Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.
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CAPÍTULO 3: La primera regla es no gritar
El amanecer no trajo luz a la Casona de los Cedros; simplemente convirtió la penumbra violeta del sótano en un gris ceniciento que olía a tierra mojada, ozono y cera derretida.
Valeria estaba sentada en el primer escalón de piedra de la escalera, con las piernas abiertas, la espalda apoyada contra el muro frío y una manta térmica de color dorado brillante —extraída del inagotable maletín de Gabriel— envuelta alrededor de los hombros como si fuera una capa real. A su lado, un termo de acero inoxidable echaba un vapor blanco con aroma a café negro y especias.
Gabriel estaba de pie a tres metros de distancia, frente al cofre de hierro negro. Se había quitado la corbata por completo y se había remangado la camisa blanca hasta los codos, revelando unos antebrazos fibrosos, cruzados por venas marcadas y una fina cicatriz blanca que le corría desde la muñeca derecha hasta la sangradura del codo. Con un pincel fino de pelo de marta y un bote de barniz aislante, repasaba meticulosamente las cadenas de bronce del contenedor, fijando las runas que la daga de Valeria había agrietado.
—Si sigues mirándome con esa intensidad, Gómez, voy a empezar a pensar que está intentando memorizar mi anatomía para dibujarme en su cuaderno de bocetos —dijo Gabriel sin volverse. Su voz, aunque todavía un poco rasposa por el apretón del Devorador de Sombras, había recuperado esa cadencia perfecta, pulida y maddenamente tranquila.
—No te mires tanto al espejo, Thorne —respondió Valeria, dando un sorbo al café ardiente que le abrasó la lengua—. Estaba pensando en lo ridículo que te ves intentando hacer bricolaje arcano con una camisa de trescientos euros arruinada. Además, tu cuello parece el mapa de carreteras de un país en guerra. ¿No te duele?
Gabriel detuvo el pincel un milímetro por encima del metal. No se giró, pero Valeria vio cómo sus hombros se tensaban ligeramente bajo la tela fina de la camisa.
—El dolor es una respuesta neuroquímica diseñada para advertir al organismo de un daño tisular —recitó él de memoria, volviendo a trazar una línea brillante sobre el bronce—. Una vez registrado el evento, la sensación se vuelve irrelevante. Solo hay que clasificarla y archivarla.
—Claro, claro. "Archivar el dolor". Apuesto a que cuando te das un golpe en el dedo chico del pie con la pata de la cama, abres un archivo Excel en tu cabeza y te quedas tan ancho.
—Utilizo un sistema de carpetas por colores, en realidad —contestó Gabriel con una seriedad tan matemática que Valeria estuvo a punto de atragantarse con el café.
El demonólogo cerró el frasco de barniz con un chasquido seco, se limpió los dedos con un pañuelo de papel estéril que luego guardó en un sobre para residuos peligrosos, y finalmente se giró para mirarla. La luz gris del amanecer acentuaba las pálidas sombras debajo de sus ojos azules, pero su postura volvía a ser erguida, impecable, casi militar.
—El cofre está estabilizado por ahora —declaró, recogiendo su maletín de aluminio—. Pero no podemos dejarlo aquí. Esta casa sigue estando en un punto de conjunción telúrica inestable. Si el sello del suelo se degrada un uno por ciento más, la masa de energía atascada en las tuberías atraerá a cosas peores que ese fragmento de sombra.
—¿Cosas peores? —Valeria se quitó la manta dorada y se puso de pie, haciendo una mueca cuando las magulladuras de las costillas le protestaron en bloque—. ¿Como qué? ¿Un comité de vecinos fantasmas exigiendo la cuota comunitaria atrasada desde 1890?
—Como una manifestación de Clase VI —respondió Gabriel, caminando hacia la escalera y deteniéndose a solo un paso de ella. Su mirada azul bajó un segundo hacia el labio inferior de Valeria, que tenía un pequeño corte seco, antes de volver a clavarse en sus ojos—. Una entidad que no necesita un cuerpo físico para descuartizar a un ser humano. Una que puede reescribir la geometría de esta casa hasta que los pasillos no tengan salida y el aire se vuelva ácido pururo.
Valeria le sostuvo la mirada, irguiéndose todo lo que le permitían sus ciento sesenta y cinco centímetros de estatura frente al casi metro noventa del especialista.
—Pues me vendría de perlas para ahorrar en calefacción —espetó ella, cruzándose de brazos a pesar del dolor en el costado—. A ver, Thorne. Esta es mi casa. Legalmente, me la legó la tía Matilde con todas sus consecuencias. Si hay que limpiar las tuberías de monstruos, se limpian. Tú pones los botes de vino caro y yo pongo los marcos de fotos.
Gabriel dejó escapar un largo y pausado suspiro por la nariz. Se pasó una mano por el cabello negro, despeinándolo un poco más, lo que, para irritación de Valeria, solo lo hacía parecer ridículamente más atractivo, como un modelo de revista que acababa de sobrevivir a un bombardeo.
—Señorita Gómez, su concepto de la seguridad personal es una aberración estadística. El protocolo dictamina que la propiedad debe ser puesta en cuarentena estricta por el Consejo Arcano Regional durante un periodo no menor a noventa días.
—¿Y dónde voy a dormir yo estos noventa días? ¿En la calle? ¿En tu despacho de caoba sobre tu alfombra persa?
Gabriel se quedó rígido. Una milésima de segundo de vacilación cruzó por sus facciones antes de que su máscara de hielo se asentara de nuevo.
—Hay hoteles perfectamente equipados en el centro urbano.
—Tengo trescientos cuarenta euros en el banco, Gabriel —dijo Valeria, bajando el tono de voz pero manteniendo la barbilla alzada con ese orgullo descarado que a él le resultaba tan fascinante como destructivo—. Si me voy de aquí, no vuelvo a entrar. El banco embargará la propiedad por impago de transmisiones patrimoniales antes de que tu "Consejo Arcano" termine de rellenar los formularios en papel sellado. Esta casa es mi única baza para no terminar comiendo latas de atún bajo un puente. Así que no me voy a mover.
Gabriel la examinó en silencio. Calculó los riesgos, las probabilidades, la carga financiera, el impacto operativo y la insoportable distracción que significaba tener a esa mujer cerca. La respuesta lógica era llamar al equipo de contención, redactar un informe de peligro biológico-espectral de Nivel 4, clausurar el perímetro con cinta dorada y dejar que la burocracia se ocupara de ella.
Era lo que habría hecho en el noventa y nueve por ciento de los casos. Era lo que había hecho durante doce años sin fallar ni una sola vez.
—Las reglas son simples —dijo Gabriel, su voz descendiendo a un susurro denso que pareció llenar el hueco de la escalera—. La primera regla en un perímetro contaminado es no gritar. El pulso elevado altera la frecuencia electromagnética de la piel y atrae a los parasitos menores. La segunda regla es que usted no se aleja de mi campo de visión a más de tres metros. Y la tercera...
Se inclinó ligeramente hacia ella, hasta que Valeria pudo sentir el calor que emanaba de su piel y ese inconfundible aroma a sándalo que sobrevivía milagrosamente a las tripas del infierno.
—...es que si veo que su vida corre un peligro inminente, la sacaré de aquí a rastras, le guste o no, y me da absolutamente igual a cuántos de mis antepasados decida insultar durante el proceso.
Valeria sintió un cosquilleo caliente recorrerle la columna vertebral. Le sostuvo la mirada con una sonrisa torcida que no logró ocultar del todo el temblor de sus labios.
—Acepto las reglas, Capitán. Pero si me sacas a rastras, asegúrate de no mancharme los pantalones. Ya han sufrido bastante por hoy.
A las diez de la mañana, la Casona de los Cedros no parecía un escenario de horror gótico; parecía el almacén de una empresa de logística en quiebra.
Gabriel había transformado el gran salón de la planta baja en su base de operaciones temporal. Dos enormes cajas de transporte de fibra de carbono, traídas por el chofer de su empresa —un tipo calvo y callado como un tumba que se negó rotundamente a cruzar el umbral del vestíbulo—, ocupaban el centro de la estancia.
Sobre la mesa de comedor de nogal, que Valeria había limpiado con un trapo húmedo y medio bote de desinfectante de pino, Gabriel había desplegado tres ordenadores portátiles de pantalla táctil, varios sensores de infrarrojos de grado militar y una red de cables coaxiales que se extendían por los pasillos como venas de plástico negro.
Valeria, por su parte, estaba sentada en un sillón orejero cuyo relleno de paja salía por tres roturas de la tapicería de terciopelo rojo. Llevaba puesta una camiseta tres tallas más grande que le había prestado Gabriel —de algodón blanco impecable que olía a detergente caro— y sus pantalones vaqueros, que milagrosamente habían sobrevivido al aclarado con agua de manguera en el jardín. Tenía los pies descalzos apoyados sobre una caja de munición arcana y sostenía un plato de plástico con un sándwich de jamón y queso que el chofer había traído junto con el equipo.
—A ver si lo entiendo —dijo Valeria masticando con ganas—. Tu ordenador de la izquierda mide cuántos fantasmas hay en la sopa, el del centro te dice si la casa se va a caer a pedazos, y el de la derecha... ¿qué hace? ¿Juegas al solitario cuando te aburres de mí?
Gabriel ni levantó la vista de la pantalla central, donde una gráfica de líneas verdes oscilaba con un ritmo monótono. Llevaba puestos unos auriculares inalámbricos de perfil bajo y tecleaba con una velocidad inhumana.
—El terminal de la derecha analiza la composición frecuencial de los murmullos que grabamos en el sótano —explicó con voz neutra—.Intento aislar el dialecto utilizado por el Devorador antes de que la gema se fragmentara. Había un patrón en su sintaxis que no corresponde a la demonología semítica tradicional.
—Hablaba como un loco con resaca, eso es lo que hacía —opinó Valeria, dando otro mordisco al sándwich—. "La sangre de la heredera, bla, bla, bla". A propósito, Don Perfecto, ¿tu superordenador no te dice por qué mi bisabuelo decidió guardar un pulpo del infierno en una caja de hierro en lugar de coleccionar sellos como la gente normal?
Gabriel detuvo sus dedos sobre el teclado. Se quitó los auriculares con un movimiento pausado y los dejó sobre la mesa. Se giró hacia ella en la silla giratoria portátil que había traído consigo.
—Eugenio Alarcón no era un coleccionista, señorita Gómez. Era un físico teórico adelantado a su época que cometió el error de confundir la energía dimensional con una fuente de energía renovable.
—¿Físico? —Valeria arrugó la nariz—. En la familia siempre dijeron que era marchante de arte y un poco rarito.
—A finales del siglo XIX, la frontera entre la ciencia, el ocultismo y la charlatanería era sumamente delgada —Gabriel se reclinó en la silla, cruzando las piernas con esa elegancia innata que hacía que un mueble de campo pareciera un trono—. Sus diarios, los cuales he estado escaneando durante la última hora mediante el sensor óptico del maletín, indican que descubrió una brecha natural en el terreno. La Casona de los Cedros no se construyó sobre un cementerio ni sobre una fosa común. Se construyó sobre una falla geológica de materia oscura.
—O sea, que el suelo está podrido de nacimiento.
—En términos vulgares, sí. Eugenio intentó embotellar la radiación de esa falla. El cofre de hierro no era una prisión; era un acumulador. La entidad que enfrentamos anoche no era un Demonio en el sentido teológico de la palabra. Era una condensación de la angustia, el dolor y la energía residual de todas las personas que murieron en un radio de cinco kilómetros durante la epidemia de cólera de 1888. Una masa entrópica con conciencia propia.
Valeria se quedó mirando el borde de su sándwich, repentinamente sin hambre. Bajó los pies de la caja de munición y se encogió un poco en el sillón, envolviéndose de nuevo con la manta dorada.
—Eso es... bastante asqueroso, la verdad —murmuró en voz baja, perdiendo por un instante su chispa burlona—. Pensar que he estado durmiendo... bueno, intentando dormir, sobre una montaña de dolor ajeno.
Gabriel la observó en silencio. La expresión de la mujer había cambiado; la máscara de desfachatez y arrogancia agresiva con la que se protegía del mundo se había agrietado ligeramente, dejando al descubierto a una chica joven, exhausta, herida y completamente sola en una casa en ruinas que intentaba matarla.
El demonólogo sintió una punzada extraña en el centro del pecho. No era un cálculo de riesgo. No era un parámetro de su protocolo. Era un impulso puramente humano, una calidez incómoda que intentó clasificar y archivar de inmediato, pero que se negó rotundamente a entrar en sus carpetas organizadas por colores.
Se levantó de la silla giratoria, caminó hacia la mesa de centro y sirvió un vaso de agua mineral de una botella de cristal sellada. Añadió tres gotas de un frasco de vidrio ámbar que llevaba en el bolsillo interno y se acercó a ella.
—Beba esto —dijo, ofreciéndole el vaso. Su voz había perdido la severidad profesional; era suave, casi blanda, como el tono de un médico reconfortando a un paciente difícil.
Valeria miró el vaso con suspicacia.
—¿Qué es? ¿Poción de la verdad o algún veneno de los tuyos para que me calle la boca de una vez?
—Es extracto de flor de azahar consagrado con una solución de potasio y magnesio —contestó Gabriel, sentándose en el borde del reposabrazos del sillón, tan cerca que sus muslos casi se tocaban—. Para los temblores musculares y el shock secundario. Su cuerpo ha procesado una cantidad peligrosa de cortisol en las últimas doce horas. Necesita estabilizarse.
Valeria lo miró a los ojos. Estaban tan cerca que podía oler el aroma a café y sándalo que emanaba de él. Aceptó el vaso, cuidando de no rozar sus dedos con los de él, y se bebió el contenido de un solo trago. El líquido sabía a agua de rosas ligeramente salada, pero apenas llegó a su estómago, una ola de calor agradable se extendió por su pecho, aflojando el nudo de tensión que tenía entre los hombros.
—Gracias —murmuró ella, mirando el vaso vacío.
—De nada —respondió Gabriel. No se movió del reposabrazos. Se quedó allí, velando su espacio personal con una presencia sólida, imponente y sorprendentemente reconfortante—. Ahora, escúcheme bien, Valeria.
El uso directo de su nombre de pila por segunda vez volvió a hacer que a ella le diera un vuelco el corazón.
—Eugenio Alarcón cometió una atrocidad al intentar manipular esa energía —continuó Gabriel, mirándola fijamente—. Pero usted no es Eugenio. Su presencia aquí no es un error ni un castigo. La casa la reconoció anoche no porque usted sea una heredera de la oscuridad, sino porque su fuerza vital es lo bastante intensa como para romper el equilibrio que esa cosa había mantenido durante un siglo. Su impulsividad... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada con un leve gesto de la boca— ...aunque metodológicamente desastrosa, es una manifestación de una voluntad de vivir extraordinariamente pura.
Valeria parpadeó, sorprendida por el cumplido más extraño y extrañamente profundo que le habían hecho en toda su vida.
—Me estás diciendo que soy tan pesada que hasta los monstruos del infierno se marean conmigo —tradujo ella, intentando recuperar el terreno de la comedia.
Gabriel dejó escapar una carcajada muy suave, un sonido grave que le hizo vibrar el pecho.
—Estoy diciendo que su capacidad para desestabilizar sistemas complejos es su mayor virtud y mi mayor pesadilla operativa.
—Eso me gusta más —sonrió Valeria, dejándose caer hacia atrás en el sillón y apoyando la cabeza contra el respaldo—. Oye, Thorne...
—¿Sí?
—Si todo esto sale bien y no terminamos convertidos en abono para monstruos... ¿cuánto cuesta contratarte para que me diseñes un sistema de seguridad para la casa? De los normales, digo. De los que evitan que entren los ladrones de verdad, no las cabezas flotantes.
Gabriel se la quedó mirando durante unos segundos. La luz de la mañana le iluminaba el perfil, resaltando la suave curva de su cuello y las pecas diminutas que tenía sobre el puente de la nariz, las cuales él no había notado bajo la capa de mugre de la noche anterior.
—Mi tarifa por consultoría residencial es de doscientos euros la hora —dijo él, volviendo a su tono inexpresivo, aunque sus ojos brillaban con una chispa de diversión contenida—. Pero considerando su historial crediticio y su tendencia a pagar con objetos rotos y amenazas de pintura en aerosol, me veré obligado a ofrecerle un plan de pagos alternativo.
—¿Ah, sí? —Valeria arqueó una ceja, intrigada—. ¿Y cuál sería ese plan, Don Frío?
—Tres cenas —dijo Gabriel sin pestañear.
Valeria se quedó helada. Parpadeó una, dos veces, completamente desarmada por la propuesta.
—¿Cenas? ¿Contigo?
—En restaurantes con manteles de tela, donde no sirvan comida en recipientes de plástico y donde usted esté obligada a no insultar al camarero durante al menos cuarenta y cinco minutos —especificó Gabriel con una precisión escandalosa—. Es mi condición innegociable.
Valeria soltó una carcajada limpia, sonora y descarada que resonó en todo el salón, espantando a un par de palomas que se habían posado en el alféizar de la ventana rota.
—¡Eres un chantajista de mierda, Gabriel Thorne! —exclamó ella, señalándolo con el vaso vacío—. Me estás pidiendo citas a cambio de no dejar que me coman los fantasmas.
—No son "citas", señorita Gómez —corrigió él, poniéndose de pie con la elegancia de un gato y estirándose las mangas de la camisa con absoluta frialdad—. Es una compensación por daños morales y estrés operativo. Y ahora, si ha terminado de digerir su sándwich y su tónico, tenemos trabajo que hacer. Las lecturas de la planta superior están mostrando una anomalía térmica que no me gusta en absoluto.
Se giró y caminó hacia la mesa de los ordenadores, dejando a Valeria sentada en el sillón, con las mejillas ardiendo y una sonrisa que no pudo quitarse de la cara durante el resto de la mañana.
A las tres de la tarde, la anomalía térmica de la planta superior se había convertido en un problema mucho más físico y considerablemente más desagradable.
Gabriel y Valeria estaban de pie al final del pasillo del segundo piso, justo frente a la habitación principal que había pertenecido a la tía abuela Matilde. La puerta de madera de nogal barnizado no estaba cerrada; estaba completamente sellada por una capa gruesa de lo que parecía cera de abejas de color negro verdoso, de la que emanaba un calor sofocante que hacía que el aire vibrara como el asfalto en pleno agosto.
—Cera espectral de atadura interna —diagnosticó Gabriel, pasando un sensor portátil por la superficie. El aparato emitía un chasquido agudo parecido al de un contador Geiger cerca de una fuente radiactiva—. La entidad del sótano no operaba sola. Había un nudo secundario instalado en esta estancia. Un catalizador de tipo pasivo.
—¿Y qué hay ahí dentro? —preguntó Valeria, ajustándose los guantes de trabajo de cuero grueso que Gabriel le había proporcionado—. ¿Otra cabeza flotante o el cuerpo entero del bisabuelo?
—Peor —contestó Gabriel, guardando el sensor y sacando de su arnés un frasco de vidrio lleno de una solución de ácido alquímico de color amarillo fosforescente—. Los restos del archivo personal de Eugenio. Si queremos entender cómo desmantelar la falla del suelo de forma definitiva, necesitamos recuperar sus cuadernos de notas originales. Estaban guardados en la caja fuerte de esta habitación.
—Pues usemos el ácido ese y entremos —dijo Valeria, dando un paso adelante.
—Espere —Gabriel le puso una mano en el hombro, frenándola—. El ácido disolverá la cera espectral, pero la reacción liberará un volumen considerable de gas alucinógeno. Es un mecanismo de defensa automatizado. Si inhalamos ese gas, veremos nuestras peores fobias proyectadas en el entorno con una densidad física aterradora.
Valeria lo miró con escepticismo.
—Yo no tengo fobias, Thorne. Lo único que me da miedo es que suban el precio del alquiler o que se me acabe el café.
Gabriel la miró con una expresión seria, casi sombría.
—Todo el mundo tiene fobias, Valeria. La mente humana es un archivo caótico de traumas no procesados. Y esta cera está diseñada para buscar la grieta más profunda de su psique y amplificarla hasta que su propio corazón se detenga por el pánico.
Sacó de su maletín dos máscaras de respiración autónoma de grado militar, con filtros de carbono activado y visores de cristal reforzado. Le entregó una a Valeria y él se colocó la suya, asegurando las correas de goma detrás de la cabeza. Su voz sonó metálica y amortiguada a través del altavoz interno del equipo:
—Ajuste bien las correas laterales. Si el sello de la máscara se rompe un solo milímetro, el gas entrará en su sistema en menos de dos segundos. ¿Entendido?
Valeria se colocó la máscara, apretando las tiras hasta sentir la goma fría sellándose contra su piel. Probó a inspirar; el aire sabía a plástico limpio y seco. Le hizo un gesto de aprobación con el pulgar hacia arriba a Gabriel.
—Lista para el baile, Sr. Gas de la risa.
Gabriel tomó el frasco de ácido amarillo, desenroscó el tapón de teflón con cuidado extremo y vertió el contenido sobre la cera negra que cubría el marco de la puerta.
El efecto fue inmediato y violento.
La cera comenzó a hervir con un siseo ensordecedor, expulsando densas columnas de un humo espeso, de color púrpura oscuro, que inundó el pasillo en cuestión de segundos. El calor se volvió insoportable; la pintura de las paredes empezó a ampolllarse y caer a tiras como piel quemada por el sol.
Gabriel apoyó la bota contra el centro de la puerta y dio un golpe seco. La madera, debilitada por el ácido, cedió con un crujido estruendoso, abriéndose de par en par hacia el interior de la habitación.
La estancia estaba a oscuras, salvada únicamente por la luz violeta de las linternas tácticas que ambos llevaban acopladas a los hombros. El humo púrpura se arremolinaba en el aire como si estuviera vivo, formando figuras borrosas que parecían rostros retorcidos gritando en un silencio absoluto.
En el centro de la habitación, sobre una gran cama de matrimonio con dosel cuyos cortinajes de seda estaban podridos y cubiertos de moho, había algo que no debería haber estado allí.
No era un monstruo de sombras ni un esqueleto. Era una figura humana sentada con las piernas cruzadas. Llevaba un traje de tres piezas impecable, un peinado perfecto hacia atrás y unos ojos de un azul helado que brillaban en la penumbra con una malicia feroz.
Era una copia exacta de Gabriel Thorne.
Valeria se detuvo en seco, sintiendo que el corazón le daba un vuelco contra las costillas. Miró a la figura de la cama, luego miró al Gabriel real que estaba a su lado.
El Gabriel real había quedado completamente paralizado. A través del visor de su máscara, sus ojos azules estaban dilatados por un terror puro, visceral e incontrolable. Su mano, la misma mano que no había temblado al clavar una daga en un demonio, temblaba descontroladamente mientras intentaba alzar el arma.
La figura de la cama se levantó lentamente. Se ajustó la corbata con un gesto idéntico al de Gabriel, pero su sonrisa era una mueca cruel, desprovista de cualquier vestigio de humanidad.
—Mírate, Gabriel —dijo la figura. La voz no provenía de la máscara; resonaba directamente en el interior de los cascos de sus cabezas, con una claridad espantosa—. Tan pulcro. Tan perfecto. Tan aterrorizado de que alguien descubra lo que verdaderamente eres. Un cascarón vacío. Un hombre de hielo que dejó morir a su propio hermano porque no pudo calcular el riesgo a tiempo.
El Gabriel real dejó escapar un gemido ahogado a través del altavoz de la máscara. Dio un paso atrás, tropezando con sus propios pies, y estuvo a punto de caer si Valeria no lo hubiera agarrado del brazo con todas sus fuerzas.
—¡Gabriel! —gritó ella a través de su altavoz—. ¡Es una ilusión! ¡Es el gas de mierda de la puerta! ¡No es real!
Pero Gabriel no la escuchaba. Estaba atrapado en su propia pesadilla, paralizado por la culpa y el horror de un trauma que había mantenido enterrado bajo toneladas de lógica, matemáticas y trajes de tres piezas.
La figura del falso Gabriel avanzó hacia ellos con pasos lentos, sacando del bolsillo interno una daga de plata idéntica a las de él.
—Tu lógica no sirvió de nada en la cueva de los monjes, Gabriel —siseó la ilusión, alzando la daga—. Tus números no le devolvieron la respiración a Julián. Y ahora esta mujer va a morir exactamente igual porque eres incapaz de sentir nada por nadie. Eres un monstruo de hielo que condena a todo lo que toca.
Gabriel cayó de rodillas sobre la alfombra podrida, soltando la linterna táctica. Se llevó las manos a la cabeza, ahogándose en su propio pánico mientras el aire dentro de su máscara comenzaba a volverse escaso por la hiperventilación.
Valeria miró al falso Gabriel, luego miró al hombre real destrozado a sus pies. Una furia ciega, ardiente y absolutamente incontrolable se encendió en sus entrañas.
—¡A mí no me viene ningún clon de mierda a decirle a mi cazador lo que tiene que sentir! —bramó Valeria.
Ignorando la regla número uno, la regla número dos y todas las reglas de la física arcana, Valeria dio dos zancadas hacia adelante, encaró a la ilusión del falso Gabriel y le propinó un puñetazo directo a la mandíbula con la mano derecha —la mano vendada, reforzada con la cinta de hilo de plata—.
El impacto no golpeó aire. Golpeó una densidad física que crujió con el sonido de cristal roto.
La ilusión emitió un chillido agudo, la cara del falso Gabriel se fracturó en docenas de grietas de luz violeta y la figura entera se disipó en una nube de polvo que cayó sobre la alfombra.
El humo púrpura de la habitación comenzó a ser absorbido por las grietas del techo, disipándose rápidamente a medida que la corriente de aire limpio del pasillo entraba por la puerta destruida.
Valeria se giró de inmediato y se arrodilló junto a Gabriel. Le agarró el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla a través del visor de la máscara.
—¡Gabriel! ¡Mírame, pedazo de idiota! ¡Mírame a mí! —gritó ella, desabrochando con torpeza las correas de la máscara de él para permitirle respirar aire limpio.
La máscara de Gabriel cayó al suelo. Su rostro estaba pálido como la cera, cubierto de un sudor frío, y sus labios temblaban mientras luchaba por llenar sus pulmones de aire. Sus ojos azules, desencajados por el pánico, tardaron varios segundos en enfocar el rostro de Valeria.
—Valeria... —susurró él, con la voz rota y temblorosa.
—Estoy aquí, Don Frío —dijo ella con una suavidad inédita en ella, quitándose su propia máscara para que él pudiera verle la cara completa—. La cosa esa ha desaparecido. No era real. Tú estás aquí, yo estoy aquí y nadie se va a morir hoy. ¿Me oyes? Nadie.
Gabriel se la quedó mirando, respirando en bocanadas cortas y ruidosas. Lentamente, como si estuviera despertando de un sueño de mil años, alzó una mano temblorosa y la apoyó contra la mejilla de Valeria. Sus dedos helados buscaron el calor de la piel de ella con una desesperación casi infantil.
—Julián... mi hermano... —consiguió decir Gabriel en un hilo de voz—. Yo... yo tenía dieciocho años. Creí que tenía todo bajo control. Los cálculos... los números eran correctos. Pero no vi el sello secundario. Y él...
—Shhh —Valeria le tapó la boca suavemente con el pulgar, interrumpiéndolo antes de que pudiera hundirse más en el pozo de la culpa—. No me importa lo que pasó hace diez años, Gabriel. No me importan los números ni los errores que cometiste cuando eras un crío. Lo único que me importa es el hombre que se lanzó delante de un monstruo anoche para salvarme la vida a mí.
Gabriel se quedó en silencio. Su mano en la mejilla de Valeria se asentó con más firmeza, apretando suavemente su piel. Los latidos de su corazón, antes desbocados por el pánico, comenzaron a ralentizarse, acompasándose al ritmo tranquilo y constante de la respiración de la mujer que tenía enfrente.
Lentamente, Gabriel se inclinó hacia adelante. Apoyó su frente contra la de Valeria, cerrando los ojos y dejando escapar un suspiro largo, tembloroso y lleno de un alivio absoluto.
—Es usted una mujer terriblemente peligrosa, señorita Gómez —murmuró Gabriel en un susurro cargado de una calidez que derritió el último rastro de su armadura de hielo.
—Y tú eres un dulce de leche con envoltorio de piedra, Thorne —contestó ella, sonriendo en la penumbra mientras le acariciaba el cuello con la mano libre—. Ahora, levántate de una vez. Tenemos una caja fuerte que abrir y un montón de papeles viejos que revisar antes de que se nos enfríe el café.