Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
NovelToon tiene autorización de Vitória Tavares para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17 — Basta
El reloj en la pared de la oficina marcaba las 17:58.
La luz dorada del atardecer atravesaba los enormes ventanales del último piso del Grupo Belmont, reflejándose sobre el escritorio de madera oscura repleto de contratos, informes y firmas pendientes.
Eduardo Belmont cerró la última carpeta.
El sonido seco del cuero golpeando la mesa resonó por la sala.
Un día más terminado.
Un día más en el que intentó mantener la mente ocupada para no pensar.
Pero aquella tarde, algo era diferente.
Desde la mañana, la imagen de Clara en su sillita, con la carita manchada de fruta y los bracitos extendidos hacia él, no se le iba de la cabeza.
Y, junto a ella… la voz de Alana.
"Es una bebé muy especial."
Se pasó la mano por el rostro, respirando hondo.
El celular vibró sobre la mesa.
Patricia.
Mensaje:
Patricia: Baby, ¡voy a pasar a tu oficina antes de que salgamos a cenar!
Eduardo miró la pantalla durante unos segundos.
Mensaje:
Eduardo: No hace falta que vengas.
La respuesta de ella llegó casi al instante.
"¿Cómo que no?"
Antes de que pudiera responder, unos golpes firmes sonaron en la puerta.
Sin esperar permiso, Patricia entró.
Vestido rojo ajustado al cuerpo.
Perfume intenso.
La mirada cargada de expectativa.
— Preferí hablar en persona.
Cerró la puerta tras de sí.
— Vamos a salir hoy, ¿verdad?
Eduardo se levantó lentamente de la silla.
Tomó el saco y lo apoyó en el antebrazo.
La expresión fría.
Pero ahora había algo más decisivo en su voz.
— No, Patricia.
Ella frunció el ceño.
— ¿Cómo que no?
Él le sostuvo la mirada.
— Creo que es mejor que dejemos esto por la paz.
El silencio cayó sobre la sala.
El rostro de ella cambió al instante.
— ¿Dejarlo por la paz?
La voz le salió incrédula.
— Eduardo, ¿de qué estás hablando?
Él respiró hondo.
— Sea lo que sea en lo que esto se haya convertido.
La voz firme.
— No quiero continuar.
Patricia dio un paso al frente.
— ¿Esto es por esa moco… digo, tu hija?
Los ojos de él se oscurecieron.
— No mezcles las cosas.
— ¿Entonces qué es?
La voz de ella subió de tono.
— ¿Simplemente decides apartarme?
Eduardo se acercó a la puerta.
— Dejé claro desde el principio que nunca hubo un compromiso.
La voz le salió dura.
Sin espacio para discusión.
— Y ahora te estoy diciendo que se acabó.
Patricia apretó los labios, invadida por la rabia.
— Te vas a arrepentir.
Eduardo solo abrió la puerta.
— Buenas noches, Patricia.
Ella salió en silencio.
Pero su mirada prometía tormenta.
En cuanto la puerta se cerró, el celular volvió a vibrar.
Esta vez, el grupo de mensajes.
Mensaje:
Pedro: ¿Bar hoy a las 8?
Guilherme: Hoy no te nos escapas, primo.
Eduardo soltó un suspiro.
Tomó el celular y llamó de inmediato.
Pedro contestó primero.
— Ahí está el CEO viudo más difícil de la ciudad.
Eduardo fue directo:
— No voy a ir.
Del otro lado, escuchó la risa de Guilherme.
— ¿Cómo que no vas?
— Tengo un compromiso.
Pedro bromeó:
— ¿Con quién? ¿La secretaria se enojó?
Eduardo apretó la mandíbula.
— No es asunto de ustedes.
Guilherme se rio.
— Entonces va en serio.
La voz de Eduardo salió firme.
— Escúchenme bien.
El tono fue suficiente para silenciarlos.
— No quiero más bares.
No quiero más alcohol.
Y no quiero seguir perdiendo mis noches en eso.
El silencio del otro lado fue inmediato.
Pedro habló primero.
— ¿Estás bien?
Eduardo miró por la ventana.
La ciudad empezaba a encender sus luces.
— No.
La respuesta fue sincera.
— Pero estoy intentando estarlo.
Colgó antes de que insistieran.
Tomó el saco.
Las llaves.
Y, justo cuando el reloj marcó las 18:00, salió de la oficina.
Recorrió el pasillo principal con el saco en la mano.
Los empleados que aún quedaban lo saludaron.
— Buenas noches, señor Belmont.
Él solo asintió.
Pero sus pasos llevaban prisa.
Por primera vez, no en dirección a un bar.
Ni a una noche vacía.
Sino a casa.
A Clara.
Y, sin darse cuenta… a la presencia tranquila de Alana, que empezaba a ocupar un espacio silencioso en su mente.
Ella, de alguna manera, estaba trayendo de vuelta al Eduardo padre hacia su hija Clara.