Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 21 — Quince años
Narra Marcos
Finalmente llegó el día que más miedo me daba.
La última audiencia.
Desde temprano sentía un nudo en el estómago. No había podido dormir casi nada. Lo único que hacía era pensar en Daniela.
En su cara.
En sus lágrimas.
En aquella última vez que la vi cuando los tombos me sacaron de su casa.
Ella me había agarrado fuerte de la camisa porque yo tenía las manos esposadas detrás de la espalda.
“Te amo, mi vida.”
Todavía podía escuchar su voz.
Entré a la sala y me senté.
Miré hacia los lados.
Daniela no estaba.
Otra vez.
Sentí una tristeza muy hijueputa.
Yo quería verla aunque fuera por unos segundos.
El juez entró y todos nos pusimos de pie.
Después de unos minutos, comenzó a leer la decisión.
Yo intentaba mantenerme tranquilo, pero cada palabra me hacía sentir peor.
Hasta que escuché mi nombre.
—Marcos Rodríguez.
Levanté la mirada.
El juez continuó leyendo la sentencia.
Yo sentía que el corazón me golpeaba durísimo.
Y entonces escuché la cantidad.
Quince años.
Quince años.
Me quedé completamente paralizado.
—No...
Sentí que los ojos se me llenaron de lágrimas.
No podía creerlo.
Quince años.
Me llevé las manos a la cara y comencé a llorar.
—Señor Rodríguez, por favor mantenga la calma.
Pero yo ya no podía.
Quince años era demasiado tiempo.
Pensé en Daniela.
Pensé en nuestro bebé.
Pensé en todas las cosas que me iba a perder.
No iba a verla graduarse.
No iba a estar cuando naciera nuestro hijo.
No iba a verlo crecer.
No iba a poder acompañar a Daniela.
Quince años.
Me limpié las lágrimas y levanté la mirada.
Entonces vi a Lisbeth.
Estaba sentada al otro lado.
No dijo nada.
Ni una palabra.
Solo permaneció seria.
La miré durante varios segundos.
Era mi mejor amiga.
La mujer a la que durante años consideré mi hermana.
La persona con la que compartí tantos momentos.
Y ahora estaba ahí mientras me condenaban a quince años.
—¿De verdad hiciste esto? —murmuré.
Ella no respondió.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
No podía entender cómo habíamos llegado hasta ese punto.
Yo sabía que estaba dolida.
Sabía que sentía que la había traicionado.
Pero jamás imaginé que llegaría tan lejos.
Me levantaron para llevarme nuevamente.
Antes de salir, volví a mirar a Lisbeth.
—Usted sí me traicionó.
Ella bajó la mirada.
—Y bien feo.
No respondió.
Yo respiré profundo.
Las lágrimas seguían bajándome por las mejillas.
Uno de los funcionarios me indicó que tenía que caminar.
Comencé a avanzar.
Pero antes de salir de la sala, pensé nuevamente en Daniela.
“Te prometí que iba a volver.”
Ahora esa promesa parecía imposible.
Quince años.
¿Cómo iba a esperarme?
¿Cómo iba a explicarle todo a nuestro hijo?
¿Cómo iba a recuperar el tiempo perdido?
Me llevaron por el pasillo.
Yo caminaba con la cabeza agachada.
Sentía que me habían quitado mi vida.
Pero había algo que todavía nadie podía quitarme.
El amor que sentía por Daniela.
Y aunque en ese momento no sabía cómo iba a hacerlo, tenía una sola certeza.
Algún día iba a volver a verla.
Porque yo todavía tenía una promesa pendiente.
—Te dije que iba a volver por vos, mi reina —murmuré—. Y no pienso olvidarlo.
Seguí caminando mientras las puertas se cerraban detrás de mí.
Quince años.
Eso era lo que me esperaba.
Y lo único que podía hacer era resistir.
Por Daniela.
Por mi hijo.
Y por aquella promesa que todavía llevaba conmigo.