Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 9. LAS CONDICIONES DEL JEFE
El todoterreno de Héctor se detuvo con suavidad frente a la imponente fachada de cristal y mármol del hotel de cinco estrellas que la multinacional había reservado para nuestra estancia. El lujo del lugar era deslumbrante, pero yo apenas fui capaz de registrar los detalles decorativos. El trayecto en coche había sido una tortura de cortesías forzadas y miradas inquisitivas por parte de Héctor a través del retrovisor. En cuanto los botones se encargaron de retirar el equipaje y nos despedimos de la pareja con la promesa de volver a hablar al día siguiente, sentí que una pesada losa se levantaba de mis hombros. Sin embargo, la tregua duró poco. Al subir en el ascensor panorámico hacia la planta ejecutiva, la realidad de lo que acababa de suceder volvió a golpearme con fuerza.
El ascensor se abrió con un timbre metálico y nos dirigimos hacia la suite principal. Adrián caminaba con paso firme, manteniendo esa presencia imponente que hacía que todo el mundo se apartara a su paso. Yo lo seguía a un par de pasos de distancia, con la cabeza baja y el corazón acelerado, sintiéndome como una colegiala que está a punto de recibir una reprimenda del director de la escuela.
Al cruzar el umbral de la suite, la puerta se cerró tras nosotros con un chasquido hermético que sonó a sentencia definitiva. El espacio era inmenso, decorado con tonos crema y maderas oscuras, pero en ese momento me pareció el rincón más pequeño del mundo. Adrián dejó su maletín de piel sobre una mesa auxiliar, se desabrochó el botón de la americana de sastre y se giró para mirarme. Se apoyó con elegancia contra el borde del escritorio de caoba, cruzó los brazos sobre el pecho y me clavó esa mirada oscura y analítica que tantas veces había visto desarmar a los competidores en las mesas de contratación. La diversión del coche se había esfumado; ahora volvía a ser el director ejecutivo implacable de la firma.
—Bien, Leonor —comenzó a decir, y su voz profunda resonó en el silencio de la habitación con una autoridad que me hizo enderezar la espalda al instante—. El trayecto ha terminado y el telón ha bajado temporalmente. Creo que es el momento de que hablemos muy en serio sobre lo que acaba de ocurrir en ese aeropuerto.
Tragué saliva con dificultad, apretando las manos alrededor de las correas de mi bolso.
—Señor Valero... de verdad que no sé cómo pedirle disculpas. Sé perfectamente que me he tomado una libertad intolerable y que he puesto en juego su reputación y la de la empresa. Si desea despedirme en este mismo instante, lo entenderé perfectamente. Ha sido una falta de profesionalidad imperdonable por mi parte.
Adrián exhaló un suspiro pausado, y un destello de impaciencia cruzó por su rostro, aunque sus facciones no tardaron en suavizarse de nuevo.
—Si quisiera despedirla, Leonor, ya lo habría hecho en la terminal delante de su amigo —respondió con un tono seco pero desprovisto de crueldad—. No me gusta tomar decisiones impulsivas y, mucho menos, prescindir del talento eficiente. Marcos no mentía cuando dijo que usted es una pieza impecable en el engranaje de la oficina, y la necesito entera para la reunión de mañana. Por lo tanto, guarde sus disculpas y escúcheme con atención. Voy a ayudarla a mantener esta farsa frente a Héctor y su prometida. No voy a dejar que esa mujer la humille ni que su amigo la compadezca. Pero esta ayuda no es un regalo gratuito; tiene unas condiciones muy claras que deberá cumplir a rajatabla.
—Lo que usted me pida, señor Valero. Lo que sea —aseguré de inmediato, dispuesta a firmar cualquier pacto con el diablo con tal de no sufrir la humillación pública.
Adrián alzó un dedo índice, marcando el inicio de su lista de requisitos con una precisión estrictamente legal.
—Regla número uno, y la más importante de todas: la empresa es lo primero. Mañana a las nueve en punto de la mañana nos reunimos con el grupo inversor para cerrar la fusión multimillonaria. No toleraré ni un solo bostezo, ni una mirada distraída, ni un documento traspapelado por culpa de sus dilemas amorosos. Durante el horario laboral, usted es mi asistente personal y yo soy su director ejecutivo. La mentira se queda fuera de los despachos. ¿Está claro?
—Completamente claro, señor —respondí con firmeza, asintiendo con la cabeza—. Mi rendimiento profesional será impecable, se lo garantizo.
—Regla número dos —continuó él, dando un paso hacia mí, lo que me obligó a levantar la barbilla para sostenerle la mirada—. Si vamos a jugar a esto, lo haremos bien. Yo no hago las cosas a medias, Leonor, y mucho menos sé actuar como un novio mediocre. Si su amigo Héctor sospecha lo más mínimo de que esto es un montaje, la caída será el doble de dolorosa para usted. Así que, cuando estemos frente a ellos, deberemos comportarnos como una pareja real. Eso implica muestras de afecto sutiles, miradas cómplices y una cercanía física creíble. No quiero que se tense cada vez que le roce la mano o le sujete la cintura. Tendrá que aprender a disimular ese pánico que le entra cada vez que me acerco.
Un calor súbito e incontrolable me encendió las mejillas al escuchar la segunda condición. Pensar en tener que fingir una intimidad física con un hombre tan imponente, tan magnético y, para colmo, mi propio jefe, me parecía una misión casi imposible para alguien que llevaba cinco años viviendo en un aislamiento absoluto.
—Entendido... —balbuceé, intentando que mi voz no delatara el súbito vuelco que había dado mi corazón—. Haré todo lo posible por mostrarme natural.
—Y regla número tres —concluyó Adrián, y por primera vez una pequeña sonrisa irónica y enigmática volvió a bailar en la comisura de sus labios—: usted se encargará de gestionar los horarios para que esta farsa no interfiera con mis escasos momentos de descanso. No pienso pasarme las noches en vela inventando anécdotas de nuestro supuesto romance. Tendremos que coordinar una historia básica, un trasfondo creíble de cómo nos conocimos y cuánto tiempo llevamos juntos, para no contradecirnos cuando esa mujer, Priscila, empiece a interrogarla. Porque la interrogará, no le quepa duda. He visto cómo la miraba en el coche; esa mujer tiene el colmillo muy afilado.
Adrián se enderezó, rompiendo la distancia que nos separaba, y volvió a recoger su maletín de la mesa. Caminó hacia la puerta de su habitación contigua dentro de la suite, pero antes de entrar, se detuvo y se giró una última vez hacia mí.
—Descanse lo que queda de tarde, Leonor. Pida algo de cenar al servicio de habitaciones si lo necesita. Mañana empieza la verdadera batalla, tanto en el terreno de los negocios como en el de su orgullo. Buenas noches.
—Buenas noches, señor Valero —alcancé a decir antes de que la puerta de su dormitorio se cerrara con suavidad.
Me quedé de pie en mitad del lujoso salón de la suite, soltando el aire que parecía haber estado reteniendo en los pulmones desde que bajamos del coche. Me acerqué al gran ventanal que daba a la ciudad iluminada y apoyé la frente contra el cristal frío. Las condiciones del jefe estaban sobre la mesa. Eran lógicas, profesionales y terriblemente difíciles de ejecutar para mi atribulado corazón. Acababa de firmar un contrato invisible con el hombre más poderoso de la compañía, y mientras observaba el parpadeo de las luces de la urbe, me di cuenta de que mantener la mentira frente a Héctor iba a ser el menor de mis problemas. El verdadero desafío iba a ser no perderme a mí misma en el proceso de estar tan cerca de Adrián Valero.
Muchas felicidades autora!!!!!