Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 11
La mujer del vestido rojo fijó la mirada en los ojos de Lucía con una intensidad devoradora.
—Ahora pide —ordenó con voz grave, profunda—. Pide lo que quieres.
A medida que la oscuridad alrededor de ambas parecía volverse más densa, aprisionando el aire del pasaje, un escalofrío recorrió la espalda de Lucía. Sintiendo un hilo de temor pero impulsada por la desolación que la consumía, miró a la misteriosa mujer y comenzó a hablar, intentando sacar fuerzas desde lo más profundo de su ser:
—Quiero dejar de amarlo... Quiero dejar de sentir este dolor.
—Pide. Pide más —insistía la mujer, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Quiero ser una mujer nueva. Quiero cambiar —continuó Lucía, alzando el mentón.
—Muy bien —asintió la mujer con una sonrisa helada en sus labios carmesí.
—No quiero sufrir más por ningún hombre —sentenció Lucía, con una determinación que jamás había tenido.
—Y así será —aseguró la mujer.
Dio una última pitada a su cigarrillo y, acercándose al rostro de Lucía, soltó una densa bocanada de humo directamente sobre ella. La cortina de humo, espesa y con un aroma penetrante a rosas secas y tabaco, comenzó a envolver la figura de Lucía, cubriéndola gradualmente por completo. Una sensación extraña, de ingravidez y calidez interior, se apoderó de su cuerpo.
De pronto, la luz terminó de extinguirse por completo. Todo se apagó de golpe.
Lucía abrió los ojos.
Estaba recostada en su propia cama. Parpadeó varias veces, confundida, mirando el techo de su habitación. La luz de la mañana entraba suavemente por la ventana. Por un momento, creyó que todo lo vivido la noche anterior había sido simplemente un sueño difuso o una pesadilla abrumadora nacida de la angustia.
Sin embargo, al sentarse en el colchón, notó algo drástico: la opresión que le aprisionaba el pecho se había esfumado. El dolor punzante, la ansiedad y la desesperación por Mateo habían desaparecido sin dejar rastro. Se sentía liviana, plena y extrañamente llena de energía. Ni siquiera sintió el impulso involuntario de revisar el teléfono celular en busca de un mensaje.
Se levantó de la cama con una postura erguida y caminó hacia el baño. Dejó corriendo la ducha y se sumergió bajo la caída del agua. Sintió cómo cada gota recorría lentamente su piel. Al deslizar sus manos sobre su cuerpo para enjabonarse, tuvo una percepción completamente distinta de sí misma: percibía sus curvas más definidas, su piel más tersa, una presencia mucho más sensual y magnética.
Al salir, abrió el armario. Por primera vez, ignoró los tonos neutros y las prendas holgadas que solía elegir para pasar desapercibida. En su lugar, tomó un vestido rojo entallado que nunca se había atrevido a estrenar y se calzó unos tacones elegantes. Arregló su cabello, se pintó los labios de un rojo intenso —el mismo tono que recordaba de la noche anterior— y se miró al espejo. La mujer que le devolvía la mirada no reflejaba la fragilidad de la antigua Lucía; proyectaba una seguridad imponente.
Salió de su departamento y se dirigió a la oficina.
En cuanto cruzó la puerta de entrada de su trabajo, el murmullo habitual de los pasillos disminuyó. Todas las miradas se posaron sobre ella de inmediato. Compañeros y superiores giraban la cabeza a su paso, impactados por el cambio. La seguridad en su andar, el contoneo firme de sus pasos y la sensualidad que emanaba captaban inevitablemente la atención de cualquiera que estuviera cerca. Lucía sonrió para sí misma con una frialdad encantadora, disfrutando por primera vez del poder absoluto de su nueva versión.