Una joven que sufrió la violencia y la humillación pública más desgarradora regresa irreconocible al lugar de su pesadilla, convertida en alguien que ya no tiene miedo y viene por lo que le pertenece.
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CAPÍTULO 13 — UN LUNES DIFERENTE
“Después de un fin de semana perfecto, pensé que el lunes sería igual que cualquier otro… pero algo en Demián me hizo sentir que ese día sería diferente.”
El lunes llegué al colegio recordando todavía nuestra salida del sábado. Había pasado todo el domingo pensando en cada momento, en nuestras conversaciones y en lo fácil que era reírme cuando estaba con él.
Cuando entré a la sala, lo vi sentado en nuestro puesto. Apenas levantó la mirada y me sonrió. Me acerqué y me senté a su lado. —Buenos días —me dijo. —Buenos días —respondí, tratando de ocultar la sonrisa que me provocaba verlo.
La profesora comenzó la clase y durante un rato todo transcurrió con normalidad. Yo escribía en mi cuaderno mientras Demián hacía lo mismo, pero cada cierto tiempo nuestras miradas se encontraban. En una de esas ocasiones, él se acercó un poco y susurró: —¿Todavía estás pensando en el sábado? Lo miré sorprendida y sonreí. —Quizás. —Yo también —respondió antes de volver a mirar hacia adelante.
Sentí que me ponía nerviosa y traté de concentrarme en la clase. Sin embargo, unos minutos después encontré una pequeña nota sobre mi cuaderno. La abrí discretamente. Solo decía: “Hoy te ves bonita”. No pude evitar sonreír. Escribí debajo: “¿Solo hoy?”. Cuando se la devolví, Demián la leyó y tuvo que contener la risa. Me miró y negó con la cabeza, como si no pudiera creer mi pregunta.
Cuando llegó el recreo, salimos de la sala.
Caminamos juntos durante unos minutos hasta que nos quedamos un poco apartados de los demás. Demián me preguntó cómo había estado mi domingo y le conté que prácticamente había pensado todo el día en nuestra salida. Él sonrió y me dijo que le había pasado exactamente lo mismo. —Entonces no fui la única —le respondí. —Nunca dije que lo fueras —contestó.
Me quedé mirándolo y por unos segundos ninguno dijo nada. Había algo en la forma en que me observaba que hacía que todo alrededor pareciera desaparecer.
Finalmente rompí el silencio. —¿Sabes qué? Me gusta cuando estamos así. —¿Así cómo? —Solo nosotros, hablando de cualquier cosa.
Él sonrió. —A mí también.
Después del recreo volvimos a clases. El resto de la mañana pasó rápidamente y, cuando llegó la hora de salida, guardé mis cosas mientras Demián esperaba junto a la puerta. Salimos juntos y caminamos lentamente.
—¿Nos vemos mañana? —me preguntó.
—Claro.
—¿Seguro?
—Sí. ¿Por qué no?
Sonrió.
—Por nada.
Antes de separarnos, me miró unos segundos y dijo: —Cuídate.
—Tú también.
Lo vi alejarse y me quedé observándolo hasta que desapareció entre los demás estudiantes.
Esa tarde, mientras hacía mis tareas, recibí un mensaje suyo. No decía nada especial, solo preguntaba cómo estaba. Terminamos hablando durante bastante rato y, sin darnos cuenta, volvimos a recordar el sábado.
Yo estaba feliz.
Demasiado feliz.
Y quizás por eso no noté que, mientras para mí aquellos días se estaban convirtiendo en los recuerdos más bonitos de mi vida, para alguien más el tiempo seguía avanzando.
Y cada día nos acercaba un poco más a algo que yo todavía no podía imaginar.