El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.
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LA RUTINA DE LA LUZ Y EL PESO DE UN APELLIDO
Mientras el mundo de Anastasia se reducía a las sombras de un calabozo y al frío latigazo del metal, el universo de Andrés Pineda Castillo transcurría en las antípodas de ese sufrimiento, aunque bajo una presión silenciosa de índole muy distinta. A sus treinta años, Andrés llevaba sobre los hombres el peso dorado de un apellido ilustre. Hijo del expresidente Santiago Pineda y de la célebre escritora Marcela Castillo, había crecido en un hogar donde el debate intelectual, el arte, la justicia y la libertad no eran simples conceptos abstractos, sino el aire que se respiraba cada día.
Ese lunes, la jornada de Andrés comenzó mucho antes de que el sol terminara de iluminar la capital. Su despertador sonó puntualmente a las seis de la mañana en su departamento minimalista, un espacio ordenado y pulcro que reflejaba su personalidad analítica y metódica. Mientras preparaba un café cargado, revisó en su tableta los informes de la consultora de ingeniería civil que dirigía junto a unos socios. Para los de afuera, Andrés lo tenía todo: éxito profesional, estabilidad económica, la admiración de la sociedad y una familia unida que siempre estaba presente para las grandes cenas.
Sin embargo, detrás de esa fachada de perfección, Andrés cargaba con un hastío sutil. Estaba cansado de las cenas benéficas donde todos sonreían por compromiso, cansado de los círculos políticos donde cada palabra medía una ventaja y, sobre todo, estaba harto de la burbuja protectora en la que sus padres, movidos por el amor y por el historial político de su padre, lo habían custodiado toda la vida. Sentía que nunca había tenido que luchar de verdad por nada, que su destino estaba trazado con comodidad y seguridad. Anhelaba algo que sacudiera sus cimientos, una causa real, aunque en su infinita ingenuidad de hombre privilegiado, jamás imaginó el monstruoso costo que tendría saciar esa sed de sentido.
Al caer la noche, Andrés cumplió con el compromiso familiar en la amplia y acogedora casa de sus padres. El ambiente ya estaba en plena ebullición cuando él llegó. En la gran mesa del comedor no solo se encontraban sus hermanos Antonella Pineda, Bruno Iglesias Castillo y Daniela Iglesias Castillo, quienes debatían animadamente sobre sus propios proyectos, sino también las incondicionales amigas de Marcela: Regina Cifuentes, célebre por no tener jamás pelos en la lengua, y Paulina Betancourt, la aguda e imponente abogada de la familia.
La puerta principal se abrió para dar paso a Jimena y, de inmediato, al joven novio de esta, Darío Monasterio —el brillante cardiólogo e hijo de la temible y respetada doctora Diana Monasterio—. Apenas Darío cruzó el umbral y saludó con una sonrisa educada, Regina Cifuentes entrecerró los ojos con picardía y soltó sin filtro desde su asiento:
—Vaya, vaya, miren quién llegó. El muchacho que se atrevió a robarse a la niña de la casa. Más te vale portarte bien, doctorcito, porque aquí las reglas las ponemos nosotras, no tu mami la generala.
Todos soltaron una carcajada ante la ocurrencia. Darío, lejos de intimidarse, se rió con gracia, se aflojó ligeramente la corbata y miró directo a su suegra.
—Se imagina, señora Marcela, que juntemos a mi tía Mariana con la señora Regina... Si tuviera a esa dos apocalipsis juntas en el mismo lugar, creo que mi mamá mandaría a llamar de emergencia a la mismísima teniente Blake para que controle los daños —bromeó Darío levantando las manos en señal de rendición fingida.
Marcela soltó una risa cristalina, negando con la cabeza mientras acomodaba la servilleta en su regazo.
—Pobre Diana, con una sola Regina ya tiene suficiente dolor de cabeza en el vecindario como para duplicar la dosis —comentó Marcela entre risas.
Regina bufó, cruzándose de brazos con una falsa expresión de ofensa y una sonrisa torcida:
—¡Ey! No me pondrá en contra de esa generala, Marcela. ¡A mí la doctora Monasterio me respeta, que nos conocemos desde los tiempos de la universidad!
Santiago Pineda, sentado en la cabecera de la mesa con un vaso de agua mineral en la mano, intervino con su característico tono socarrón y una sonrisa divertida:
—Tranquila, Regina, que si la doctora Monasterio decide declararte la guerra, yo mismo ofrezco mi oficina como búnker neutral... aunque a decir verdad, prefiero negociar la paz con un cártel internacional antes que mediar en una discusión con la doctora Diana Monasterio.
Las risas retumbaron en el comedor, disipando cualquier tensión y llenando el espacio de la calidez típica de los Pineda-Castillo. Marcela los miraba a todos con ternura desde su lugar, sus ojos brillantes de escritora escaneando cada gesto como si estuviera redactando el capítulo más feliz de una obra maestra.
Nadie en esa mesa, envuelta en risas, bromas afiladas y la seguridad infranqueable que otorgaba el apellido familiar, sospechaba que el destino ya había puesto en marcha las manecillas del reloj. A pocos kilómetros de allí, en un hospital periférico y bajo las luces fluorescentes de urgencias, una mujer encadenada y al borde de la muerte estaba a punto de ingresar por la puerta de emergencia, llevando consigo el germen que haría añicos la apacible y perfecta vida de Andrés.