Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 10
Quinientos mil pesos por los niños
Subí al auto porque no vi otra opción razonable en un estacionamiento medio vacío, con los dos hombres flanqueando la puerta como si temieran que yo intentara escapar corriendo entre los carritos abandonados. El interior olía a cuero nuevo y a un perfume caro que se me pegó a la garganta apenas cerré la puerta, un aroma dulzón que no combinaba con la frialdad de la mujer que tenía enfrente.
—Vamos a hablar claro —dijo Silvia, en cuanto arrancó el auto, cruzando las piernas con una elegancia calculada, sin mirarme directamente al principio, como si estudiara antes mi reflejo en la ventanilla—. Quinientos mil pesos. En efectivo, si prefieres discreción, o transferencia si te da más confianza. A cambio, tú desapareces de la vida de esos niños. Renuncias, te vas lejos de Valle de Bravo, y nadie vuelve a saber de ti jamás.
—¿Por qué querría alguien pagarme para dejar de cuidar a dos niños?
—Porque son valiosos. —Silvia me miró igual que si yo fuera lenta, o como si disfrutara explicándolo despacio, saboreando cada palabra, con una sonrisa fina que no le llegaba a los ojos—. Y porque mientras tú estés cerca de ellos, se vuelve más difícil que ciertas cosas… ocurran sin que nadie lo note. Digamos que eres un estorbo inconveniente. Un obstáculo que hasta hace un mes no existía.
—No sé de qué está hablando, y no me importa saberlo. La respuesta es no.
Silvia levantó una ceja, genuinamente sorprendida, como si nunca antes hubiera escuchado esa palabra en ese contexto, igual que si "no" fuera un idioma extranjero que nadie le había enseñado a descifrar.
—Un millón.
—No.
—Dos millones. —Su voz empezaba a tensarse, perdiendo un poco de su barniz de calma, un filo asomando debajo de la cortesía—. Nadie en tu posición rechaza dos millones de pesos, Ximena. ¿Tienes idea de las deudas que cargas? Las conozco al centavo. Sé exactamente cuánto debes al hospital, cuánto te falta de renta, y sé también que el licenciado que te llama cada semana no es precisamente paciente. Sé hasta el nombre del banco que te va a embargar la cuenta si no pagas antes de fin de mes.
Lo sabe todo. Me ha estado investigando, con paciencia y con dinero, como quien arma un expediente completo antes de mover una sola pieza.
—Con o sin deudas —dije, sosteniéndole la mirada aunque el estómago se me revolviera, aunque una parte muy pequeña y muy cansada de mí hiciera, por una fracción de segundo, la cuenta de todo lo que ese dinero podría resolver—, esos niños confían en mí. No los voy a vender por ningún número que usted me diga, ni por diez millones, ni por veinte.
Silvia se rió, corta y sin humor, un sonido metálico que resonó extraño dentro del auto silencioso.
—Vas a arrepentirte de esto, te lo advierto desde ahora. La gente que me dice que no, tarde o temprano, termina deseando haber dicho que sí.
—Bájeme aquí, por favor. Ya escuché suficiente.
Para mi sorpresa, no discutió. Ordenó al chofer detenerse con un gesto seco de la mano, sin siquiera voltear a verme, y mientras yo abría la puerta con dedos que no terminaban de estar firmes, me lanzó una última mirada, calculadora y fría como el filo de un bisturí, una mirada que se me quedó pegada en la nuca aun después de bajar del auto.
—Le voy a hacer una visita a tu "médico de cabecera". A ver qué tan leal te sale cuando le ofrezca lo mismo que a ti, con menos escrúpulos.
¿Qué médico? No entendí la amenaza, no tenía ni idea de a quién se refería, pero el escalofrío que me dejó fue completamente real, y me acompañó todo el camino de regreso, un frío que no tenía nada que ver con el clima de la tarde.
Me quedé parada un largo rato en la banqueta, viendo alejarse el auto hasta que dobló la esquina y desapareció entre el tráfico de la tarde. Las piernas me temblaban, no de miedo exactamente, sino de esa descarga que queda después del miedo, cuando el cuerpo por fin se permite sentir todo lo que había estado conteniendo mientras la amenaza estaba de frente. Caminé dos cuadras hasta encontrar un taxi, repitiéndome que no iba a dejar que esa mujer, ni nadie, me hiciera dudar de una decisión que ni siquiera había tenido que pensar dos veces, aunque el corazón todavía me latiera desbocado.
Dos millones de pesos. Con eso pude haber pagado todo: el hospital, la renta, el préstamo, y me hubiera sobrado. La idea me revolvió el estómago, no por la tentación —no había sentido ni una pizca de tentación—, sino por lo fácil que había sido decir que no, por lo poco que me había costado, comparado con lo que hubiera sentido al ver la carita de Luna preguntándome por qué me había ido sin despedirme, o la de Leo fingiendo que no le importaba mientras se le quebraba la voz.
—◆—
Esa tarde recogí a los niños del colegio con el corazón todavía acelerado, aunque me esforcé por ocultarlo detrás de una sonrisa que me costaba sostener. En el trayecto de regreso, Leo y Luna competían por contarme, a gritos, quién había ganado más estrellitas doradas esa semana en el pizarrón de conducta, ajenos por completo a la tormenta que yo cargaba todavía en el pecho.
—Yo tengo cinco —presumió Leo, inflando el pecho como un pavorreal en miniatura.
—Yo tengo seis porque no le pegué a nadie —contraatacó Luna, con orgullo absoluto, como si eso mereciera una medalla olímpica, cruzando los bracitos con solemnidad.
—Los dos son un ejemplo para el salón —les dije, riendo a pesar de todo, y por un momento el peso de la tarde se aligeró un poco, empujado a un lado por esas dos voces que competían por mi atención.
En el camino, aproveché un alto para revisar el retrovisor por tercera o cuarta vez, buscando algún auto que nos siguiera con la misma paciencia sospechosa de días atrás. No vi nada, pero la costumbre ya se había instalado en mí como un reflejo más: mirar, calcular, estar lista. Así debe sentirse vivir con miedo todo el tiempo, pensé, y aun así no cambiaría nada de lo que estoy haciendo.
Al llegar a la hacienda, Dante nos esperaba en la entrada, algo inusual para esa hora del día, con las manos en los bolsillos y una tensión visible en los hombros, la corbata ya aflojada como si llevara horas de pie en ese mismo lugar.
—¿Dónde estabas? —preguntó, en cuanto los niños corrieron adentro a lavarse las manos, con un tono que quería sonar casual y no lo lograba del todo.
—Silvia Quintanar me interceptó en el súper. Me ofreció dinero para que dejara de cuidar a los niños. Fue subiendo la oferta hasta dos millones.
Su expresión se endureció, aunque no de sorpresa, sino de algo más parecido a una confirmación amarga, igual que si aquello confirmara una sospecha que llevaba tiempo cargando en silencio.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no. Que la respuesta era no las veces que hiciera falta repetirla, y que se lo dijera a quien quisiera oírlo.
—¿Por qué me mira así? —le pregunté, incómoda bajo el peso de esa mirada que no terminaba de descifrar, mucho más larga de lo que la situación exigía.
—Por nada. —Dante desvió la vista hacia la ventana, carraspeando, con las orejas ligeramente enrojecidas—. Solo pensaba que la mayoría de la gente hubiera aceptado, al menos para negociar un poco más antes de negarse. Dos millones no es una cifra que se rechace así, de entrada, sin pensarlo.
—Yo no soy la mayoría de la gente.
—Eso ya lo noté —dijo él, con algo parecido a una sonrisa asomando en la comisura de los labios, algo que desapareció tan rápido como llegó, como si se avergonzara de haberlo dejado ver.
Algo cambió en su rostro, una tensión que se aflojó apenas, reemplazada por otra cosa que no supe nombrar de inmediato. No dijo nada de inmediato, pero cuando esa noche los niños se despidieron de él en la cena repitiendo, como siempre, "buenas noches, mamá" antes que "buenas noches, papá", noté cómo su mandíbula se tensaba, cómo abría la boca para decir algo y volvía a cerrarla, tragándose lo que fuera que quisiera decir, con los nudillos blancos alrededor del tenedor.
Está celoso. De sus propios hijos. La idea me pareció tan absurda que casi solté una risa, pero algo en la escena me conmovió también, un padre solo compitiendo, sin darse cuenta, con la mujer que apenas conocía, con una torpeza casi entrañable para alguien que dirigía un imperio entero desde su despacho.
No dijo una palabra en todo el trayecto hasta que cada uno se retiró a su habitación. Solo, ya en el pasillo, se detuvo un segundo frente a mi puerta, igual que si fuera a decir algo, la mano casi levantada, y al final no dijo nada, dándose la vuelta con el ceño fruncido, dejando el silencio colgando entre nosotros como una pregunta sin hacer que ninguno de los dos se atrevía todavía a formular.
Ya en mi habitación, con la puerta cerrada y la luz apagada, me quedé un rato mirando el techo, repasando la tarde entera: el auto de Silvia, el estacionamiento, la cifra que subía y subía como si el dinero pudiera comprar cualquier cosa, incluso a una madre que ni siquiera sabía todavía que lo era. No los voy a vender. La certeza con la que lo había dicho me sorprendía cada vez que la recordaba, como si viniera de un lugar en mí mucho más antiguo que los seis meses que llevaba despierta, un lugar que ni las deudas ni el miedo habían logrado tocar.