiene que matar más, más seguido, más grande. Cada vez que juzga, el Trono se llena.

—¿Y qué ganas tú?

—Yo salgo. A mí me prometieron que cuando el Heredero despierte me devuelven lo que me quitaron allá adentro.

Se señaló la cabeza.

—Yo entré con recuerdos y salí vacío. No me acuerdo de mi mamá, no me acuerdo de mi infancia. Solo me acuerdo del Otro Lado. Y quiero olvidarlo.

Héctor, desde la sala de operaciones, escuchaba todo por el micrófono que Zero llevaba escondido. Se levantó de la silla.

—Tenemos que sacarlo de ahí —le dijo a Valeria por radio—. Ese muchacho es un testigo del Proyecto Umbral.

Pero Zero levantó una mano, como si hubiera escuchado a Héctor.

—Jonás, ¿cuántas HEX has entregado?

—Veintitrés.

—¿Y cuántas originales hay?

—Una. Solo una. La que tiene él.

—¿Sabes quién es?

—No. Pero lo estoy buscando. Porque cuando lo encuentre, Los Sin Rostro van a ir por él. Y yo tengo que estar ahí para ver cómo se abre la primera puerta.

Se volvió a poner la máscara.

—Ya les dije demasiado. Si quieren atraparme, háganlo, pero mañana va a aparecer otro como yo vendiendo otras cinco. Porque el mercado no es el único lugar.

Zero no lo detuvo. Lo dejó irse por el pasillo oscuro hasta que desapareció.

Valeria corrió hacia él.

—¿Por qué lo dejaste ir?

—Porque no es el vendedor —dijo Zero—. Es otro comprador que se quedó atrapado a mitad de camino. El verdadero fabricante no es él.

Guardó una de las cajas HEX en una bolsa de evidencia.

—Jonás solo copia lo que alguien le enseñó a copiar. Alguien que todavía está dentro del Proyecto Umbral.

*Mientras tanto, en la casa de los Rivas*

Mateo no podía dormir. Desde que supo que había imitadores sentía que la consola lo miraba distinto.

La prendió.

No salió expediente. Salió un espejo.

En el espejo no estaba él. Había un pasillo largo lleno de puestos de mercado y al fondo un muchacho con una máscara blanca vendiendo cajas negras.

Y detrás del muchacho, por un segundo, Mateo vio algo más: una figura altísima con un abrigo largo y sin rostro, poniendo una mano sobre el hombro de Jonás.

La imagen se cortó.

Apareció un mensaje nuevo, en letras rojas, algo que nunca había pasado:

"ADVERTENCIA: EL TRONO NO TOLERA COPIAS."

Después otro:

"EL HEREDERO DEBE ELIMINAR AL FALSO PROFETA."

El Primer Guardián apareció, pero no con su calma de siempre. Estaba tenso.

—¿Debo matar al de la máscara blanca?

—No —respondió el Guardián—. Debes decidir si lo dejas vivir para que te encuentre.

Mateo entendió. Si dejaba vivo a Jonás, Los Sin Rostro llegarían a él. Si lo mataba, él mismo se convertiría en lo que estaba juzgando.

Por primera vez apagó la consola sin dar una sentencia.

En otro punto de la ciudad, Jonás se quitó la máscara blanca en un baño sucio y se miró al espejo. Por un segundo no se vio a sí mismo. Vio un rostro vacío, liso, sin ojos ni boca.

Se echó agua en la cara y volvió a ser él.

—Ya falta poco —susurró.

Y en el Otro Lado, el tablero de piedra tembló. Una cuarta pieza apareció sola. No era del juego de Mateo. Era blanca. Y tenía la forma de una máscara.

CONTINUARA...

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