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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: UNA VIDA DENTRO DE OTRA CONDENA

El Centro Penitenciario Femenino de Altavista quedaba a cuarenta minutos de la ciudad, en una zona donde el paisaje urbano se rendía por completo ante kilómetros de terreno baldío y alambre de púas. Camila lo vio por primera vez a través de la ventanilla enrejada del furgón de traslado, y pensó, con una claridad casi cruel, que ese lugar sería su hogar durante los próximos cinco años.

No sabía todavía que sería mucho más que eso. Sería el lugar donde nacería su hija.

—Documentos —dijo la funcionaria de ingreso, sin levantar la vista del formulario, mientras Camila esperaba de pie, todavía con el uniforme beige que le habían entregado al bajar del furgón, todavía sintiendo el peso extraño de no llevar joyas, ni maquillaje, ni ninguno de los pequeños rituales que durante veintiocho años habían formado parte de su identidad.

—Necesito ver a un médico —dijo Camila, con la voz más firme de la que se creía capaz—. Creo que estoy embarazada.

La funcionaria levantó por fin la vista.

—Eso lo determinará el examen de ingreso. Siéntese ahí y espere su turno.

La confirmación llegó dos días después, en una enfermería pequeña y precaria donde una doctora de mirada cansada le mostró en una pantalla ecográfica una mancha diminuta, apenas perceptible, que sin embargo cambiaría absolutamente todo.

—Ocho semanas —dijo la doctora, sin ninguna emoción particular en la voz, como quien ha dado esta misma noticia cientos de veces en un lugar donde los embarazos casi nunca son motivo de celebración—. Vamos a necesitar hacerle seguimiento regular. El embarazo dentro de un centro penitenciario tiene protocolos específicos.

Camila se quedó mirando la pantalla mucho después de que la doctora hubiera terminado de hablar, mucho después de que le hubieran pedido que se vistiera, que regresara a su celda, que asimilara en soledad —siempre en soledad— la noticia más importante de su vida.

Iba a tener una hija de Sebastián Roig.

Y la tendría en una prisión, condenada por un crimen que no había cometido, sin una sola persona de su familia que hubiera preguntado por ella en semanas.

Los primeros meses en Altavista fueron una lección brutal de supervivencia. Camila aprendió rápido que la reputación que la precedía —"la heredera", "la asesina de la portada", como algunas de las internas empezaron a llamarla, entre burlonas y hostiles— no le otorgaba ningún privilegio dentro de esos muros. Al contrario. Había mujeres que llevaban años cumpliendo condena por delitos infinitamente menores que el que a ella se le atribuía, y que veían en su llegada la oportunidad perfecta para descargar todo el resentimiento acumulado contra un mundo que siempre las había tratado como desechables.

—Miren quién viene aquí —le dijo una interna llamada Fátima, la primera semana, empujándola contra la pared del patio con una fuerza que a Camila la tomó completamente desprevenida—. La princesita que mató a su suegro. ¿Creíste que aquí también ibas a tener sirvientas?

Camila no respondió. Había aprendido, en apenas siete días, que responder solo empeoraba las cosas. Se limitó a levantarse, sacudirse el polvo del uniforme, y seguir caminando, con una mano protegiendo instintivamente su vientre todavía plano.

Fue Gabriel quien le trajo, en su primera visita autorizada, las noticias que terminarían de destrozarla.

—Renata y Sebastián presentaron una solicitud formal de guardianship anticipado —dijo, con el tono cuidadoso de quien sabe que está a punto de entregar información devastadora—. Argumentan que, dadas las circunstancias de tu condena, la niña necesitará un entorno familiar estable desde el nacimiento. Sebastián alega paternidad biológica y solicita custodia total. Renata se ha ofrecido como madre sustituta, dado que ella y Sebastián... —Gabriel dudó, y Camila sintió que el mundo se detenía por completo— dado que ellos anunciaron su compromiso la semana pasada.

Camila sintió que algo dentro de ella se rompía de una manera distinta a todo lo que había sentido hasta entonces. No era el dolor agudo de la traición inicial. Era algo más profundo, más definitivo: la comprensión total de que Renata no solo había ocupado su lugar en la familia, en la empresa, en el corazón de Sebastián. Estaba a punto de ocupar también el lugar de madre de su propia hija.

—No pueden hacer eso —susurró Camila, con las manos temblando sobre la mesa que la separaba de Gabriel—. Soy su madre. Tengo derechos.

—Legalmente, una madre encarcelada por homicidio tiene derechos extremadamente limitados sobre la custodia de un menor, especialmente cuando existe un padre biológico dispuesto a asumirla y un tribunal familiar que ya ha mostrado, durante tu juicio, cierta... predisposición contra ti. —Gabriel apretó los puños sobre la mesa—. Voy a pelear esto con todo lo que tengo, Camila. Pero necesito que sepas que las probabilidades no están de nuestro lado.

Camila cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas se abrían paso a pesar de todo el esfuerzo que llevaba meses haciendo por contenerlas frente a los demás.

—Entonces voy a tener que aceptar que van a quitarme a mi hija.

—No he dicho eso.

—No hace falta que lo digas, Gabriel. Lo sé. —Abrió los ojos, y algo en su mirada había cambiado, algo que Gabriel notó de inmediato y que lo inquietó más de lo que hubiera podido explicar en ese momento—. Pero te prometo algo. Voy a sobrevivir a esto. Voy a sobrevivir a cada día que pase aquí dentro, y el día que salga, ni Renata, ni Sebastián, ni mi propia madre van a reconocer a la mujer que va a cruzar esa puerta.

Los meses siguientes transcurrieron entre citas médicas vigiladas, la hostilidad constante del patio, y un vientre que crecía mientras su vida entera se reducía a los límites de un espacio de cuatro por tres metros. Camila aprendió a caminar con la cabeza en alto incluso cuando las burlas la seguían por los pasillos. Aprendió a comer lo que le daban sin quejarse, a dormir con un ojo abierto, a guardar silencio cuando el silencio era la única forma de sobrevivir un día más.

Y aprendió, sobre todo, a odiar. No con la rabia caliente e impulsiva de los primeros días, sino con una frialdad nueva, calculada, que empezaba a asentarse en el fondo de su ser como un metal templado al fuego.

La noche en que las contracciones comenzaron, Camila estaba sola en su celda, con la única compañía de una interna nueva que dormía en la litera de arriba y que no despertó ni siquiera cuando Camila, doblada de dolor, empezó a golpear la puerta metálica pidiendo ayuda a gritos.

—¡Por favor! —gritó, sintiendo que el dolor le partía el cuerpo en dos—. ¡Necesito ayuda, el bebé viene, por favor!

Nadie respondió durante los primeros minutos que, para Camila, se sintieron como una eternidad completa. Y mientras esperaba, sola, aterrada, sintiendo que su hija estaba a punto de llegar al mundo en la celda de una prisión, sin su madre, sin Gabriel, sin absolutamente nadie de las personas que alguna vez había amado, Camila comprendió con una certeza absoluta que aquella niña —la única persona en el mundo que sería completamente suya— también estaba a punto de convertirse, desde su primer respiro, en el precio final de una traición que todavía no terminaba de revelar toda su magnitud.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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