«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 16: El síntoma inesperado
La luz pálida de la mañana siguiente entró por los ventanales con una claridad implacable, disipando las sombras de la noche anterior pero no la densa bruma de incomodidad que se había instalado en la mansión. En el comedor principal, el tintineo sutil de los cubiertos de plata contra la porcelana era el único sonido que rompía el silencio.
Dayana permanecía sentada a su extremo de la mesa, removiendo mecánicamente una taza de té que apenas había probado. Tenía la mirada fija en el mantel, pero su mente revivía una y otra vez la secuencia del despacho: el calor de la mano de Nolan en su mejilla, la respiración compartida y ese milisegundo suspendido en el tiempo donde las reglas del contrato estuvieron a punto de convertirse en cenizas.
Al otro extremo, Nolan Cross lucía tan impecable y gélido como de costumbre. Vestía un traje gris marengo de corte perfecto, la corbata ajustada con precisión milimétrica y la tableta corporativa en la mano, revisando los últimos informes financieros. La noticia de la destrucción de Vance Global ya abría las portadas de los diarios económicos; Nolan había cumplido su palabra antes del amanecer. Sin embargo, no había rastro del hombre posesivo y vulnerable de la noche anterior. Su rostro era una muralla de piedra.
—Sebastián ya ha coordinado el protocolo de seguridad para esta noche —habló Nolan, su voz barítona e impersonal cortando el aire— Llegaremos a la residencia Logan exactamente a las ocho. No responderemos preguntas capciosas de Vanessa y mantendremos la narrativa del matrimonio sólido. Firmarás los documentos de ratificación frente a tu padre para cerrar cualquier posibilidad de demanda. ¿Estás lista?
Dayana levantó la cabeza para responder, pero en cuanto intentó enfocar la mirada en Nolan, una extraña calidez le subió por el cuello.
—Sí, estoy... —su voz se apagó.
De repente, el comedor comenzó a girar lentamente. Un zumbido agudo nació en el fondo de sus oídos, apagando el sonido ambiental. Dayana parpadeó con fuerza, intentando disipar la neblina que amenazaba con cubrir su visión, pero los colores del salón se mimetizaron en un borrón blanquecino. Sintió un frío repentino recorrerle las extremidades y un sudor gélido le perló la frente.
El peso de los últimos días —la traición de Richard, el desprecio de su padre, la transformación radical, la agresión de Vance y la insoportable tensión psicológica con Nolan— colapsó finalmente sobre su sistema nervioso. Su cuerpo simplemente dijo basta.
La taza de porcelana se deslizó de sus dedos débiles, estrellándose contra el suelo y salpicando el té caliente sobre el mármol.
Nolan levantó la vista de la tableta de inmediato, con el ceño fruncido por la interrupción.
—¿Dayana? —llamó, su tono perdiendo un ápice de su rigidez corporativa.
Ella intentó apoyarse en el borde de la mesa para ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron. Su cuerpo se balanceó hacia un lado de la silla ejecutiva de cuero.
Nolan reaccionó con los reflejos de un felino. Arrojó la tableta sobre la mesa y, cruzando el comedor a una velocidad sobrehumana, logró llegar justo a tiempo para atraparla antes de que su cabeza impactara contra el suelo de mármol. El cuerpo de Dayana se sintió completamente laxo, pesado y frío entre sus brazos. Tenía los ojos cerrados y los labios desprovistos de todo color.
—¡Dayana! —la voz de Nolan resonó en las paredes del comedor, esta vez desprovista de cualquier máscara de hielo. Había un pánico genuino, agudo y punzante en su tono.
Sosteniéndola contra su pecho, la levantó con facilidad y la recostó sobre el diván de terciopelo del salón contiguo. La palpación de su pulso en el cuello le reveló un ritmo rápido pero sumamente débil.
—¡Sebastián! —rugió Nolan hacia el pasillo, un grito que alarmó a todo el servicio de la mansión.
El asistente apareció en el umbral en un segundo, con los ojos abiertos de par en par al ver la escena.
—Llame al doctor Evans de inmediato —ordenó Nolan, sin apartar la mirada del rostro pálido de Dayana, mientras le quitaba el abrigo ligero que ella llevaba puesto para facilitarle la respiración— Que venga con el equipo de urgencias privado. Ahora mismo.
Treinta minutos más tarde, la planta superior del ala este de la mansión se había transformado en una clínica improvisada. El doctor Evans, el médico de cabecera de la dinastía Cross y uno de los especialistas más reputados de la capital, trabajaba a puerta cerrada dentro de la habitación principal de Dayana, asistido por una enfermera.
En el pasillo exterior, Nolan Cross caminaba de un lado a otro. Se había quitado el saco del traje y se había remangado las mangas de la camisa, mostrando una agitación interna que jamás le había permitido ver a ninguno de sus socios comerciales. Sus manos, usualmente firmes, permanecían entrelazadas detrás de su espalda, apretándose con tal fuerza que los nudillos se le habían tornado blancos.
Sebastián aguardaba a unos metros de distancia, sosteniendo el maletín del magnate.
—Señor Cross, si lo desea, puedo posponer la reunión con la junta de la tarde —sugirió el asistente en voz baja.
—No pospongas nada —respondió Nolan de forma cortante, aunque su mirada seguía fija en la madera tallada de la puerta de la habitación— Pero cancela cualquier salida logística para la noche. No entraremos a la casa de los Logan si ella no está en condiciones.
—Entendido, señor.
El sonido del pestillo de la puerta abriéndose cortó la tensión del corredor como una navaja.
Nolan se detuvo en seco. El doctor Evans, un hombre maduro de expresión usualmente imperturbable y profesional, cruzó el umbral. Sostenía una carpeta con los primeros resultados de los análisis de sangre rápidos que su equipo de laboratorio móvil había procesado en la planta baja.
El médico examinó a Dayana a puerta cerrada y sale al pasillo con una expresión de total asombro para darle los resultados a Nolan. Sus cejas estaban arqueadas, sus labios ligeramente entreabiertos y la seguridad médica que lo caracterizaba parecía haberse desvanecido ante los datos impresos en el documento. Miró al imponente CEO de Cross Enterprises, tragó saliva con dificultad y ajustó sus anteojos antes de hablar, consciente de que la información que estaba a punto de revelar cambiaría las reglas del tablero de la alta sociedad de manera irreversible.
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