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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:617
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

11

Las contracciones empezaron un martes de madrugada, dos semanas antes de la fecha calculada, con un dolor que Paulo describió después, cuando ya podía reírse del asunto, como "algo que no tiene comparación posible, ni te molestes en preguntar". Henry, medio dormido todavía cuando Paulo lo despertó apretándole el brazo con una fuerza que dejaría marca, tardó unos segundos eternos en procesar lo que estaba pasando antes de saltar de la cama con tanta prisa que se golpeó la rodilla contra el borde del mueble.

—¿Ya? ¿Es ahora?

—Henry, la bolsa. La bolsa que preparamos hace semanas.

—Sí, sí, la bolsa. —Dio dos vueltas completas por el cuarto antes de finalmente localizar la bolsa exactamente donde la habían dejado, junto a la puerta, esperando este momento exacto—. Ya la tengo. ¿Puedes caminar? ¿Necesitas que te cargue?

—Puedo caminar, Henry, no seas dramático.

Llegaron al hospital con Henry manejando más rápido de lo que cualquier límite de velocidad permitía, disculpándose en cada semáforo por algo que ni siquiera había hecho mal, y las siguientes horas se difuminaron para Paulo en una mezcla de dolor intenso, la voz calmada de la partera repitiéndole cuándo pujar, y la mano de Henry apretada contra la suya con tanta fuerza que probablemente le dejó marca también a él.

Hubo un momento, cerca de las diez de la mañana, donde algo en el monitor cambió de tono y dos enfermeras más entraron a la sala con una urgencia que a Henry le heló la sangre, aunque nadie le explicó nada de inmediato. Se quedó parado contra la pared, sin soltar la mano de Paulo ni un segundo, con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía escuchar lo que la partera decía.

—¿Qué pasa? ¿Está todo bien?

—El bebé está un poco estresado, nada grave, solo necesitamos moverlo un poco de posición. —La partera, sin perder la calma en ningún momento, le puso una mano en el hombro a Henry—. Respire, papá. Su esposo lo necesita tranquilo, no asustado.

Henry tragó saliva, obligándose a respirar más despacio, y volvió a concentrar toda su atención en Paulo, que respiraba entrecortado entre contracciones cada vez más seguidas.

—Estoy aquí. No me voy a ningún lado.

—Ya lo sé, idiota. —Paulo soltó una risa entrecortada de dolor, apretándole la mano todavía más fuerte—. Deja de decirlo cada dos minutos.

Lucas nació pasadas las once de la mañana, con un llanto tan fuerte que la partera se rió y comentó que "este ya viene con carácter propio", y cuando lo pusieron sobre el pecho de Paulo, todavía cubierto de esa película tibia del parto, con los ojos apenas entreabiertos y los puños chiquitos apretados contra su propia cara, Paulo sintió que el mundo entero se reducía, por un momento, a ese peso pequeño y caliente contra su piel.

—Hola —le susurró, sin poder contener las lágrimas que le corrían libremente por la cara—. Hola, mi amor.

Henry, a su lado, tenía la cara igual de mojada, con una mano temblorosa acariciando la cabecita cubierta de un pelusa oscura que ya empezaba a insinuar de quién había heredado el cabello.

—Es perfecto —dijo, con la voz completamente rota—. Es absolutamente perfecto.

...***************...

Las primeras semanas en casa fueron un torbellino de cosas que ninguno de los dos había anticipado del todo, a pesar de todos los libros que Paulo había leído durante el embarazo con la esperanza de sentirse preparado. Lucas dormía en fragmentos cortos e impredecibles, despertándose con hambre a horas que no seguían ninguna lógica reconocible, y Paulo y Henry se turnaban las noches con una coordinación torpe que mejoraba apenas un poco cada semana.

—Creo que ya no recuerdo cómo era dormir ocho horas seguidas —murmuró Paulo una madrugada, meciendo a Lucas mientras Henry preparaba un biberón con los ojos medio cerrados de sueño.

—Yo creo que ya olvidé qué se siente estar completamente despierto.

Se rieron los dos, con esa risa cansada y floja de quien lleva días sin dormir bien pero encuentra igual algo de humor en el caos compartido. Lucas, ajeno por completo a la conversación, seguía llorando con esa insistencia particular de los recién nacidos, hasta que finalmente aceptó el biberón y el silencio volvió a instalarse en el departamento por un rato precioso.

Una noche, cerca de la tercera semana, Paulo se despertó de golpe con la certeza absoluta de haber escuchado a Lucas llorar, solo para encontrar la cuna vacía y el corazón subiéndosele a la garganta por medio segundo antes de escuchar voces bajitas viniendo de la sala. Encontró a Henry sentado en el sillón, con Lucas dormido sobre su pecho, cantándole desafinadamente algo que Paulo tardó un momento en reconocer como una canción de cuna real, deformada casi hasta lo irreconocible por la falta de oído musical de Henry.

—¿Qué haces?

—No podía dormir. Él tampoco. Pensé que un poco de música ayudaría. —Henry bajó la voz todavía más, sin dejar de mecerlo despacio—. No está funcionando muy bien, para ser honesto, pero se ve que le gusta de todas formas.

Paulo se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro, observando la carita relajada de Lucas contra el pecho de Henry, completamente dormido a pesar de la calidad cuestionable del canto. —Cantas terrible.

—Lo sé. Pero funciona.

—Funciona porque le gusta tu voz, no porque cantes bien.

—Voy a tomar eso como un cumplido de todas formas.

Se quedaron así un rato largo, en la quietud tibia de esa madrugada, sin ninguna prisa por moverse, disfrutando ese pequeño paréntesis de calma en medio de semanas que se sentían como un caos organizado apenas a tiempo.

Fue en una de esas madrugadas, con Lucas ya dormido de nuevo y los dos sentados en el piso de la sala, demasiado despiertos todavía para volver directo a la cama, cuando Paulo se permitió decir en voz alta algo que llevaba semanas rondándole por dentro.

—Ojalá mis papás lo pudieran conocer.

Henry lo abrazó, sin decir nada al principio, dejando que el silencio hiciera su trabajo antes de que las palabras llegaran.

—Yo también lo pienso. Creo que tu papá hubiera sido el abuelo más consentidor del mundo.

Paulo sonrió, con esa mezcla familiar de tristeza y cariño que ya conocía bien—. Me hubiera gustado que lo vieran crecer.

—Va a saber de ellos, de todas formas. Te lo prometo. Le vamos a contar todo lo que necesite saber.

Paulo apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo ese calor conocido instalársele en el pecho, y por un rato largo se quedaron así, en silencio, escuchando la respiración pareja de Lucas desde la cuna cercana, con esa clase de cansancio feliz que solo se consigue después de haber construido algo que vale absolutamente la pena.

...***************...

Hubo una tarde, ya con Lucas cumpliendo su primer mes, en que Paulo se quedó parado frente a la cuna un buen rato, sin ninguna razón concreta, solo observándolo dormir, hasta que un miedo viejo y conocido empezó a treparle desde el estómago sin ningún aviso.

—¿Y si lo hago mal? —le preguntó a Henry esa noche, con la voz pequeña, mientras se preparaban para dormir—. Nadie me enseñó a ser padre. No tuve ningún ejemplo que seguir después de los doce años.

Henry se sentó en el borde de la cama, tomándole las manos con esa paciencia que nunca parecía agotársele.

—Tuviste a mis papás, Paulo. Los viste criarme a mí durante años. Y antes de eso, tuviste a los tuyos, aunque haya sido poco tiempo. Eso también cuenta.

—No sé si es suficiente.

—Nadie sabe si es suficiente hasta que ya lo está haciendo. —Le besó la frente—. Y mírate. Llevas un mes entero cuidándolo con una dedicación que ni siquiera te cuestionas, levantándote cada vez que llora, aprendiendo cada mañana de sus llantos qué necesita. Eso ya es ser un buen padre, Paulo. No hace falta ningún manual perfecto para eso.

Paulo se quedó pensando en eso, dejando que el miedo se aflojara despacio, y aunque no desapareció del todo esa noche, sintió que al menos se volvía más liviano de cargar con Henry ahí, sosteniéndolo con la misma constancia con la que sostenía a Lucas cada madrugada.

...***************...

Karla siempre llegaba con tantas bolsas de regalos que necesitaba dos viajes desde el auto para subirlas todas, y se quedaba horas enteras sosteniendo a Lucas con una expresión de puro embeleso, cantándole canciones de cuna a media voz sin que nadie se lo pidiera. Edward, más contenido pero igual de conmovido, se sentó a su lado en el sillón, observando al bebé con una sonrisa pequeña que no se le borró en toda la visita.

—Tiene tus ojos, Paulo —dijo en algún momento, señalando los ojos apenas entreabiertos de Lucas—. Ese color miel exacto.

—Todavía es muy pronto para saber el color definitivo.

—Yo ya lo sé. Confía en mí, llevo suficientes años viendo bebés crecer como para reconocer ese color desde ahora.

Del taller, de parte de Octavio y Rosario, hicieron llegar en una canasta de tela, decorada con un patrón de estrellas que a Paulo le pareció, sin poder explicar bien por qué, exactamente el tipo de regalo perfecto para ese momento.

Paulo se sintió muy feliz, con una plenitud que le costaba nombrar del todo; su hijo recién nacido rodeado de gente que ya lo quería con esa intensidad instantánea que solo los bebés parecen provocar, en un departamento pequeño que de pronto se sentía enorme de tanto cariño acumulado entre sus paredes.

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