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Era Menor Que Yo Y Me Enseñó Tanto

Era Menor Que Yo Y Me Enseñó Tanto

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Flor Aguilar

romántica

NovelToon tiene autorización de Flor Aguilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mujer que dejé de reconocer

Durante aproximadamente un año y medio seguí atrapada en aquella vida que yo misma había comenzado a construir.

El juego me había quitado prácticamente todo el dinero que tenía. Había utilizado mis ahorros, tarjetas de crédito y préstamos. Incluso llegué a gastar casi todo el dinero que Pedro tenía en su cuenta, hasta dejar apenas unos cien dólares.

Lo peor era que muchas veces ganaba.

Pero no sabía detenerme.

Pensaba que podía ganar un poco más, recuperar lo perdido y salir de ahí. Y terminaba jugando otra vez.

Hasta que un día me miré y entendí que aquello no era la vida que quería.

—Ya es suficiente —me dije.

Me prometí que iba a cambiar. Que iba a luchar por mí y por mi hijo. Sabía que no podía recuperar el dinero perdido, pero también entendí que mi vida todavía podía reconstruirse.

Quizá mi historia con Andrés nunca tendría un final feliz.

Quizá ni siquiera tendría un final, porque tal vez nunca había tenido un verdadero principio.

Pero él seguía apareciendo en mis pensamientos.

Algunas noches cerraba los ojos y me lo imaginaba a mi lado.

Y entonces llegó otra fiesta de Navidad del trabajo.

Andrés ya tenía veintiséis años.

Yo sabía que estaría allí y, aunque intentaba convencerme de que aquello no significaba nada, quería verlo.

Cuando finalmente nos encontramos, esta vez estuvimos más cerca.

Nos dimos la mano.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Bien —respondí.

Fue un momento pequeño, pero para mí significó muchísimo.

Yo seguía teniendo problemas con el juego y muchas veces sentía que aquella vida de fantasía que construía en mi cabeza era mejor que mi propia realidad.

Había pasado por cosas difíciles desde muy joven. A los diecinueve años había tomado una decisión de la que después me arrepentí profundamente. También había vivido la traición del padre de mi hijo.

Todas aquellas experiencias habían dejado heridas en mí.

Me sentía insegura.

Y muchas veces pensaba que el juego era una forma de escapar de todo aquello.

Pero estaba equivocada.

También me preguntaba constantemente:

¿Por qué Andrés se fijaría en una mujer como yo?

Él tenía veintiséis años.

Yo sentía que había cometido demasiados errores, que había fallado demasiado y que, además, tenía un problema con el juego.

¿Cómo iba un hombre como él a fijarse en mí?

Yo lo veía casi perfecto.

Y a mí misma me veía cada vez más lejos de la mujer que alguna vez había sido.

Había mañanas en las que levantarme de la cama ya era difícil. A veces ni siquiera tenía fuerzas para lavarme los dientes.

No era porque no amara a mi hijo. Lo amaba con toda mi alma.

Pero amar a alguien no siempre significa tener fuerzas para luchar.

Yo simplemente estaba viviendo por vivir.

A veces miraba fotografías antiguas y observaba a aquella mujer que aparecía en ellas.

Después me miraba en el espejo.

—¿En qué momento me convertí en esto?

Me daba rabia.

Sentía coraje conmigo misma.

También me preguntaba cómo había permitido que una persona como Pedro influyera tanto en mí.

Durante mucho tiempo sus celos, sus críticas y sus reproches habían conseguido que dudara de mí misma.

Yo había dejado de arreglarme.

Había dejado de sentirme bonita.

Había dejado de confiar en mí.

Y lo más irónico era que Andrés y Pedro habían terminado creando una especie de amistad.

Hablaban en el trabajo y compartían cosas.

Pedro incluso me contaba historias de Andrés. Me decía que había comenzado a trabajar allí porque su padre lo había castigado.

Yo escuchaba intentando aparentar indiferencia.

Pero cada vez que escuchaba su nombre, algo dentro de mí despertaba.

Para los demás, Pedro era un hombre maravilloso.

Más de una persona me había dicho:

—Fernanda, tú te sacaste la lotería con Pedro. Es un gran hombre.

Yo solo sonreía.

Nadie conocía lo que ocurría detrás de nuestra puerta.

Pedro no me ayudaba con muchas cosas de la casa. No solía comprarme ropa ni preocuparse por mis necesidades. Muchas cosas tenía que pagarlas con mi propia pensión.

Y también había habido momentos de violencia.

Recuerdo especialmente una ocasión en la que mi hermana le pidió dinero y yo dije que no debíamos prestárselo.

Después de que mi hermana se fue, Pedro reaccionó de una manera que me hizo sentir un miedo terrible.

Me agredió físicamente.

Durante unos instantes pensé que podía pasarme algo muy grave.

Después tuvo que llamar a su trabajo para pedir permiso.

Andrés fue quien se lo concedió.

Al día siguiente, cuando Pedro regresó a trabajar, Andrés le preguntó:

—¿Cómo está Fernanda? ¿Está bien?

Pedro le dijo que sí.

Andrés no sabía lo que había ocurrido.

No sabía lo que yo vivía cuando se cerraba la puerta de mi casa.

Para él, yo era simplemente la pareja de uno de sus trabajadores.

Pero aquella pregunta se quedó conmigo.

¿Por qué preguntó por mí?

Quizá para Andrés no significaba nada.

Para mí significaba muchísimo.

Y después hubo más llamadas.

Varias veces Andrés llamaba a Pedro y era yo quien contestaba.

—Hola, niña, ¿cómo estás?

—Bien. ¿Y usted?

—Todo bien.

Eran conversaciones sencillas.

A veces hablábamos de Pedro, del trabajo o de cualquier cosa durante unos minutos.

Pero yo me quedaba pensando en su voz durante horas.

Porque la verdad era que Andrés me gustaba.

Me gustaba demasiado.

Ya no podía seguir diciéndome que era solamente un capricho.

No sabía si era amor, deseo o una atracción que había crecido demasiado.

Solo sabía que cuando escuchaba su voz o lo veía pasar, algo dentro de mí cambiaba.

Y mientras tanto, yo seguía luchando contra el juego.

Había utilizado dinero de Pedro, dinero de mi pensión y tarjetas. Había pedido préstamos y había pasado noches enteras intentando recuperar lo que había perdido.

Pero finalmente comencé a comprender algo.

No podía recuperar mi dinero jugando.

No podía recuperar el tiempo perdido.

Y tampoco podía cambiar mi pasado.

Yo era una mujer que había cometido errores, sí.

Pero mis errores no tenían por qué convertirse en toda mi identidad.

Tenía un hijo que amaba.

Tenía una vida que todavía podía reconstruir.

Y, aunque todavía no sabía qué lugar ocuparía Andrés en mi historia, entendí que antes de descubrir si alguien podía amarme, tenía que volver a aprender a quererme yo.

Porque quizá Andrés nunca sería mío.

Quizá aquella historia nunca tendría un principio.

Pero yo todavía podía darle un nuevo comienzo a mi propia vida.

Y esa vez, quería hacerlo por mí.

1
Lidia Morales
Me encantó tu novela
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