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Vendida Al Rey Dragón

Vendida Al Rey Dragón

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Dragones
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia Hache

Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.

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Capítulo 2

El eco de esas palabras resonó en la gran sala de piedra como una sentencia de muerte.

—¿Vendidamente? ¿Como si fuera ganado? —La voz de Isabela estalló, rompiendo la quietud sepulcral del palacio. Dijo cada sílaba con una furia sorda que le quemaba la garganta, dando un paso al frente con los puños tan apretados que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos—. ¡¿Cómo pudiste hacerme esto, padre?! ¡¿Cómo fuiste capaz de ponerle precio a mi vida para salvar un pellejo que ya está podrido por la cobardía?!

El rey Aethelgard retrocedió un paso, sacudido por el golpe. Nunca antes su hija le había hablado con semejante desprecio, pero el dolor y la traición eran tan grandes que ya no quedaba espacio para el respeto de la sangre.

—¡Baja la voz! —replicó el rey, intentando recuperar una autoridad que ya no poseía, aunque su propia voz temblaba—. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Sentarme a mirar cómo la escarcha entra por las puertas y congela a los ancianos en sus camas? ¿Ver a los niños devorarse las manos de hambre mientras tú juegas a ser la princesa digna en una torre vacía?

—¡Prefiero morir congelada antes que entregarme a un monstruo! —gritó Isabela, con los ojos ardiendo en lágrimas de impotencia—. ¡Malakor no es un rey, padre! Es el señor de las cenizas, un tirano que gobierna un imperio construido sobre masacres y fuego. ¡Me estás mandando a la boca del lobo! ¡A una muerte segura!

—¡Al menos esa muerte servirá de algo! —bramó el rey, perdiendo el control y golpeando la mesa de roble con los nudillos—. ¡Tú eres la princesa de Valaria! Tu sangre, tu comodidad y tu orgullo no valen más que la supervivencia de miles de inocentes que hoy rezan por un milagro. Si para salvar este maldito reino tengo que entregarte al mismísimo infierno, lo volvería a hacer mil veces.

Isabela sintió que el corazón se le partía en dos. Miró al hombre frente a ella, al hombre que una vez fue su héroe y que ahora, acorralado por la miseria, la había tratado como a una simple moneda de cambio. Ya no quedaba nobleza en su mirada, solo la desesperación egoísta de un rey que se negaba a hundirse solo.

—Ya veo —murmuró Isabela, y su voz, antes llena de rabia, se volvió helada, tan fría como las ventiscas del exterior—. No salvaste un reino, padre. Lo único que hiciste fue comprarte unos meses más de vida a cambio de mi alma.

—Isabela... —intentó decir el rey, extendiendo una mano temblorosa hacia ella, arrepentido al ver el abismo que acababa de abrirse entre ambos.

—No me toques —espetó ella, dando un paso atrás con una rigidez mortal—. Si soy la dote de Valaria... si ya decidiste mi destino y me has entregado a ese monstruo... que te quede muy claro una cosa: cuando cruce las puertas del sur y me pierda en el fuego de Asgardia, dejaré de ser tu hija.

El eco de las últimas palabras de Isabela aún flotaba en el aire gélido de la sala del trono cuando el suelo comenzó a temblar.

No era un temblor común. Era un pulso sordo, profundo, que hacía vibrar las piedras antiguas de los cimientos y hacía tintinear los cálices de plata sobre las mesas. Las antorchas de las paredes parpadearon, aterrorizadas por una corriente de aire repentina y sofocante que barrió el frío invernal, reemplazándolo por una ola de calor seco y sofocante.

El rey Aethelgard palideció, dando un tropiezo hacia atrás.

—No... No puede ser tan rápido —balbuceó el rey, con los ojos abiertos de pánico—. El pacto decía que enviarían una escolta al final de la luna...

—Parece que tu nuevo amo no tiene paciencia para formalidades, padre —respondió Isabela, aunque por dentro un nudo de puro terror le apretaba las entrañas.

Un estruendo ensordecedor rompió el techo de cristal del patio central. Pedazos de hielo, nieve y cristales llovieron sobre los mosaicos mientras una sombra gigantesca y alada oscurecía la luz mortecina del día. Fuera, los gritos de los guardias de Valaria se apagaron casi al instante, ahogados por el rugido feroz y gutural de una bestia que hacía temblar el cielo.

Las grandes puertas de roble de la sala del trono no se abrieron: estallaron hacia adentro, hechas astillas por una fuerza descomunal.

El silencio que siguió fue absoluto, pesado y mortal.

De la humareda y el polvo emergió una figura que desafiaba cualquier etiqueta de la realeza. Malakor, el Rey de los Dragones, no vestía sedas finas ni túnicas recamadas de oro como los monarcas del sur. Su presencia era la de un caudillo bárbaro, un vikingo rústico y rudo esculpido en la guerra y la intemperie.

Llevaba el torso parcialmente descubierto, mostrando una complexión colosal y musculosa, cruzada por cicatrices de batalla y runas oscuras tatuadas sobre la piel que parecían latir con brasas vivas. Cintas de cuero curtido sujetaban protectores de hierro pesado sobre sus hombros, y una capa hecha con la piel escamada de una bestia descomunal arrastraba tras de sí, impregnada del olor a azufre y humo. Su cabello oscuro y salvaje caía enmarañado sobre su rostro, y sus ojos, de un ámbar brillante y rasgado como el de un depredador, escrutaron la sala con una superioridad aplastante.

A sus espaldas, flanqueando la entrada destrozada, dos enormes guerreros con armaduras de hierro negro y hachas de guerra custodiaban el umbral, mientras afuera, la silueta titánica de su dragón seguía exhalando vapor caliente por las fauces.

Malakor dio un paso al frente, haciendo crujir la madera rota bajo sus botas pesadas. Su sola presencia hizo que el aire de la sala pareciera espeso y difícil de respirar.

—El invierno en tu reino es miserable, rey Aethelgard —la voz de Malakor era grave, áspera como piedras chocando entre sí, y resonó con una autoridad implacable que exigía rodillas dobladas—. Pero veo que al menos cumpliste con tu palabra.

Isabela contuvo la respiración, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas a pesar del calor que irradiaba el rey dragón. Con la barbilla en alto, se obligó a no retroceder ni un solo milímetro, clavando sus ojos en los de aquel monstruo que acababa de comprar su libertad.

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Dulce maria Canelon
hayyyy espero que no se la tome algo debe saber ella, algo le debió de transferir la dragona cuando la toco no o se digo yo
Flæka Caviedez
Ayyyyy que no se la tomé
Nena
Uf!!! De una se la soltó
Natalia Vasquez
tantas pruebas que le pone Malakor a Isabela😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔👏👏👏👏👏quieres una reina o es una competidora 😂😂😂😂😂.
Natalia Vasquez
uppppps valla ese hombre va al punto 😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔👏👏👏👏.
Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Natalia Vasquez
ambos son orgullosos y mandones😂😂😂😂😂.
Natalia Vasquez
se quedó mamando la otra pendeja, toma pa que lleves 😂😂😂😂👏👏👏👏👏🤔🤔🤔🤔.
Yolanda Plazola Arroyo: jajajaja y si valla babosada pará que se entretenga 😂😂
total 1 replies
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