Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capítulo 20 # Amor incondicional#
Mama de Theo y Leah
Ya en la residencia de Henry, Margareth observó todo con cierta desconfianza.
No estaba acostumbrada a encontrarse en una casa como aquella, ni entendía del todo por qué su nieta estaba allí. Había demasiadas cosas que no terminaban de cerrar.
Sin embargo, apenas entró, algo llamó poderosamente su atención.
Un muchacho alto, de cabello castaño y ojos verdes claros, se encontraba cerca de Anna.
Margareth lo observó durante unos segundos.
Había algo en él que le resultaba extraño.
No porque lo conociera.
No porque existiera entre ellos ningún vínculo sanguíneo.
Era otra cosa.
Los ojos de aquel muchacho se parecían muchísimo a los de su querida Anna.
Pero no era solamente el color.
Era la mirada.
La forma en que observaba a Anna.
Había preocupación, ternura y una profunda necesidad de protegerla.
Margarethe conocía muy bien la diferencia entre el deseo y el amor.
Había visto suficientes parejas a lo largo de su vida para reconocer una mirada de atracción.
La de Theo era diferente.
No había deseo en ella.
Había algo mucho más profundo.
Algo casi familiar.
Como si, de alguna manera inexplicable, aquel muchacho sintiera que debía cuidar de Anna.
Aquello sorprendió enormemente a Margarethe.
No sabía quién era Theo ni qué relación tenía con su nieta, pero algo dentro de ella se conmovió al verlo.
Sintió un cariño inmediato por aquel joven.
En ese momento, Theo levantó la mirada y la vio.
Se puso de pie inmediatamente.
—¿Usted debe ser Margarethe?
La mujer asintió.
—Sí. Soy la abuela de Anna.
Theo se acercó y la saludó con absoluto respeto.
—Mucho gusto. Soy Theo.
—Mucho gusto, hijo.
Margarethe volvió a mirar hacia Anna.
—¿Cómo está?
Theo bajó un poco la voz.
—Hace un rato parecía que estaba teniendo una pesadilla. Lloró mientras dormía y hasta pareció que quería despertarse, pero después se tranquilizó y siguió durmiendo.
Margarethe sintió un pequeño nudo en la garganta.
—¿Lloró?
—Sí. Pero ahora está tranquila.
Theo señaló el suero que tenía conectado.
—También le cambiamos el suero. El médico dijo que sigue descansando y que no debemos despertarla. Su cuerpo está muy agotado.
Margarethe lo escuchaba atentamente.
—¿Es normal que duerma tanto?
—El médico dijo que sí. Incluso doce horas seguidas pueden ser normales en su estado. Necesita recuperar fuerzas.
La mujer asintió lentamente.
—Gracias, Theo.
Luego miró a Henry.
—Y gracias a vos también.
Los ojos de Margarethe se humedecieron.
—No sé qué habría hecho si algo le hubiera pasado a mi pequeña.
Henry no respondió.
Simplemente bajó la mirada.
Sabía que Margarethe todavía desconocía la verdadera dimensión de lo ocurrido.
Creía que Anna había resultado herida durante un robo.
Y, por ahora, era mejor que siguiera creyéndolo.
Theo volvió a mirar a Anna.
—No se preocupe. Está bien cuidada.
Margarethe sonrió con tristeza.
—Eso veo.
Henry hizo entonces un pequeño gesto hacia Theo.
—¿Podemos hablar afuera un momento?
Theo entendió inmediatamente.
—Claro.
Ambos salieron de la habitación, dejando a Margarethe a solas con Anna.
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La anciana se acercó lentamente a la cama.
Se sentó junto a su nieta y tomó su mano.
Estaba fría.
Margarethe comenzó a acariciarla suavemente entre las suyas.
—Mi niña...
Anna permanecía profundamente dormida.
La mujer le acomodó las sábanas.
Después apartó algunos mechones de cabello que cubrían su rostro.
Al observar las pequeñas heridas que tenía, sintió que algo dentro de ella se rompía.
—¿Qué te pasó, mi amor?
Aunque creía que aquellas heridas eran consecuencia del supuesto robo, no podía evitar sentir una profunda tristeza.
Margarethe tomó un paño y limpió con mucho cuidado una pequeña marca de sangre que todavía quedaba cerca de su rostro.
Luego volvió a acariciarle el cabello.
Siempre había hecho eso cuando Anna era pequeña.
Cuando tenía miedo.
Cuando lloraba.
Cuando estaba enferma.
Cuando simplemente necesitaba sentir que alguien estaba allí.
Y parecía que, incluso después de tantos años, Anna todavía reconocía aquel cariño.
De repente, los dedos de la joven se movieron ligeramente.
Margarethe se quedó inmóvil.
—Anna...
La joven no despertó.
Pero su rostro, que hasta hacía unos segundos mostraba angustia, comenzó a relajarse.
Su respiración se volvió más tranquila.
Margarethe apretó suavemente su mano.
—Estoy acá, mi niña.
Como si pudiera escucharla a través del sueño, Anna dejó de fruncir el ceño.
La tensión desapareció de su rostro.
Y por primera vez desde que había sido rescatada, pareció completamente en paz.
Margarethe sonrió entre lágrimas.
—La abuela está acá.
Continuó acariciándole la mano.
No sabía qué había ocurrido realmente.
No sabía que Anna había sido secuestrada.
No sabía que había estado a punto de sufrir algo mucho peor.
No sabía que personas poderosas estaban comenzando a investigar su pasado.
Y, sobre todo, no sabía que la vida de aquella niña que había criado con tanto esfuerzo estaba a punto de cambiar para siempre.
Para Margarethe, sin embargo, nada de eso importaba en aquel momento.
Anna seguía siendo su pequeña nieta.
La niña que había recibido cuando nadie más la quería.
La niña que había protegido cuando todos los demás le dieron la espalda.
Y aunque el mundo entero pareciera estar dispuesto a arrancársela de sus brazos una vez más, Margarethe estaba decidida a no permitirlo.
Porque para ella, Anna no era una carga.
No era una niña abandonada.
No era una huérfana.
Era simplemente **su nieta**.
Y la amaba con un amor incondicional.
Un amor que no necesitaba explicaciones.
Un amor que, incluso dormida, Anna parecía reconocer.
Theo