Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Falsa Alarma
Mattheo
Cuando despierto llevo la mano a mi frente.
Qué puto dolor de cabeza.
Si no lo supiera mejor creería que estoy padeciendo la peor resaca de todas, pero anoche apenas tomé una copa de champaña.
Me siento en la cama y miro el lugar donde ayer estaba Cloe.
Está vacío por supuesto.
Vacío y helado.
No debería doler así.
Siempre estoy solo al otro día. Pero esto. Este se siente diferente.
¿Por qué no le pedí que se quedara?
Pensé que era valiente, pero aparentemente no lo soy para abrirme de esa manera con alguien.
Ni siquiera con Cloe.
Mi celular vibra sobre la mesa auxiliar.
Cuando veo el nombre de Fabiano, arrugo mi ceño.
Otra persona con la que no he sido sincera.
Fabiano es mi mejor amigo y todavía no le he dicho: Ey, por cierto, llevo tres años acostándome con tu gemela, pero no te preocupes, es solo sexo.
Sonrío al imaginar su reacción.
Mi amistad con Fabiano sobreviviría aproximadamente tres segundos. Yo, probablemente menos.
El celular vuelve a vibrar sobre la mesa auxiliar y esta vez contesto cuando veo que es papá quién llama.
—Papá.
—Hijo…—susurra y sé que algo malo pasó.
—¿Qué pasa?
—Ve al aeropuerto ahora mismo. Nos vamos a Nueva York. Tu nono tuvo un infarto.
Todo mi mundo tiembla.
—¿Está bien?
—No lo sabemos aún.
—Voy para allá —digo mientras ya estoy buscando mi ropa por toda la habitación.
—En veinte minutos partiremos.
—¿Cómo está mamá?
Papá suspira y sé que mamá no está bien.
—Llegaré en quince minutos —digo antes de cortar la llamada.
Mientras me pongo los zapatos Fabiano vuelve a llamar.
Corto la llamada y apago mi celular.
Debo correr.
Tengo que estar para mamá.
Solo espero que mi nono esté bien.
*****
Abrazo a mamá mientras se derrumba cuando ve a su padre.
—Estoy bien —le dice mi nono—. No fue nada.
Todas mis tías, mi abuelita, y mi tío Theo están ahí, con los ojos rojos por tanto llorar.
Incluso papá y todos mis tíos se ven afectados.
—Fue una falsa alarma —les recuerda mi nono.
Mi tía Stefy le golpea el brazo.
—No nos vuelvas a asustar de esta manera —exige—. Esta familia te necesita.
Mi tío mira a sus hijos y luego a sus nietos, para volver sus ojos grises a mi abuelita.
—No me iré, no todavía. No hasta verlos a todos ustedes casados —dice apuntando a sus nietos.
Todos arrugamos el ceño.
Imagino que ninguno de nosotros quiere casarse.
No todavía.
Adamo incluso retrocede.
Sé con certeza que mi primo preferiría saltar el cráter de un volcán con su motocicleta antes de ponerse la correa.
Adamo nació para ser libre. La adrenalina es su esposa y leal compañera.
—Entonces tendrás que vivir unos cien años más —dice Nino desde algún lugar detrás de mí.
Todos se ríen. Incluso mamá.
Es la primera vez que lo hace desde que aterrizamos en Nueva York.
Sonrío y vuelvo a mirar a mi nono.
Está pálido, cansado, pero está aquí.
Vivo.
Eso es suficiente.
El teléfono de Nino comienza a sonar.
Mi hermano lo saca del bolsillo y mira la pantalla.
Su expresión cambia.
—¿Fabiano? —murmura.
Levanto la cabeza.
¿Por qué mierda está llamando a Nino?
Nino desliza el dedo por la pantalla mientras sale de la habitación.
—Conti.
Lo sigo con la mirada unos segundos.
Algo incómodo se instala en mi estómago.
Fabiano me llamó varias veces esta mañana.
Mierda.
Quizá pasó algo con La Corona. O quizá solo está furioso porque no respondí.
Me obligo a ignorarlo. Si fuera urgente encontraría la forma de...
La puerta se abre.
Nino entra y dejo de pensar.
Está blanco.
No pálido.
Blanco.
Tiene el teléfono todavía apretado contra una mano y sus ojos verde oliva recorren la habitación hasta encontrarme.
Algo pasó.
Me levanto.
—¿Qué pasa?
Nino no responde.
—¿Nino?
Mamá también lo nota.
—¿Está todo bien?
—Sí —responde inmediatamente—. Solo... necesito hablar con Mattheo.
Mi corazón golpea una vez.
Fuerte.
—¿Qué pasó?
—Afuera.
—Dímelo.
—Mattheo.
—Dímelo ahora.
Mi voz hace que todos dejen de hablar.
Nino aprieta la mandíbula.
—Vamos afuera.
No espero.
Camino hacia él y cierro la puerta de la habitación detrás de nosotros.
—¿Qué mierda pasó?
Mi hermano me mira.
Nunca lo había visto mirarme así. Como si no supiera cómo decir lo que tiene que decir.
—Fabiano estaba intentando comunicarse contigo.
—Ya lo sé.
—¿Por qué no contestaste?
—Apagué el teléfono cuando papá llamó. ¿Qué pasa?
Nino baja la mirada.
Un frío extraño recorre mi espalda.
—Nino.
—Es Cloe.
El mundo se detiene.
Literalmente.
Dejo de escuchar el sonido de las máquinas dentro de la habitación.
Las voces del pasillo.
Los pasos.
Todo.
—¿Qué pasa con Cloe?
Mi hermano traga.
—Desapareció.