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LA VENGANZA ES UN ARTE

LA VENGANZA ES UN ARTE

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mafia / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SOMBRAS SOBRE EL MUELLE

​La medianoche había caído sobre el puerto comercial del sur con la pesadez de una losa de plomo. La llovizna constante convertía el pavimento de los muelles en un espejo oscuro y resbaladizo, donde las luces amarillas de las grúas industriales parpadeaban como advertencias lejanas. Entre contenedores oxidados y pilas de cargamentos abandonados, el aire apestaba a salitre, combustible quemado y a la desesperación de los hombres que ya no tienen nada que perder.

​Reinaldo Benítez caminaba con pasos erráticos, tiritando bajo el abrigo de lana que ya no lograba protegerlo del frío helado del atlántico. Tenía las manos hundidas en los bolsillos, los ojos inyectados en sangre debido a las noches sin dormir y el rostro desencajado por una paranoia febril. Detrás de él, a unos pasos de distancia, caminaba Carolina, envuelta en una chamarra vieja y temblando de miedo.

​—Reinaldo, por favor... Vámonos de aquí —suplicó Carolina con un hilo de voz, mirando con desconfianza las sombras que se proyectaban entre los enormes contenedores metálicos—. Esto es una locura. Ese tipo con el que vas a reunirte no es un inversor; la policía y los diarios dicen que maneja redes de extorsión y contrabando. Si nos atrapan con él, estamos perdidos para siempre.

​—¡Cállate de una vez, Carolina! —espetó Reinaldo deteniéndose en seco y dándose la vuelta con furia contenida—. ¿A dónde más quieres que vayamos? ¡Lo perdimos todo! ¡Nuestras cuentas están congeladas, la inmobiliaria es un recuerdo y esa maldita de Verónica se pasea por la ciudad como si fuera la reina del mundo mientras nosotros nos pudrimos en la miseria!

​Reinaldo apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La revelación de que su exesposa era la legítima esposa de Isaías San Román lo había arrastrado a un pozo hondo de locura y rencor. Ya no le importaban las consecuencias legales, ni las deudas impagables, ni el peligro inminente; lo único que habitaba en su mente enferma era el deseo visceral de venganza, de destruir aquello que ella más amaba o, al menos, de hacerla pagar con sangre la humillación pública a la que lo había sometido.

​—Solo necesito capital y hombres dispuestos a hacer el trabajo sucio que los tribunales no se atreven a tocar —continuó Reinaldo con una sonrisa torcida y desesperada—. Con el último adelanto que conseguí vendiendo el auto, este hombre nos dará los contactos para llegar hasta ella. Una sola palanca bien movida, un susto en el momento indicado, y te aseguro que la sonrisa de la señora San Román se le va a congelar para siempre.

​Antes de que Carolina pudiera responder con un nuevo grito de advertencia, el sonido sordo de unos pasos pesados resonó entre los contenedores.

​De la penumbra emergió una figura alta y corpulenta, envuelta en una gabardina oscura. Era un hombre de unos cincuenta años, con una cicatriz vertical que le cruzaba la mejilla izquierda y una mirada fría, calculadora y completamente desprovista de empatía. A su espalda caminaban dos matones de aspecto amenazante, con las manos ocultas dentro de sus chamarras.

​—Vaya, vaya... el empresario estrella de la construcción reducido a mendigar en los muelles a medianoche —dijo el hombre con una voz ronca y burlona, deteniéndose a pocos metros de distancia—. Me dijeron que estabas desesperado, Benítez, pero no imaginé que tanto.

​—Braulio —saludó Reinaldo intentando mantener una falsa compostura, aunque su voz temblaba ligeramente—. Tengo el dinero del adelanto. Lo que hablamos por teléfono... necesito que se haga realidad.

​El hombre al que llamaba Braulio soltó una risa seca, desprovista de cualquier atisbo de gracia. Se acercó lentamente, evaluando a Reinaldo y a Carolina con una mirada despectiva, como quien examina a un par de cucarachas a punto de ser aplastadas.

​—El dinero que trajiste apenas sirve para pagar una mesa en el muelle de carga, Reinaldo —respondió Braulio cruzándose de brazos—. ¿Y pretendes que mueva a mis hombres contra el conglomerado más poderoso del país? ¿Contra Isaías San Román? ¿Estás completamente loco, o es que los golpes en la cabeza te han afectado el poco cerebro que te quedaba?

​—No te pido que toques a San Román —mintió Reinaldo con desesperación, dando un paso al frente—. Solo quiero a la mujer. A Verónica Comellas. Si le damos un buen susto, si la interceptamos cuando salga de sus oficinas... ella firmará la devolución de nuestros activos con tal de salvar el pellejo. ¡Te daré el doble cuando recupere la inmobiliaria!

​Braulio lo miró fijamente durante unos segundos eternos. Su expresión se volvió sombría, una mueca peligrosa que hizo que Carolina retrocediera aterrorizada.

​—Escúchame bien, imbécil —siseó Braulio, inclinando su rostro hacia el de Reinaldo con una agresividad palpable—. Los San Román y los Comellas no son simples ricos a los que puedes robarles la cartera en la esquina. Son dueños de medio país, y cruzar esa línea significa que amanecerás flotando en la bahía antes de que salga el sol. No voy a arriesgar mi negocio por tus delirios de grandeza y tu orgullo herido de hombre despechado.

​El mundo pareció venirse abajo para Reinaldo. La última puerta se había cerrado de golpe.

​—Por favor... te lo ruego... —balbuceó Reinaldo perdiendo el poco orgullo que le quedaba, estirando las manos hacia la gabardina de Braulio—. Dame una oportunidad, lo que sea...

​—Lárgate de mi vista, Benítez —espetó Braulio, empujándolo con fuerza contra el suelo húmedo y lodoso—. Y si vuelves a pisar mis muelles, te aseguro que no habrá segunda advertencia.

​Los dos matones sacaron las manos de sus chamarras, mostrando empuñaduras metálicas que brillaron bajo la luz tenue. Reinaldo, humillado y cubierto de lodo, se levantó con ayuda de Carolina, quien lloraba en silencio de puro terror, y corrieron despavoridos hacia la salida del muelle, alejándose de aquel infierno antes de que fuera demasiado tarde.

​A kilómetros de distancia, en la seguridad blindada de la mansión San Román, Verónica se encontraba en el estudio de la planta alta revisando los informes de inteligencia que su hermano Víctor le había enviado hacía pocos minutos.

​Un par de destellos en la pantalla de su tableta digital mostraban las fotografías capturadas por la vigilancia privada en el muelle del sur: Reinaldo suplicando en el lodo, rechazado y miserable.

​Verónica apagó la pantalla, dejó el aparato sobre la mesa y exhaló un suspiro de absoluta tranquilidad. Se giró hacia el ventanal, donde la lluvia seguía cayendo sobre los jardines oscuros.

​En ese instante, unos brazos fuertes y cálidos la rodearon por la cintura, pegando su espalda contra el torso firme de Isaías, quien acababa de entrar a la habitación en silencio. El magnate apoyó su barbilla en el hombro de su esposa, observando la misma tableta apagada sobre el escritorio.

​—Veo que tu exmarido sigue haciendo méritos para ganarse el título de payaso del año —murmuró Isaías con su voz barítono y ronca, rozando con sus labios el lóbulo de su oreja—. ¿Todavía te preocupa lo que pueda intentar en su patética desesperación?

​Verónica inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándose cómodamente contra el pecho de su esposo, con una sonrisa serena y letal dibujada en los labios.

​—¿Preocuparme? De ninguna manera, San Román —respondió ella con total suavidad, entrelazando sus dedos con los de él—. Un hombre que mendiga en el lodo y es rechazado por criminales de cuarta categoría ya está muerto en vida. Lo único que estoy esperando... es el momento exacto en el que caiga el telón final.

​Isaías apretó el abrazo con una posesividad protectora y feroz, sintiendo que la mujer que tenía entre sus brazos era, sin duda, la fuerza más imponente y hermosa que jamás había cruzado su camino. La venganza estaba cumplida; el imperio de los Benítez era solo ceniza, y el futuro de los San Román brillaba con la fuerza de un sol implacable.

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Patricia
me encanta esta novela, no sé porque no tiene likes, talvez la subió hace poco pero bien entretenida la novela
Patricia
bendito karma estos tres la están pagando duro, pero algo malo han de hacer
Patricia
me encanta imaginar a Isaías estético, pero me da pesar por los empleados maltratados por el ogro
Patricia
hola querida escritora, está novela está muy interesante, me tiene totalmente enganchada
Naibelys Perez: ❤️🥰me alegro mucho que le gusten mis novelas. 👏
total 1 replies
Miriam Piedrabuena
Me gustó
Becky Navarro
esto ya aburrio
Becky Navarro
ya me aburrio parecen niños caprichosos son mafiosos autora ceos se pasan ni un decomiso ni enfrentamientos secuestros el otro chillón del el ex
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