El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
Comimos las quesadillas en la banqueta, de pie junto al puesto, con el vapor subiéndonos a la cara y el frío mordiéndonos la espalda. Dante no dejaba de mirarme mientras masticaba, con una atención que me ponía nerviosa, como si yo fuera lo más interesante de la cuadra y no una señora comiendo de pie con las manos.
—Eres fascinante —soltó de pronto, limpiándose la comisura con el dorso de la mano—. ¿Lo sabías?
—Soy una mujer divorciándose a la que casi asaltan a media calle. No hay nada fascinante en eso, muchacho. Hay puro cansancio.
—¿Podemos avanzar? —Lo dijo así, de frente, sin rodeos, con esa franqueza suya que me descolocaba—. Tú y yo. Empezar algo. En serio.
—No nos conocemos. —Mastiqué despacio, para ganar tiempo, para tener la boca ocupada y no tener que contestar de inmediato—. Ni tu apellido sé. Y primero tengo que divorciarme, que ya viste que ni eso me sale fácil. Y aunque me divorciara... —Suspiré, bajé la quesadilla—. A ver. Muchacho. ¿Tú qué edad tienes exactamente?
—Veintidós.
Se me atoró la quesadilla en la garganta. Tosí. Veintidós. Dieciocho años menos que yo. Hice la cuenta sin querer, esa cuenta cruel que hace una: cuando yo entraba a la universidad, con mis dieciocho y mis sueños intactos, él estaba aprendiendo a caminar, tambaleándose entre los muebles de alguna sala. Cuando yo me casé, él iba en primero de primaria.
—Ahí está. —Tragué con dificultad, con los ojos llorosos por la tos—. ¿Ves? Eres un niño. Prácticamente podrías ser mi... no. Olvídalo. Esto no tiene ni pies ni cabeza, Dante. Es una locura. Deja de perder el tiempo conmigo.
—¿Niño? —Frunció el ceño, y por primera vez lo vi ofendido de verdad, no en broma—. Anoche no te pareció que fuera ningún niño.
—¡No digas eso en la calle! —Miré alrededor, roja, rezando que el señor del puesto estuviera sordo.
—Digo lo que es. —Se encogió de hombros, terco—. Y aparte, para lo que importa, la tengo bien grande.
—¡Dante! —Casi se me cae la quesadilla al suelo.
—Grande de corazón —dijo, poniendo una carita de inocencia absoluta que no le creyó ni el comal—. Muy grande. Noble. ¿Usted qué estaba pensando, profesora? Qué mente.
Sentí la cara arderme hasta la punta de las orejas, un calor que ni el frío de enero pudo apagar. Y él, al verme así, colorada y sin palabras, se soltó riendo. Una risa limpia, franca, encantada, sin una pizca de burla, la risa de alguien que de verdad la está pasando bien.
—Cuando te da pena te ves muy linda —dijo, más bajito, ya sin reír, mirándome de otra manera—. Toda colorada. Como si tuvieras dieciocho.
—No los tengo —murmuré, bajando la vista al papel encerado—. Tengo el doble. No se te olvide.
—A mí no se me olvida nada de ti.
Me alargó la mano hacia la cara y yo me quedé quieta, tonta, sin saber por qué no me apartaba. Con el pulgar, despacio, me quitó una miga de maíz de la comisura del labio, rozándome apenas, mirándome a los ojos todo el tiempo que duró el gesto. Se me olvidó respirar. Se me olvidó el frío, el asalto, el divorcio, los cuarenta años.
—Ya —dijo, apartándose como si nada, limpiándose el pulgar en la servilleta—. Se te iba a quedar ahí toda la tarde. Andas distraída.
Nos despedimos en la esquina, cada quien por su rumbo, él insistiendo en que me acompañaba hasta la puerta y yo negándome con terquedad, porque bastante tenía con lo que sentía como para encima dejarlo saber dónde dormía. Lo vi alejarse, las manos en los bolsillos, silbando, sin voltear, tan seguro de sí que hasta coraje daba.
Caminé sola a mi cuarto rentado con el pulso todavía raro, tocándome sin querer la comisura del labio donde su pulgar había estado, y una idea insistente dándome vueltas que no me dejaba en paz: "Estás loca, Beatriz. Cuarenta años. Un chamaco de veintidós. Estás rematadamente loca y encima te gusta, que es lo peor. Ubícate. En una semana se aburre y se busca a una de su edad, y tú te vas a quedar con la cara larga como la tonta que fuiste." Me lo repetí toda la cuadra, como un rezo, y no me lo creí ni tantito.
Ya de noche, cuando estaba sentada en la orilla de la cama del cuartito mirando las paredes desnudas, sonó el teléfono. Rodrigo.
—Beatriz. —La voz le salió mansa, ensayada, con ese temblor calculado que le conocía de memoria—. Perdóname. Fui un estúpido, tenías toda la razón. Ya lo pensé bien y... no puedo perder a mi familia. No puedo. Piensa en los muchachos. Piensa en Sebastián, sobre todo. ¿Qué le vamos a decir? Se va a destrozar el pobre. Un hijo necesita a su papá y a su mamá juntos, bajo el mismo techo. No le hagas eso a tu hijo, Beatriz.
Me senté derecha en la orilla de la cama. Ah. Ahí estaba. La palanca de siempre, la única que sabe usar: los hijos. Nunca "te quiero". Nunca "te extraño". Siempre "piensa en el niño", como si el niño fuera un rehén.
—Rodrigo, yo siempre te dije una cosa. Desde novios. —Hablé despacio, sin rencor, casi con cansancio—. Que el día que me engañaras, ese mismo día se acababa. Te lo dije mil veces. En la cocina, en la cama, cuando nos casamos. Nunca te mentí sobre eso. Nunca.
Hubo un silencio largo del otro lado de la línea. Yo sabía que él se acordaba. Se lo había repetido durante años, y él siempre se rio, siempre lo tomó como una amenaza de mujer, de esas que nunca se cumplen, palabras que las esposas dicen y luego se tragan.
—Está bien —dijo por fin, y el temblor ensayado se le cayó de la voz, dejando debajo el despecho puro—. Está bien, pues. Si eso es lo que quieres, trae los papeles. Nos divorciamos y ya. A ver de qué vives sola. A ver quién te aguanta.
Colgó sin despedirse. Me quedé mirando la pared un rato largo, con el teléfono todavía tibio en la mano. No sentí tristeza. Sentí, más bien, como cuando te quitan un yeso viejo: el aire frío pegando de golpe en una piel pálida que llevaba meses tapada, y ese vértigo de mover otra vez algo que creías tieso para siempre.
Y luego, ya que iba a divorciarme, decidí que lo haría bien. Que no llegaría hecha un trapo. Me bañé con calma, me sequé y me alacié el cabello, me pinté los labios de un rojo que no usaba desde hacía años, me puse el vestido bueno, el que me quedaba, el que me hacía sentir mujer. Me miré al espejo manchado del cuartito. "Aunque me divorcie, será con dignidad", me dije a los ojos. "No voy a llegar arrastrando la pena para que sientan lástima. Voy a llegar como la mujer que soy. Como la mujer que se me olvidó que era."
Paré un taxi y le di la dirección del Fraccionamiento Los Tulipanes, a la casa que ya no era mi casa. Toqué el timbre. Abrió doña Herminia, y en cuanto me vio arreglada, pintada, entera, la vieja cambió de estrategia sobre la marcha, con esa rapidez que solo tienen los que no creen en nada: de la que me arrebató la maleta a jalones pasó, en un parpadeo, a la pura miel.
—¡Mija! —Abrió los brazos—. Ay, pero qué guapa te ves, criatura, pásale, pásale, no te quedes en la puerta con este frío. —Me tomó de las dos manos, zalamera, jalándome hacia la sala—. Yo sabía, yo sabía que ibas a entrar en razón. Un matrimonio de veinte años no se tira a la basura así nomás, por un coraje. Siéntate, mija, ¿te sirvo un cafecito? ¿Un tecito de canela, como el que te gusta?
—Vengo a firmar el divorcio, doña Herminia. —Me quedé de pie, sin soltar la bolsa—. Nada más a eso. No quiero café.
Se le congeló la sonrisa en la cara, como una máscara que de pronto no ajusta. Y entonces la viejita hizo lo último que yo esperaba. Ahí, en plena sala, frente a mí, sobre el tapete que yo misma sacudía cada semana, se dejó caer de rodillas con un quejido teatral, se llevó las manos al pecho y las juntó como en misa.
—Estos huesos viejos se te arrodillan, mija —gimió, y las lágrimas le brotaron a la orden, puntuales, obedientes—. ¡Pero no te divorcies de mi hijo, te lo suplico, por lo que más quieras!