Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 9. EL MILAGRO DE LA TORMENTA
Una densa tormenta de otoño golpeaba los inmensos cristales de la biblioteca de la escuela nocturna, difuminando las luces de la ciudad bajo un manto de lluvia intensa. Sasha permanecía sentada en una de las mesas del fondo, rodeada de gruesos tomos de contabilidad y esquemas de diseño industrial. Tenía la espalda completamente apoyada contra el respaldo de la silla de madera y una mano descansando sobre la inmensa redondez de su vientre de nueve meses. Se sentía pesada, exhausta y con un dolor sordo en la zona lumbar que atribuía a las horas de estudio previas a los exámenes finales.
—Solo un balance más... —susurró para sí misma, forzando la vista sobre los números.
De repente, una punzada violenta, aguda y punzante le recorrió el vientre desde la base del útero, haciéndola soltar un jadeo de dolor que rompió el silencio de la biblioteca. Se quedó paralizada, conteniendo la respiración mientras se aferraba al borde de la mesa de madera. Segundos después, una sutil sensación de calor le recorrió las piernas. Su ropa se empapó por completo al instante.
El pánico inicial dio paso a una oleada de pura adrenalina. Había roto aguas.
Con los dedos temblorosos por los nervios, Sasha sacó su teléfono móvil del bolso y marcó el número de su hermano Daniel, que se encontraba terminando su turno en la fábrica, a pocas calles de allí.
—Dani... ya vienen —alcanzó a articular Sasha, justo cuando una segunda contracción, mucho más intensa que la primera, la obligó a morderse el labio inferior para no gritar de dolor.
—Mantén la calma, Sasha. No te muevas. Estoy en la puerta de la escuela en tres minutos —respondió la voz firme de su hermano antes de colgar.
El trayecto hacia la clínica privada fue un torbellino de lluvia, limpiaparabrisas a toda velocidad y el eco de los bocinazos en medio de la tormenta. Daniel conducía con una destreza impecable mientras sostenía la mano de Sasha en cada contracción. Al cruzar las puertas automáticas de urgencias, los camilleros y el personal de enfermería ya la esperaban con una silla de ruedas, alertados por sus padres, quienes ya volaban hacia el hospital desde una reunión de la provincia vecina.
Las horas que siguieron en la sala de partos se convirtieron en la prueba física más devastadora e intensa de la existencia de Sasha. El dolor de las contracciones la desgarraba por dentro, sumiéndola en un agotamiento extremo que le hacía perder la noción del tiempo. Sin embargo, su instinto de protección, ese fuego indomable que se había encendido en su pecho hacía siete meses, la mantuvo firme. Con cada pujo, con cada grito ahogado en la almohada, Sasha sentía que dejaba atrás hasta el último rastro de la chica descuidada que solía ser.
—¡Un último esfuerzo, Sasha! ¡Ya veo la cabeza del primero! —exclamó la doctora asignada por la familia, dándole ánimos en medio del esfuerzo.
Sasha apretó los dientes, aferrándose a las barras de la camilla con una fuerza que no sabía que poseía, y empujó con todo su ser. Un llanto agudo, enérgico y potente rompió de golpe la tensión del quirófano:
¡Uaaá! ¡Uaaá!
—Es un niño precioso y fuerte, Sasha —anunció la doctora, depositando al primer bebé, llorón y lleno de una energía desbordante, sobre el pecho desnudo de su madre.
Sasha rompió a llorar de pura emoción, rodeando al pequeño con su brazo. Tenía la piel rosada y un cabello oscuro y revuelto idéntico al de ella. En ese preciso instante, al ver la fiereza de su llanto y la vitalidad que desprendía, supo exactamente qué nombre llevaría.
—Hola, mi amor... hola, mi pequeño Ian —susurró entre lágrimas, besándole la cabecita. El gemelo mayor había llegado reclamando su lugar en el mundo.
Sin embargo, el descanso duró apenas unos segundos. Una nueva contracción, sutil pero exigente, la devolvió a la realidad del parto. El segundo mellizo estaba listo para nacer.
—Vamos, Sasha. Solo un poco más por tu otro bebé —la alentó la partera.
Agotada, al borde del colapso físico pero impulsada por un amor que no se podía medir, Sasha volvió a empujar. Este nacimiento fue distinto, más pausado y silencioso. El segundo bebé llegó al mundo con un llanto suave, casi un murmullo tímido que se calmó en cuanto la doctora lo limpió y lo acomodó al lado de su hermano en el pecho de Sasha.
Sasha bajó la mirada hacia su segundo hijo. El pequeño abrió lentamente los ojos en la penumbra de la sala, revelando unas pupilas oscuras, profundas y misteriosas que miraron fijamente a su madre con una quietud madura que le encogió el alma por completo. Eran los ojos del extranjero de la suite, grabados en el rostro de un ángel. Una inmensa ternura la inundó.
—Tú eres mi pequeño Oliver —susurró Sasha, estrechándolo contra su corazón con una delicadeza extrema. Oliver se acomodó a su lado, buscando el calor de su piel con una dulzura mágica que la hizo llorar de alivio.
La puerta de la sala se abrió despacio y sus padres entraron con los rostros desencajados por la prisa del viaje, pero al ver la estampa de Sasha tumbada en la cama, con sus dos mellizos recién nacidos durmiendo plácidamente sobre su pecho, se detuvieron en seco. Su madre se tapó la boca para contener un sollozo de felicidad y su padre caminó hacia la camilla, arrodillándose para besar la frente sudorosa de su hija pequeña, rodeando a las tres vidas con sus brazos fuertes. Sasha cerró los ojos, arrullada por el calor de su familia y el milagro de sus bebés, sabiendo que la tormenta de su pasado finalmente había dado paso al amanecer más hermoso de su vida.