Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 2. La mejor opción
La puerta apenas había terminado de cerrarse detrás de James cuando todos comenzaron a hablar otra vez.
Yo no.
Seguía mirando el lugar por donde se había marchado, intentando comprender cómo alguien podía levantarse, rechazar semejante problema y salir de la habitación con tanta tranquilidad.
En ese momento lo envidié.
Yo también quería irme.
Quería volver al hospital, sentarme junto a mamá y esperar noticias de papá sin pensar en acciones, inversionistas ni en quién ocuparía su puesto. Quería que alguien me dijera que todo estaría bien y poder creerle.
Pero nadie podía hacerlo.
Así que seguía allí.
Frente a la silla vacía.
—No podemos perder más tiempo —dijo Adrián.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
Mi hermano había necesitado menos de un minuto para volver al asunto.
La discusión continuó alrededor de la mesa. Adrián defendía que nombrar a alguien de la familia enviaría un mensaje de estabilidad. Algunos consejeros intentaban explicarle que el apellido no era suficiente. Otros preferían no enfrentarlo directamente.
Yo escuché durante un rato.
Hasta que dejé de poder hacerlo.
—Basta.
No grité.
No hizo falta.
La sala quedó en silencio y Adrián giró hacia mí.
Llevaba toda la mañana conteniéndome. Desde el hospital había intentado mantener la cabeza fría, ayudar a mamá, escuchar a los médicos y no imaginar el peor escenario posible.
Pero había llegado a mi límite.
—No vas a ser presidente, Adrián.
Su expresión cambió inmediatamente.
No le gustó.
Era lógico.
Mi hermano estaba acostumbrado a conseguir casi todo lo que quería y, cuando no lo conseguía, solía encontrar la forma de convertirlo en un desafío personal.
Aquella vez no podía permitírselo.
Adrián tenía muchas cualidades. Era inteligente, carismático y sabía moverse entre personas como si hubiera nacido para conseguir que lo escucharan. También era ambicioso, y en otras circunstancias quizá eso habría sido una ventaja.
El problema era que nunca había aprendido a acompañar esa ambición con paciencia.
Durante años, papá había intentado involucrarlo en la empresa. Le había dado proyectos, responsabilidades e incluso un despacho que Adrián utilizaba con una irregularidad casi ofensiva.
Siempre aparecía algo más interesante.
Viajes.
Fiestas.
Amigos.
Alguna inversión que prometía resultados extraordinarios y que, unas semanas después, dejaba de mencionar.
Adrián quería llegar arriba.
Simplemente nunca había mostrado demasiado interés por subir los escalones.
—No puedes decidir eso tú —respondió.
—No. Pero puedo decir lo que todos están pensando.
No necesité mirar a los demás para saber que varios se habían puesto incómodos.
Lo sentía por Adrián.
De verdad.
Pero lo sentiría mucho más si su orgullo terminaba dañando la empresa que papá había construido durante toda su vida.
Mi hermano me observó con una mezcla de enfado y decepción.
Por un instante sentí culpa.
Entonces miró la silla de papá.
Y la culpa desapareció.
—Estoy preparado —insistió.
Negué con la cabeza.
—No lo estás.
Esta vez mi voz salió más tranquila.
Quizá por eso dolió más.
Le recordé que conocer la empresa no era lo mismo que saber dirigirla. Haber crecido escuchando conversaciones de negocios durante la cena tampoco nos convertía automáticamente en capaces de tomar decisiones que afectaban a miles de personas.
Y dije nos por una razón.
Porque no pensaba esconderme detrás de los errores de Adrián para parecer mejor.
—Yo tampoco estoy preparada.
Él pareció sorprendido.
También algunos miembros del consejo.
No sabía por qué.
Ser hija de papá no me había transferido mágicamente sus treinta años de experiencia.
Yo conocía la empresa. Había trabajado en ella, entendía muchas de sus operaciones y probablemente había prestado más atención que Adrián durante los últimos años.
Pero de ahí a ocupar la presidencia existía una distancia enorme.
Y yo era lo suficientemente consciente para reconocerla.
Algún día quería estar preparada.
Ese día no había llegado.
Mucho menos de aquella forma.
Con papá conectado a un monitor y todos esperando que alguno de sus hijos pudiera convertirse en él de la noche a la mañana.
Adrián apartó la mirada.
Supe que lo había herido.
No quería hacerlo, pero tampoco podía protegerlo de una verdad que afectaba a demasiadas personas.
—Entonces, ¿qué propones? —preguntó finalmente.
No tuve que pensarlo.
—James.
El nombre quedó entre nosotros.
Adrián soltó el aire con fastidio y volvió a sentarse.
Yo miré la puerta.
No me gustaba admitir que necesitábamos a James.
Había algo especialmente irritante en necesitar a una persona que acababa de dejarnos con la palabra en la boca.
Pero no podía permitir que mis sentimientos personales interfirieran.
James era la mejor opción.
No porque fuera perfecto.
Definitivamente no lo era.
Era frío cuando los demás dudaban, calculador cuando todos querían ganar tiempo y capaz de tomar decisiones que a mí probablemente me quitarían el sueño.
Precisamente por eso lo necesitábamos.
James no iba a ocupar la silla de papá para alimentar su ego.
No necesitaba el título.
Ni el dinero.
Ni demostrar que podía hacerlo.
Y quizá esa era la diferencia más importante entre él y Adrián.
Mi hermano quería el poder que representaba aquella silla.
James entendía el peso.
La conversación continuó, aunque ya no me interesaban demasiado las otras opciones.
Un comité provisional podía servir durante algunos días, pero no resolvería el problema. Traer a alguien completamente ajeno a la empresa tomaría tiempo. Y entregársela a Adrián solo porque compartía el apellido de papá era una apuesta que no estaba dispuesta a hacer.
James conocía cada rincón importante del negocio.
Su relación con la empresa había comenzado mucho antes de que cualquiera de nosotros tuviera edad suficiente para preocuparnos por esas cosas. Conocía a papá. Conocía a los accionistas. Y, sobre todo, sabía enfrentarse a una crisis sin dejar que el miedo decidiera por él.
Yo llevaba toda la mañana haciendo exactamente lo contrario.
Tenía miedo.
Muchísimo.
De que papá empeorara.
De que la empresa comenzara a caer mientras él estaba en el hospital.
De que Adrián hiciera alguna estupidez por demostrar que podía dirigirla.
Y también de James.
Aunque esa era una clase de miedo que no pensaba analizar en aquel momento.
—No quiere hacerlo —murmuró Adrián.
Lo miré.
Su enojo parecía haber disminuido. Ahora solo parecía cansado.
—Lo sé.
Y ese era nuestro nuevo problema.
James ya había dicho que no.
Más de una vez.
Podíamos convocar otra junta, enviarle documentos o pedirle a alguien del consejo que hablara con él.
No funcionaría.
Si queríamos que reconsiderara, alguien tendría que enfrentarlo fuera de aquella sala.
Y por alguna razón que prefería no examinar demasiado, supe que ese alguien tendría que ser yo.
Adrián me conocía lo suficiente para darse cuenta.
—No me digas que piensas ir detrás de él.
No respondí.
Tomé mi teléfono.
No tenía intención de perseguir a James por toda la ciudad. Mucho menos llamarlo para preguntarle dónde estaba. Después de la forma en que había salido, probablemente disfrutaría demasiado ignorando mi llamada.
Pero conocía a alguien que sí sabría dónde encontrarlo.
Busqué un contacto que llevaba años sin utilizar.
Clara — Asistente de James.
Mi dedo quedó suspendido sobre el nombre.
Cinco años.
No recordaba la última vez que había tenido una razón para preguntarle a alguien dónde estaba James.
Y me parecía perfectamente bien mantenerlo así.
Hasta hoy.
Me levanté de la mesa y salí al pasillo antes de hacer la llamada.
Clara respondió después del tercer tono.
Intenté sonar casual.
No lo conseguí.
Le expliqué que necesitaba hablar con James por un asunto urgente de la empresa y le pregunté si sabía dónde podía encontrarlo.
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
Después me dio la respuesta.
James se había marchado a su hacienda
Le agradecí y le pedí que no le informara que llamé.
De todos los lugares posibles tenía que ser ese.
Miré a través de los ventanales. El cielo, que había amanecido gris, estaba cada vez más oscuro. A lo lejos se acumulaban nubes que prometían una tormenta antes de que terminara la tarde.
Una persona sensata habría esperado hasta el día siguiente.
Le habría enviado un mensaje.
Habría permitido que el consejo buscara otra solución.
Guardé el teléfono en mi bolso.
Por desgracia, nunca había sido especialmente sensata cuando se trataba de James.
Y si él no pensaba regresar a nosotros, tendría que ir yo a buscarlo.
Y haría lo necesario para converserlo, hasta recordar lo sucedido hace cinco años ...