Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Movilización de las Estaciones
La noticia del atentado en las Montañas de la Niebla y la inminente marcha de la baronía de Sombragrís transformó a Eldamar. Sin embargo, la reacción de la capital distaba radicalmente de los episodios de pánico colectivos vividos en décadas anteriores. Ya no había campanas sonando a rebato por tormentas imprevistas ni ciudadanos escondiéndose tras compuertas de hierro.
En la Gran Sala del Consejo Privado, el rey Manuel revisaba los mapas cartográficos de las cordilleras del norte en compañía del archiduque Roderic, el capitán Elessar y los delegados de las provincias pesqueras y agrícolas.
—Barón Vane cuenta con tres mil mercenarios de las tierras libres y dos fortalezas incrustadas en basaltos infranqueables —expuso Elessar, señalando con una pieza de plomizo la fortaleza de la Roca de Hierro—. Además, el exiliado Lord Malakor conoce al detalle las defensas tradicionales de nuestras fronteras. Pretenden atraparnos en el Paso del Hielo antes de que el invierno dificulte el paso de carruajes.
—Sombragrís confía en que mi sangre traiga ventiscas que bloqueen a nuestras propias tropas —dijo Manuel con voz firme, levantando la mirada hacia las altas cristaleras.
Afuera, la bóveda celeste no mostraba rayos de ira ni granizo informe. Un manto de nubes gris acero, densas pero ordenadas, avanzaba a ritmo constante impulsadas por un viento fresco del sur.
—Durante diez años este reino temió a mi temperamento —continuó Manuel, dirigiéndose a los lores reunidos—. Hoy no les ofreceré la furia ciega de un muchacho asustado. Les ofreceré la fuerza de un rey que defiende su hogar. Eximiremos de levas a los agricultores de los cantones bajos y marcharemos solo con la guardia veterana y la caballería de Valoria.
Valeria, sentada a la derecha de la mesa ceremonial, intervino con serena convicción:
—Las líneas de suministro marítimo de Valoria ya han zarpado hacia los puertos del noreste, Majestad. Si logramos contener la ofensiva de Vane en el valle de basalto, los astilleros de mi padre bloquearán sus rutas de escape por el mar interior.
El archiduque Roderic miró a su hija y luego al joven rey, asintiendo con orgullo.
—Eldamar y Valoria luchan juntas —declaró el archiduque—. Demostraremos que la alianza de nuestras naciones es más sólida que las minas de carbón de Sombragrís.
Tres semanas después, el ejército unificado de Eldamar y Valoria ascendía por los desfiladeros del norte. Las cordilleras se alzaban como colosos de piedra oscura, coronadas por picos cubiertos de nieve perpetua.
En el horizonte, la fortaleza de la Roca de Hierro se erigía sobre una meseta escarpada. Edificada con bloques de basalto negro y reforzada con torres de artillería pesada, la ciudadela del barón Vane parecía un bastión inexpugnable.
En lo alto de las murallas, el barón Vane de Sombragrís observaba el avance de las estandartes de la Casa Vaelor junto a Lord Malakor.
—Mirad el cielo, mi lord —comentó Vane con una sonrisa sardónica, ajustándose la gruesa capa de pieles de lobo—. El cielo está cubierto de nubes oscuras. El muchacho está temblando. En cuanto iniciemos el ataque con las catapulcas de fuego de carbón, perderá la razón y sepultará a sus propios hombres en una avalancha.
Malakor, sin embargo, contemplaba la bóveda celeste con profunda preocupación.
—No os confiéis, Vane —advirtió el exiliado, frunciendo el ceño—. Conozco la sangre de los Vaelor. Esas nubes no se mueven con la desorganización del pánico. Observad la densidad del viento. Hay una disciplina helada en esa atmósfera que jamás vi en su padre Theron ni en la demencia de su madre.
En el campamento real, montado en la meseta inferior, Manuel se preparaba para la contienda. Vestía una armadura de placas de acero mate con arabescos de plata que dibujaban runas atmosféricas. A su lado, Valeria le ajustaba el manto azul noche.
—No tenéis que luchar solo con el peso del mundo en vuestros hombros, Manuel —dijo ella, acariciándole el rostro con ternura—. Recordad lo que aprendisteis en el Codex. Aceptad el miedo, aceptad la furia, pero permitid que vuestra voluntad dirija la brisa.
—Si la calma del cielo dependiera solo de mí, dudaría —respondió Manuel, sosteniendo las manos de Valeria con calidez—. Pero mientras sepáis que mi corazón late por vos y por Eldamar, no habrá tormenta que me doblegue.