El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — El condón
La puerta de aquel lugar se abrió de una patada y entró él.
No lo vi llegar. Vi primero cómo el tipo que me tenía agarrada del brazo salía volando contra la pared, y luego una mano —una que conocía, una que me había sacado de otro cuarto peor cuando yo tenía dieciséis años— se cerró sobre mi muñeca y tiró de mí hacia la salida sin una palabra. Detrás quedaron gritos, sillas, alguien que amenazó y se calló solo cuando vio la cara de Max. Yo me dejé arrastrar mareada, tropezando, y lo único que registré fue el olor de su saco cuando me lo echó encima de los hombros, ahí, en el estacionamiento oscuro, bajo una lámpara que parpadeaba.
—Sube al coche —dijo.
No era una petición. Subí.
No habló en todo el camino. Manejaba con las dos manos apretadas al volante, los nudillos blancos, la mandíbula tan tensa que se le marcaba el hueso. Cada semáforo en rojo lo veía apretar más los dedos, tragar saliva, mirar al frente sin verme. Yo iba pegada a la ventanilla, con su saco puesto, con el olor de él encima, viendo pasar la ciudad borrosa y mojada, y sentía cómo el miedo de verdad —el que había sentido en aquel cuarto, el que no se confunde con nada— se me iba bajando del pecho y en su lugar subía otra cosa, algo viejo y podrido que llevaba semanas alimentando. Rabia. Rabia de que viniera. Rabia de que no hubiera venido antes. Rabia de que existiera esa mujer con sus tacones y sus dos copas de vino. Rabia de que me hubiera salvado otra vez y yo siguiera siendo la niña a la que había que salvar, la huérfana a la que había que rescatar, como si en tres años no hubiera crecido nada, como si nunca fuera a ser más que un problema que él resolvía a medianoche.
—¿Por qué viniste? —dije, con la voz pastosa por el alcohol y el llanto viejo.
No contestó.
—No te lo pedí —dije—. Yo no te pedí nada.
—Cállate. —Lo dijo bajo, sin voltear, y nunca le había oído esa voz—. Por favor. Ahorita no.
Llegamos a Bosque Real de madrugada. Doña Reme se asomó desde el fondo del pasillo, con la bata puesta y el rosario en la mano, y Max le dijo sin voltear:
—Vaya a descansar, Reme. Yo me encargo.
Me llevó al estudio. Cerró la puerta. Se quedó parado frente a mí, todavía sin quitarse el abrigo, respirando despacio, como quien se obliga a no gritar.
—¿Tienes idea de dónde te metiste? —dijo por fin, muy bajo—. ¿De lo que te pudo pasar esta noche?
Y ahí, en vez de llorar, en vez de agradecer, hice lo peor que se me pudo ocurrir.
Traía en la bolsa del pantalón un condón que uno de esos tipos me había puesto en la mano riéndose, todavía sellado, y que yo ni había querido tocar. Lo saqué. Se lo aventé a la cara.
—¿Que qué me pudo pasar? —dije, y me oí la voz filosa, ajena, horrible—. Ya me pasó, tío Max. ¿Eso querías saber? Me acosté con uno de ellos. Con el que quise. Porque ya no soy tu niñita, ya no soy la huérfana que rescataste para tenerla guardada en tu casa como un adorno. Soy una mujer y hago lo que se me da la gana con quien se me da la gana, y a ti no te importa, porque tú tienes a tu…
No terminé.
La mano de Max cruzó el aire y me pegó en la cara.
El sonido fue lo primero. Seco, feo, un chasquido que llenó el cuarto entero y lo dejó después en un silencio como nunca había oído. La cabeza se me fue de lado. La mejilla me ardió, un ardor que subió hasta el ojo y me lo llenó de agua de golpe. Me llevé la mano ahí, más por el susto que por el dolor, y lo miré.
Y él se estaba mirando la mano.
La tenía todavía en el aire, a media altura, abierta, temblando, como si fuera de otra persona, como si acabara de descubrir que la traía pegada al brazo. Se le había ido toda la sangre de la cara. Toda. Estaba blanco, blanco como el papel, y los ojos —esos ojos que yo siempre había visto fríos, controlados, dueños de todo— se le habían puesto rojos y brillantes y espantados, los ojos de un hombre que acaba de romper algo que no se puede pegar.
—Dalia —dijo. Y se le quebró el nombre a la mitad.
Dio un paso atrás. Bajó la mano despacio, mirándola como si le diera asco. Abrió la boca y no le salió nada. En veinte años ese hombre no le había levantado la mano a nadie, jamás, ni a los que sí lo merecían; había mandado destruir imperios sin subir la voz. Y acababa de pegarme a mí. A mí, a la que había jurado cuidar. Lo vi entenderlo en tiempo real, lo vi caerle encima como una casa, y por un segundo horrible me dio más miedo lo que le estaba pasando a él que el ardor de mi propia cara.
Yo me quebré primero. Se me doblaron las rodillas y me fui al piso, contra el escritorio, y empecé a llorar de una manera que no lloraba desde niña, con el cuerpo entero, sin adornos, un llanto que no era por la cachetada sino por todo, por los meses, por la mentira que acababa de decir, por lo lejos que habíamos llegado los dos para hacernos tanto daño. Me ardía la mejilla, sí, pero me ardía más adentro, en un lugar que no tenía nombre, el lugar donde una guarda a la persona que cree que nunca le va a fallar.
—No me toques —dije, aunque él no se había movido—. No te me acerques.
Y él no se acercó. Ese fue el castigo peor para los dos: que se quedara lejos.
Porque era mentira. No me había acostado con nadie. No había pasado nada. Lo había dicho para partirlo por la mitad, y lo había logrado, y ahora los dos estábamos partidos en el piso de aquel estudio a las cuatro de la mañana, sin saber cómo se arregla algo así.
Max no se acercó. Se quedó de pie, a dos metros, sin atreverse a tocarme, con las manos caídas y la respiración rota. No me pidió perdón todavía; creo que no le salían las palabras, creo que sentía que no tenía derecho a decirlas. Solo estaba ahí, viéndome llorar, con la culpa colgándole de los hombros como una condena.
Pasó un rato largo así. El reloj de la pared. Mi llanto. Su silencio.
Hasta que él habló, y la voz le salió tan baja y tan destrozada que casi no la reconocí. No me preguntó cómo estaba. No me pidió que dejara de llorar. Preguntó lo único que su cabeza, en aquel momento, era capaz de sostener, agarrándose de esa mentira como quien se agarra de un clavo ardiendo.
—¿Con quién? —dijo, con la mano todavía a medio bajar, los ojos rojos—. Dime el nombre.
Y le temblaba la voz como si él, el hombre que nunca lloraba, estuviera a punto de hacerlo.