El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 5
Capítulo 5 — La niña del rancho
El Colegio Reforma tenía jardines, canchas y un edificio de cristal que brillaba con el sol de la mañana. Los alumnos llegaban en camionetas del año, con uniformes planchados y mochilas de marca, riéndose entre ellos como si el mundo entero les perteneciera.
Chente me dejó en la puerta.
—Aquí te recojo a la salida —me dijo—. Cualquier cosa, me marcas. Cualquier cosa, Dali. —Me miró serio—. Tú no te dejes.
Asentí, apreté la mochila nueva contra el pecho, y entré.
Los primeros minutos pensé que a lo mejor iba a estar bien. Nadie me conocía. Podía empezar de cero, ser una niña más, una cualquiera. Encontré mi salón, me senté hasta atrás, y me hice chiquita como siempre.
Pero en un colegio así una se nota. Se nota en los zapatos, aunque sean nuevos; en la forma de hablar; en que una no sabe de qué marcas hablan ni a qué lugares van en vacaciones. Una niña de adelante, güerita, se volteó a verme con sus amigas, se rieron detrás de la mano y siguieron en lo suyo. Un tal Beto me preguntó, muy sonriente, en qué fraccionamiento vivía, y cuando dije "en Bosque Real" arqueó las cejas como si le hubiera dicho una mentira, y yo entendí que ni de a gratis me creían.
Me tragué todo eso. Ya me habían visto peores caras. Copié lo que la maestra escribía en el pizarrón con mi letra fea, dispuesta a aguantar el día y volver a casa.
Duró hasta el recreo.
—No manches. ¿Tú qué haces aquí?
Conocía esa voz. Se me cerró el estómago antes de voltear.
Bryan. Mi primo. El hijo de doña Otilia, con su mismo gesto de gente que disfruta ver caer a los demás. Estaba en ese colegio —claro que estaba, con el dinero que su mamá sacaba de dónde fuera— y me había reconocido desde el otro lado del patio.
—Ay, miren nomás —dijo, alzando la voz para que lo oyeran los demás—. Si es la huérfana. La que vivía arrimada en mi casa. La del basurero. —Se rió—. ¿Quién te dejó entrar, la del rancho?
Alrededor se juntaron los que no tenían nada mejor que hacer. Sentí las miradas como agujas.
—Cállate, Bryan —dije bajito.
—¿O qué? —Se me acercó—. A ver, cuéntales a todos de dónde saliste. Cuéntales cómo un viejo rico te recogió de la calle. —Bajó la voz hasta hacerla venenosa, para que solo yo y los de cerca lo oyeran, y aun así lo dijo con una sonrisa para el público—. Todos saben cómo se pagan esos favores, ¿no? Una muerta de hambre no entra a un colegio así por bonita.
Se me subió la sangre a la cara. No por vergüenza. Por rabia.
—No es cierto —dije, y me temblaba la voz de puro coraje—. El tío Max es mi tutor. Me cuida. No es lo que estás diciendo. Eres un mentiroso asqueroso.
—¿"Tío Max"? —Bryan soltó una carcajada, y los demás lo corearon—. ¡Le dice tío! Ay, qué tierno. ¿Y en las noches también le dice tío?
La risa se regó por el patio como aceite en el agua. Alguien sacó el teléfono y empezó a grabar. "La huérfana del rancho", oí que decían, y la palabra saltaba de boca en boca, de grupo en grupo, adornándose con cada repetición. Ya para entonces no era una mentira de Bryan; era un chisme del colegio, y los chismes no se paran con la verdad.
Sentí que me ardían los ojos, pero apreté los dientes. No iba a llorar. No enfrente de él. No enfrente de nadie.
—Jóvenes, ya. —La maestra Ochoa apareció por fin, pero no le habló a Bryan. Me habló a mí, con ese tonito de quien ya decidió de qué lado está—: Señorita Rivas, no venga a armar escándalos su primer día. En este colegio nos comportamos. Si no está acostumbrada al nivel, avíseme y vemos qué hacemos con usted.
—Yo no hice nada —dije—. Él fue el que empezó. Él me insultó.
—Señorita Rivas. —La maestra Ochoa bajó la voz, pero no para consolarme, sino para que solo yo la oyera—. El joven Nájera lleva años en este colegio. Su familia es conocida. Usted llegó ayer. Yo que usted no empezaría haciéndome de enemigos el primer día. Aquí hay un nivel, ¿me entiende? Un nivel al que hay que estar a la altura.
Me quedé sin palabras. Ella ya sabía la historia y ya había escogido a quién creerle. No por lo que pasó, sino por quién tenía apellido y quién no.
—Ya. No quiero peros. —Se dio la vuelta—. Todos a sus salones.
Bryan pasó junto a mí y me tiró la mochila del hombro al suelo, así, como sin querer. Se le cayeron los cuadernos. Nadie me ayudó a recogerlos. Los levanté yo sola, hincada en medio del patio, mientras a mi alrededor los murmullos se convertían en mensajes, y los mensajes en risas, y para la hora de la salida ya la mitad del colegio sabía la versión de Bryan: la huérfana del rancho, la arrimada del viejo rico, la que se pagaba la escuela quién sabe cómo.
Guardé todo en silencio. Me aguanté las ganas de llorar hasta que estuve segura de que nadie me veía, en un pasillo vacío junto a los casilleros, y ni ahí me solté del todo.
Porque algo había cambiado en mí desde la noche de la avenida. Antes me habría ido a un rincón a tragarme la humillación y a rezar para volverme invisible. Ahora, con la espalda pegada a los casilleros fríos y la mochila abrazada, no sentía nada más ganas de desaparecer.
Sentía ganas de defenderme.
Y por primera vez en mi vida, pensé que a lo mejor sí podía.
Chente me esperaba en la puerta, recargado en la camioneta. Me vio la cara y frunció el ceño.
—¿Quién fue? —preguntó, así, directo, como si con solo mirarme supiera que algo había pasado.
—Nadie —dije—. Estoy bien.
—Dali.
—Que estoy bien, Chente. En serio.
No me creyó. Se le notó en la cara que no me creyó, pero tampoco insistió; nada más se me quedó viendo un segundo de más y me abrió la puerta. En el camino, por el retrovisor, lo cachaba echándome ojeadas.
En la casa, doña Reme me tenía la comida lista y me sirvió como si yo fuera a desaparecer si no me alimentaba.
—¿Cómo te fue en tu escuela nueva, mija? —preguntó, contenta.
—Bien —mentí, y me metí una cucharada a la boca para no tener que decir más.
Ella me miró como miran las señoras que ya vivieron mucho y no se les escapa nada. No dijo nada tampoco. Me acercó las tortillas y me acarició la cabeza al pasar.
No le conté nada al tío Max cuando lo vi en la noche. Le dije que había estado bien, que todo tranquilo, y me miré las manos para que no me viera la cara. No quería que corriera a resolverme el problema como resolvía todo, con una llamada y esa voz baja que hacía temblar a los grandes.
Esta vez, algo me decía, tenía que aprender a pararme sola.
Aunque todavía no supiera cómo.
Lo que no sabía, mientras el coche me llevaba de vuelta a Bosque Real, era que Bryan apenas estaba empezando. Y que muy pronto iba a descubrir, él y todo el Colegio Reforma, exactamente quién era el hombre del coche negro que me cuidaba.