Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 24 — La caída del imperio
—Tu tío no murió hace cinco años.
Las palabras de Victoria quedaron suspendidas en el aire.
Adrián no reaccionó inmediatamente.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
Valentina observó a Victoria.
—¿Cómo se llama?
Victoria cerró los ojos durante unos segundos.
—Alejandro Montenegro.
Adrián negó lentamente con la cabeza.
—Mi padre nunca habló de él.
—Porque eran enemigos.
—¿Por qué?
Victoria tomó asiento.
—Alejandro siempre creyó que el imperio le pertenecía. Cuando tu abuelo murió, tu padre recibió el control de la empresa. Alejandro nunca aceptó esa decisión.
Adrián recordó la fotografía.
—Entonces, ¿por qué todos creímos que había muerto?
Victoria bajó la voz.
—Porque tu padre necesitaba que el mundo lo creyera.
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Esteban tomó la fotografía y la observó.
—Ahora entiendo muchas cosas.
Adrián lo miró.
—¿Qué cosas?
—Las transferencias. Las empresas intermediarias. Las amenazas.
—¿Alejandro estaba detrás de todo?
Esteban negó.
—No puedo asegurarlo.
—Pero lo sospechas.
—Sí.
Sebastián permanecía en silencio.
Adrián se volvió hacia él.
—Tú sabías que estaba vivo.
Sebastián tardó en responder.
—Sí.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres años.
Adrián sintió que la confianza que quedaba entre ellos desaparecía.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No podía.
—Siempre tienes una excusa.
Sebastián bajó la mirada.
—Porque Alejandro amenazó con destruir a toda nuestra familia.
Adrián golpeó suavemente la mesa con la mano.
—¡Ya lo está haciendo!
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En ese momento, el teléfono de Daniel comenzó a sonar.
Contestó.
—¿Sí?
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurrió?
Escuchó durante unos segundos.
—Entiendo.
Colgó.
Adrián lo observó.
—Habla.
Daniel respiró profundamente.
—Las acciones de Montenegro Group comenzaron a caer hace veinte minutos.
Adrián se puso de pie.
—¿Cuánto?
—Doce por ciento.
Victoria palideció.
—No…
Daniel continuó:
—Y sigue bajando.
Adrián tomó su teléfono.
—¿Quién está vendiendo?
—No lo sabemos.
—Descúbrelo.
—Ya estoy intentando entrar al sistema financiero.
Daniel comenzó a revisar información.
Entonces apareció otro dato.
—Señor…
—¿Qué?
—Alguien está comprando las acciones que otros están vendiendo.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién?
Daniel miró la pantalla.
—Una empresa llamada M&A Holdings.
Esteban se acercó.
—Esa empresa no existía hace seis meses.
Adrián comprendió.
—La crearon para esto.
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En Montenegro Group, los teléfonos no dejaban de sonar.
Los ejecutivos entraban y salían de las oficinas.
Los mercados reaccionaban rápidamente.
Una parte de los accionistas exigía explicaciones.
Adrián llegó a la empresa acompañado por Daniel.
Valentina insistió en acompañarlo.
—No quiero que vuelvas a enfrentar esto solo.
Adrián la miró.
—De acuerdo.
Cuando entraron al salón de juntas, varios miembros del consejo ya estaban reunidos.
Uno de ellos habló:
—Señor Montenegro, necesitamos saber qué está ocurriendo.
—Alguien está intentando adquirir el control de la empresa.
—¿Tiene pruebas?
Adrián colocó varios documentos sobre la mesa.
—Sí.
Explicó las transferencias, las empresas intermediarias y los movimientos recientes.
Pero uno de los accionistas negó con la cabeza.
—Esto no es suficiente.
—¿Qué quiere decir?
—El consejo necesita considerar la posibilidad de que usted ya no sea la persona adecuada para dirigir la empresa.
Valentina abrió los ojos.
Adrián permaneció sereno.
—¿Me está pidiendo que renuncie?
—Estoy diciendo que necesitamos proteger a los accionistas.
Otro miembro intervino:
—La empresa está perdiendo valor.
Adrián observó a todos.
—Y precisamente por eso no voy a abandonarla.
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En ese momento, las pantallas de la sala comenzaron a mostrar una presentación.
Nadie la había activado.
Apareció una fotografía.
Era el padre de Adrián.
Después apareció otra.
Alejandro Montenegro.
Los miembros del consejo comenzaron a murmurar.
Finalmente apareció una frase:
“El verdadero dueño regresará.”
Adrián se quedó mirando la pantalla.
—¿Quién hizo esto?
La pantalla cambió.
Apareció un mensaje:
“Adrián Montenegro, tienes veinticuatro horas para entregar el control de la empresa.”
El salón quedó en silencio.
—Esto es una amenaza —dijo uno de los ejecutivos.
Adrián miró la pantalla.
—No.
—¿No?
—Es una declaración de guerra.
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Mientras tanto, en la mansión, Leo estaba dibujando.
Victoria permanecía cerca de él.
—¿Qué estás haciendo?
—Una familia.
Victoria sonrió.
—¿Quiénes están ahí?
Leo comenzó a señalar.
—Mamá.
—Papá.
—Yo.
Luego señaló una figura que había dibujado detrás de todos.
Victoria dejó de sonreír.
—¿Quién es él?
Leo la miró.
—El señor que viene cuando todos duermen.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Lo has visto?
Leo asintió.
—Una vez.
—¿Dónde?
—En la ventana.
Victoria se levantó rápidamente.
Miró hacia el jardín.
No había nadie.
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En la empresa, Adrián recibió una llamada.
No había número identificado.
Contestó.
—¿Quién habla?
Una voz masculina respondió:
—Tu padre cometió el error de creer que podía esconderme para siempre.
Adrián sintió que la sangre le hervía.
—Alejandro.
La voz soltó una breve risa.
—Veo que finalmente te hablaron de mí.
—¿Dónde estás?
—Más cerca de lo que imaginas.
—¿Por qué estás haciendo esto?
—Porque tu padre me quitó lo que era mío.
—La empresa no te pertenece.
—Eso lo decidirá el consejo.
Adrián apretó el teléfono.
—No vas a acercarte a mi hijo.
Hubo silencio.
Después Alejandro respondió:
—Tu hijo es precisamente la razón por la que estoy aquí.
La llamada terminó.
Adrián quedó inmóvil.
Daniel se acercó.
—¿Era él?
Adrián asintió.
—Sí.
—¿Qué quiere?
—La empresa.
Daniel negó.
—No solamente eso.
Adrián lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Si quisiera únicamente las acciones, ya habría iniciado una batalla legal.
Daniel señaló los documentos.
—Está utilizando el miedo para obligarnos a cometer errores.
Adrián comprendió.
—Quiere que nosotros mismos destruyamos la empresa.
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Horas después, el consejo tomó una decisión provisional.
Adrián conservaría su cargo, pero todas las operaciones importantes serían supervisadas.
Al salir de la reunión, Valentina lo esperaba.
—¿Cómo salió?
—Perdimos parte del control.
—Pero no la empresa.
—Todavía no.
Valentina se acercó.
—¿Qué te dijo?
Adrián guardó silencio.
—Fue Alejandro, ¿verdad?
—Sí.
—¿Qué quiere?
Adrián la miró.
—A mí no.
Valentina entendió inmediatamente.
—Leo.
Adrián asintió.
—Está utilizando la empresa para llegar hasta nuestro hijo.
Valentina sintió miedo, pero mantuvo la calma.
—Entonces tendremos que estar un paso adelante.
Adrián tomó su mano.
—Eso haremos.
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Esa noche regresaron a la mansión.
Leo estaba dormido.
Adrián entró en su habitación y lo observó durante unos segundos.
Valentina permaneció junto a la puerta.
—Es increíble pensar que todo esto empezó por él.
—No —dijo Adrián.
Valentina lo miró.
—¿No?
—Todo esto empezó mucho antes de Leo.
Se acercó a la ventana.
—Él solamente hizo que el secreto volviera a salir a la luz.
Entonces notó algo.
En el escritorio de Leo había un sobre.
Adrián lo tomó.
—¿Qué es?
Valentina se acercó.
Dentro había una hoja.
Solo tenía una frase:
“Tu empresa caerá antes de que puedas proteger a tu hijo.”
Adrián apretó el papel.
Pero había algo más.
Una segunda hoja.
Era un documento oficial.
Adrián lo leyó.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre?
Él levantó lentamente la mirada.
—Alguien acaba de presentar una demanda para reclamar las acciones de Leo.
Valentina palideció.
—¿Quién?
Adrián miró el documento.
En la parte inferior aparecía una firma.
Alejandro Montenegro.
Pero había una última línea.
“Representante legal: Esteban Ferrer.”
Adrián se quedó completamente inmóvil.
Valentina también.
Porque si Esteban realmente estaba representando a Alejandro…
entonces quizá nunca había sido el aliado que todos creían.
Continuará…