Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —
Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.
Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.
Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.
Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.
Pero el destino no ha terminado con ella.
Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.
Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.
Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.
Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.
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Capítulo 9
Capítulo 9. El escudo
Quería que Adrián también lo viera.
Valentina me quitó el celular de las manos.
—Entonces se lo vamos a arruinar.
—No.
—Sí.
—Vale, no puedes...
—Puedo y voy.
Se subió a la tapa de un inodoro cerrado como si fuera una tarima de campaña política y empezó a escribir con los pulgares a una velocidad que daba miedo. Yo intenté quitarle el teléfono, pero me lanzó una mirada que habría detenido a un tráiler.
—Si alguien va a usar internet para destruirte, yo voy a usar internet para morderle la cara.
—Eso no es una estrategia legal.
—Es una estrategia emocional.
Publicó desde su cuenta personal, donde la seguía media universidad porque Valentina Duarte era incapaz de vivir sin audiencia.
"Difundir fotos de una compañera sin contexto y sin consentimiento no es chisme, es violencia. Si tienen pruebas, preséntenlas. Si no, dejen de comportarse como buitres con Wi-Fi."
Luego subió una historia:
"La próxima persona que comparta la foto de Nieves me etiqueta, por favor. Quiero saber exactamente a quién voy a demandar primero."
—No puedes demandar a toda la escuela —susurré.
—Mi papá tiene abogados aburridísimos. Les haría un favor.
Por cinco minutos, pensé que funcionaría.
Algunos respondieron con corazones. Hugo escribió en el grupo de la generación: "Bájenle. Esto ya se pasó." Dos chicas que apenas conocía le dieron compartir a la historia de Valentina. La profesora del laboratorio mandó un mensaje seco pidiendo respeto dentro de las instalaciones.
Después aparecieron las respuestas.
"Obvio la amiga rica la defiende."
"Las mantenidas se protegen entre ellas."
"Si es mentira, que diga quién la llevaba en el Mercedes."
"¿Por qué vive en Polanco?"
"¿Por qué no sale a explicar?"
Valentina leyó una de esas respuestas y casi estampó mi celular contra el lavabo.
—Voy a matar a alguien.
—No digas eso.
—Está bien, voy a destruir reputaciones. Suena más elegante.
Me reí. Una risa mínima, rota, pero risa.
Valentina bajó del inodoro y me abrazó sin pedir permiso. Yo me quedé rígida un segundo. Después dejé caer la frente en su hombro.
—No quiero salir —dije.
—Lo sé.
—Van a grabar.
—Entonces vamos a darles una toma preciosa de mi puño en su nariz.
—Valentina.
—Está bien, sin puños. Pero sales conmigo.
Me lavé la cara. No sirvió de mucho. La piel seguía pálida, los ojos demasiado abiertos. Valentina me acomodó el cabello con dedos torpes y luego me puso sus lentes de sol.
—Te ves misteriosa.
—Estamos dentro de un baño.
—Misteriosa y antihigiénica. Vámonos.
Salimos juntas.
El pasillo no estaba tan lleno como antes, pero los celulares seguían ahí. Siempre estaban ahí. Valentina caminó medio paso delante de mí, con los hombros cuadrados y la barbilla alta, como si todo el edificio le perteneciera por derecho de nacimiento.
Llegamos al patio central de Ingeniería antes de que el murmullo volviera a subir.
—Nieves.
La voz vino desde la escalera.
Emilio bajó los últimos peldaños con las manos en los bolsillos. Llevaba camisa blanca, pantalón oscuro y la misma calma pulida del día anterior. Varios estudiantes giraron hacia él. No todos sabían quién era, pero todos reconocían esa clase de seguridad.
Valentina se puso delante de mí.
—Hoy no, principito.
Él inclinó la cabeza.
—Justo hoy sí.
—Si vienes a preguntar estupideces, te aviento al estanque.
Emilio miró alrededor. Celulares. Murmullos. Gente esperando espectáculo.
—No vengo a preguntar.
Antes de que pudiera entender, se acercó a mí y, sin tocarme, se colocó a mi lado. Lo suficientemente cerca para que las cámaras nos captaran juntos. Lo suficientemente lejos para no invadirme.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—No.
—Perfecto. Respuesta honesta.
—¿Qué haces?
—Improvisar.
Levantó la voz.
—¿Ya terminaron?
El patio se quedó más callado.
Un chico con gorra soltó una risa.
—¿Y tú qué?
Emilio sonrió con una educación que daba más miedo que un insulto.
—El novio.
Sentí que Valentina se atragantaba con aire.
Yo también.
Los murmullos explotaron.
—¿Qué? —susurré.
Emilio no me miró. Siguió de frente, tranquilo, como si acabara de decir que el cielo era azul.
—Las fotos que están circulando muestran a Nieves en un coche y en un edificio. Nada más. Si alguien quiere inventar una historia sobre una mujer por subirse a un auto, eso habla más de su cabeza que de su vida.
Una chica alzó el celular.
—¿Entonces sí sales con ella?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que a ustedes les importara.
Valentina abrió la boca. La cerró. Por primera vez en su vida, se quedó sin frase.
El chico de la gorra insistió:
—¿Y el empresario casado?
Emilio dio un paso hacia él.
No lo amenazó. No levantó la mano. Solo se acercó lo suficiente para que el chico bajara el celular medio centímetro.
—Si tienes un nombre, dilo. Si no, deja de repetir basura anónima.
Nadie dijo nada.
Ese silencio fue distinto. No limpio, no justo, pero útil. La historia acababa de moverse bajo sus pies. La amante de un casado ya no era tan fácil de masticar si un chico elegante, seguro y con cara de apellido caro se paraba a su lado diciendo "novio".
Yo odié que funcionara.
Y agradecí que funcionara.
Emilio se volvió hacia mí.
—Camina.
—No me des órdenes.
—Entonces camina porque te conviene.
Valentina recuperó la voz.
—Eso fue lo más ridículo que he visto en mi vida.
—De nada —dijo Emilio.
—No te di las gracias.
—Todavía.
Me condujeron hasta la salida lateral del edificio. Valentina iba lanzando miradas asesinas a cualquiera que se acercara. Emilio caminaba a mi otro lado, sin tocarme.
Cuando llegamos al Jardín de los Ahuehuetes, por fin me detuve.
—¿Por qué hiciste eso?
Él metió las manos en los bolsillos.
—Porque era eficiente.
—No te conozco.
—Eso vuelve la mentira más creíble. Nadie puede decir que nos vio pelear.
—Emilio.
Mi tono hizo que dejara de sonreír.
—No vuelvas a usarme para jugar.
Su mirada se suavizó apenas.
—No estaba jugando.
—Entonces, ¿qué sabes?
Valentina cruzó los brazos.
—Sí, principito. ¿Qué sabes?
Por primera vez, Emilio pareció medir sus palabras.
—Sé que quien subió esas fotos quería que te quedaras sola.
—Eso lo sabe cualquiera.
—No. Cualquiera quería verte humillada. Esa persona quería separarte de la única gente que podía defenderte.
Un escalofrío me bajó por la espalda.
—¿Por qué te importa?
Emilio miró hacia el estanque, donde las hojas flotaban sin prisa.
—Digamos que odio las jugadas sucias cuando están mal ejecutadas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo hoy.
Se fue antes de que pudiera detenerlo.
Valentina esperó a que desapareciera.
—Ese niño huele a problema caro.
—Lo sé.
Mi teléfono vibró.
Por un instante pensé que era otro mensaje anónimo. Pero en la pantalla apareció Rosario:
"El Señor la espera en casa."
No decía "cuando termine clases". No decía "si puede".
La esperaba.
Cuando llegué a Polanco, Adrián estaba en la sala con la tableta encendida sobre la mesa. En la pantalla se veía una foto mía junto a Emilio en el patio central.
El título ya había cambiado:
"La estudiante de Polanco tiene novio: ¿montaje o nuevo capítulo?"
Adrián no levantó la voz.
Ni siquiera levantó la tableta.
Solo me miró como si todo el departamento acabara de congelarse.
—Explícame quién es él.
no no me husto