La Protagonista Marcela: Dulce, obediente y sumisa en apariencia ante su esposo, pero una mente brillante, estratega y creadora de best-sellers mundiales en secreto. Lleva 25 años guardando su identidad con ayuda de su abogada y sus dos fieles amigas.
El Esposo Patricio: Magnate de los restaurantes, controlador y narcisista. Cree que tiene el control absoluto y decide humillarla públicamente para pedirle el divorcio, sin saber que está pisando un terreno minado. Lleva 10 años con una doble vida.
Los Aliados Clave:
Sus tres hijos: Aman a su madre profundamente y el mayor no duda en encarar al padre.
Las dos amigas Regina y Paulina: Cómplices del secreto literario y testigos de la falsedad del empresario.
El Presidente de la Nación: Su amor de juventud, viudo, padre de dos hijas y profundamente enamorado de ella desde siempre. Es el apoyo inesperado que le recuerda lo mucho que vale.
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EL DESPERTAR DEL TITÁN HERIDO
El alba del nuevo día se abrió paso entre nubes plomizas y pesadas sobre la capital. En el palacio presidencial, la fría luz de la mañana iluminaba el desastre en el despacho de Santiago Pineda. Papeles esparcidos, fragmentos de cristal incrustados en la alfombra y los muebles derribados daban testimonio de la noche de furia y dolor que había sacudido los cimientos del hombre más poderoso de la nación.
A pesar de que el pecho le quemaba con la intensidad de una brasa viva y cada músculo de su cuerpo se negaba a responder, Santiago sabía que el país no podía detenerse, y él tampoco. Las responsabilidades del Estado reclamaban su atención de inmediato. Con un movimiento pesado, se incorporó del suelo, sosteniéndose un momento del borde del escritorio destrozado para mantener el equilibrio. Tenía la mirada inyectada en sangre, las ojeras marcadas con la crudeza del insomnio y las palmas de las manos vendidas con torpeza.
Caminó hacia el baño privado del despacho. Abrió la llave de la ducha y dejó que el agua helada cayera sobre su cuerpo, buscando un estímulo que le devolviera el pulso a la realidad. Se rasuró con precisión milimétrica, barriendo los restos de barba mal cuidada que acentuaban su aspecto endurecido. Al salir, se enfundó en un impecable traje sastre gris oscuro, una camisa blanca abrochada hasta el cuello y una corbata negra que parecía un estandarte de luto personal.
Cuando abrió la puerta del despacho y salió a los pasillos oficiales, el personal de seguridad y sus colaboradores más cercanos retrocedieron un paso, intimidados por la presencia imponente del presidente. Su rostro era una máscara de absoluta frialdad; un muro de hielo impenetrable que ocultaba el dolor atroz y la rabia contenida que le devoraban las entrañas. Era un hombre herido de muerte en lo más íntimo de su ser, y esa herida se había convertido en un motor de destrucción implacable.
—Reúna al gabinete económico y al fiscal general de la nación en la sala de juntas principal en quince minutos —ordenó Santiago con una voz gélida, cortante, que no admitía réplicas ni dudas—. Y quiero sobre mi escritorio el expediente fiscal completo, las auditorías pendientes y las ramificaciones mercantiles de las empresas de Patricio Iglesias. Ahora.
—Sí, señor presidente —respondió su asistente principal con la voz temblorosa, apresurándose a cumplir la orden.
Durante las horas siguientes, Santiago se sumergió en el trabajo con una furia metódica y aterradora. Las reuniones se sucedieron una tras otra a un ritmo frenético. No aceptaba un "no" por respuesta, ni titubeos, ni excusas burocráticas. Cada funcionario que intentaba argumentar demoras legales o procedimientos complejos se encontraba con la mirada de acero del presidente, una sentencia silenciosa que obligaba a los ministerios y tribunales a actuar con la velocidad de un rayo.
Utilizó toda la influencia, el poder político y las herramientas del Estado que tenía a su disposición para destrozar lo que quedaba del imperio empresarial de Patricio Iglesias. Si el poder judicial ya había dictado medidas cautelares y embargos, Santiago se encargó de acelerar la maquinaria fiscal para que el cerco sobre el magnate fuera absoluto y sin escapatoria. Ordenó auditorías especiales sobre cada licitación pública pasada, congeló todas las cuentas subsidiarias ocultas en paraísos fiscales que aún no habían sido intervenidas, y presionó a los bancos comerciales para que negaran cualquier línea de crédito o salvavidas financiero a las empresas de Iglesias.
En menos de veinticuatro horas, el nombre de Patricio Iglesias pasó de ser el de un millonario influyente a convertirse en un paria financiero absoluto. Los socios comerciales del empresario comenzaron a huir despavoridos, cancelando contratos de manera masiva para no verse salpicados por la avalancha de investigaciones estatales. Los medios de comunicación, azuzados por los comunicados oficiales emitidos desde la presidencia, no dejaban de transmitir reportajes especiales sobre los fraudes fiscales, las triangulaciones de capitales y los desvíos de fondos operados por el magnate durante años.
En su mansión, ahora convertida en una celda dorada, Patricio Iglesias vio cómo su mundo se reducía a cenizas en tiempo récord. Sentado en su estudio, viendo las pantallas de televisión que anunciaban el inminente arresto domiciliario y la orden de captura internacional en su contra por fraude agravado y asociación para delinquir, comprendió que la orden directa de destruirlo no venía de un juez cualquiera, sino del propio presidente de la nación.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Santiago firmaba el último decreto de intervención contra los bienes del hombre que le había robado su vida y su familia. Al estampar su firma con trazo firme y furioso sobre el papel oficial, cerró los ojos un instante. La venganza legal estaba consumada; el monstruo que los había destruido pagaría con creces en los tribunales y en la miseria. Pero en el pecho del presidente, la victoria no supo a gloria, sino al frío amargo de las cenizas. El poder absoluto con el que había arrasado a su enemigo no servía para borrar el eco de las palabras de Marcela ni el vacío insondable que dejaba la certeza de lo que nunca podría recuperar.