una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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Capítulo 9: La promesa bajo la lluvia
El castigo de Zeus había terminado, pero el eco del rayo todavía resonaba en el salón del Olimpo.
Ares permanecía de pie, aunque el dolor recorría todo su cuerpo.
Afrodita dio un paso hacia él.
—¿Te encuentras bien?
Ares asintió con dificultad.
—He soportado heridas peores.
Ella sabía que mentía.
El rayo de Zeus no dañaba el cuerpo, sino el espíritu de los dioses.
Era un dolor que tardaba días en desaparecer.
Desde su trono, Zeus habló por última vez.
—Recuerden esto. Los mortales deben superar esta prueba por sí solos.
Sin esperar respuesta, abandonó el salón.
Uno a uno, los demás dioses hicieron lo mismo.
Solo quedaron Ares y Afrodita.
—No debiste cargar con toda la culpa —dijo ella.
Ares se encogió de hombros.
—No iba a permitir que te castigaran también.
Afrodita lo miró sorprendida.
—¿Desde cuándo te preocupas por mí?
Ares sonrió apenas.
—Desde que compartimos el mismo problema.
Los dos rieron suavemente.
Por primera vez en siglos, el dios de la guerra y la diosa del amor se sentían como verdaderos aliados.
Mientras tanto, en la Tierra...
Sara despertó antes del amanecer.
La lluvia golpeaba el techo de su casa.
Su madre la observó mientras preparaba una pequeña mochila.
—Con este clima nadie irá a trabajar.
Sara terminó de ponerse la chaqueta.
—Precisamente por eso debo ir.
—Pero podrías enfermarte.
—Si yo no ayudo, alguien tendrá que hacerlo solo.
Su madre sonrió con orgullo.
—Cada día te pareces más a tu padre.
Sara le dio un abrazo.
—Gracias, mamá.
Al llegar al mercado encontró una escena desalentadora.
La tormenta había derribado varios puestos.
Las cajas estaban empapadas.
Los comerciantes intentaban salvar lo poco que quedaba.
Sin perder tiempo, Sara comenzó a levantar tablas caídas y a cubrir la mercancía con lonas.
Pronto algunos vecinos se unieron.
—¡Traigan cuerdas!
—¡Levanten ese poste!
—¡Cuidado con esa pared!
En menos de dos horas, el mercado volvía a estar en funcionamiento.
El dueño del lugar respiró aliviado.
—Si no hubieras llegado tan temprano, lo habríamos perdido todo.
Sara sonrió.
—No fui yo sola.
Miró a las personas que trabajaban juntas.
—Todos lo hicimos.
Desde el Olimpo, Atenea observaba la escena.
—¿Lo ves, padre?
Zeus permanecía en silencio.
—Cada vez más personas cooperan gracias a ella.
—Eso no significa que la humanidad haya cambiado.
Atenea respondió con calma.
—Los grandes cambios siempre comienzan con una sola persona.
Zeus no respondió.
Sin embargo, volvió a mirar el Espejo del Mundo.
Había algo en Sara que escapaba a toda lógica.
Al caer la tarde, Sara regresó al puente donde había conocido a "Ario" y "Afro".
Miró el río con una pequeña sonrisa.
—Ojalá estén bien...
No sabía por qué, pero sentía que aquellos dos desconocidos escondían una gran tristeza.
De pronto, escuchó unos pasos.
Era Elena.
—¡Aquí estabas!
Sara sonrió.
—Necesitaba despejarme un poco.
Elena se apoyó en la baranda.
—¿En qué piensas?
Sara dudó unos segundos.
—Conocí a dos personas muy extrañas.
—¿Extrañas?
—Sí... apenas hablamos unos minutos, pero sentí que los conocía desde hace mucho tiempo.
Elena soltó una risita.
—¿Será que alguno te gusta?
Sara sintió cómo sus mejillas se enrojecían.
—¡¿Qué?!
—Vamos, te conozco desde niñas.
Sara bajó la mirada.
—No... no es eso.
Aunque, en el fondo, recordaba la mirada tranquila de Afro y la seriedad de Ario.
Había algo en ambos que la hacía sentir segura.
Esa misma noche, Ares caminaba solo por los jardines del Olimpo.
No podía dejar de pensar en Sara.
—¿Qué me está pasando...? —murmuró.
Nunca antes había esperado con ansias volver a ver a un mortal.
Mientras reflexionaba, Afrodita apareció con dos tazas de néctar.
—Pensé que necesitarías compañía.
Ares aceptó una de las tazas.
—Gracias.
Se sentaron en silencio.
Finalmente, Afrodita habló.
—Yo tampoco puedo dejar de pensar en ella.
Ares la miró de reojo.
—¿También?
Afrodita asintió.
—Su bondad... su fuerza... la forma en que sonríe incluso cuando todo va mal...
Suspiró.
—Es diferente.
Ares observó las estrellas.
—Cuando estoy cerca de ella...
Hizo una pausa.
—Siento que quiero protegerla.
Afrodita sonrió con ternura.
—Creo que ambos estamos empezando a sentir algo que nunca habíamos experimentado.
Ares la miró confundido.
—¿Qué es?
Afrodita respondió con una sonrisa tranquila.
—Aún es pronto para llamarlo amor...
Pero creo que nuestros corazones ya comenzaron un camino del que no podrán regresar.
Los dos guardaron silencio.
Ninguno imaginaba que, desde las sombras de una columna, una figura escuchaba toda la conversación.
Era Eris, la diosa de la discordia.
Con una sonrisa maliciosa, susurró:
—Qué interesante...
Si el dios de la guerra y la diosa del amor se enamoran de la misma mortal...
El Olimpo caerá en el caos.
Y yo me aseguraré de que eso ocurra.
Una risa suave y escalofriante resonó entre las sombras, mientras el primer gran enemigo de Sara comenzaba a mover sus piezas.
Fin del Capítulo 9.