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Será Porque Te Amo

Será Porque Te Amo

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos / Amor eterno
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 Una casa que vuelve a respirar

Los días comenzaron a encontrar un ritmo nuevo.

Elisa salía cada mañana rumbo a la mansión Vivaldi antes de que el sol terminara de levantarse. Isabella la acompañaba dos o tres veces por semana, siempre después de terminar las tareas de la casa.

Lo hacía por ayudar a su madre.

Al menos eso era lo que repetía cada vez que alguien le preguntaba.

Y, en parte, era verdad.

Pero había otra razón que ni siquiera ella quería reconocer.

Desde aquella noche en la Fiesta del Vino, Marco Vivaldi se había convertido en un pensamiento recurrente. No porque lo admirara. Ni porque le agradara especialmente.

Sino porque era un hombre imposible de comprender.

Lucía observaba a Isabella desde la puerta de la cocina.

La joven tarareaba una vieja canción italiana mientras amasaba pan junto a una de las cocineras.

Reía con facilidad.

Hablaba con todos.

Y, sin proponérselo, lograba que el trabajo pareciera más ligero.

La ama de llaves sonrió.

Hacía muchos años que no escuchaba risas tan sinceras entre aquellas paredes.

—¿En qué piensa, señora Lucía? —preguntó Gianna, una de las cocineras.

—En que esta casa necesitaba una muchacha como ella.

Gianna miró a Isabella.

—Tiene un don.

—¿Cuál?

—Hace sonreír a la gente.

Lucía asintió lentamente.

No solo a la gente.

La propia mansión parecía distinta.

Marco regresó del viñedo poco antes del mediodía.

Había pasado toda la mañana supervisando una nueva cosecha.

Entró por la puerta principal mientras se quitaba los guantes de cuero.

Entonces la escuchó.

Una carcajada.

Clara.

Espontánea.

Se detuvo.

No recordaba la última vez que alguien había reído así dentro de su casa.

Siguió el sonido hasta la cocina.

No entró.

Se quedó de pie junto al marco de la puerta.

Isabella estaba cubierta de una ligera nube de harina.

Tenía una pequeña mancha blanca sobre la punta de la nariz mientras discutía entre risas con Gianna acerca de la mejor manera de preparar una masa.

—Te digo que mi abuela siempre la hacía así.

—Y yo te digo que tu abuela estaba equivocada.

Las dos estallaron en una nueva carcajada.

Marco sintió algo extraño.

Una sensación cálida.

Breve.

Tan breve que casi le molestó haberla sentido.

Lucía apareció a su lado sin hacer ruido.

—La cocina está más alegre, ¿verdad?

Marco apartó la vista.

—Mientras hagan bien su trabajo...

Lucía sonrió con discreción.

—Claro.

Eso es lo único importante.

Pero supo que no era cierto.

Marco había permanecido allí más tiempo del necesario.

Isabella salió de la cocina con una bandeja de frutas.

Al doblar el pasillo, se encontró de frente con Marco.

La sorpresa hizo que ambos se detuvieran.

—Perdón... —dijo ella.

Intentó esquivarlo.

Pero la bandeja resbaló entre sus manos.

Marco reaccionó antes de pensar.

Sujetó la bandeja con una mano y, con la otra, sostuvo el brazo de Isabella para evitar que perdiera el equilibrio.

Todo ocurrió en un segundo.

Pero ese segundo pareció durar una eternidad.

Cuando Isabella levantó la cabeza, lo encontró demasiado cerca.

Podía distinguir el leve aroma a madera y vino que siempre parecía acompañarlo.

Sus ojos grises permanecían fijos en los de ella.

Serios.

Profundos.

Difíciles de leer.

—¿Está bien? —preguntó Marco.

Su voz sonó baja.

Más suave de lo habitual.

Isabella asintió rápidamente.

—Sí... gracias.

Marco soltó lentamente su brazo.

Pero tardó un instante más de lo necesario.

Ella dio un paso hacia atrás.

—Soy un desastre.

Él observó la fruta perfectamente acomodada.

—No se cayó nada.

Isabella sonrió.

—Porque usted la sostuvo.

Marco hizo una ligera inclinación de cabeza.

—Entonces no fue un desastre.

Por primera vez desde que se conocían, ambos sonrieron al mismo tiempo.

Fue apenas un gesto.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para cambiar algo entre ellos.

Aquella tarde, Lucía encontró a Marco revisando unos documentos en la biblioteca.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Él no levantó la vista.

—Depende.

—¿Qué te parece Isabella?

Marco dejó de escribir.

Muy despacio.

—Es la hija de Elisa.

Lucía sonrió.

—Eso ya lo sé.

Marco volvió al documento.

—Es educada.

Trabajadora.

Nada más.

Lucía arqueó una ceja.

—¿Nada más?

—Nada más.

La ama de llaves caminó hasta la ventana.

—Curioso.

—¿Qué cosa?

—Que un hombre que jamás presta atención a nadie sepa describirla tan rápido.

Marco levantó la vista.

Lucía ya estaba saliendo del despacho.

Él suspiró.

Aquella mujer llevaba demasiados años conociéndolo.

Los días siguieron pasando.

Isabella empezó a conocer cada rincón de la mansión.

Había una sala de música donde nadie tocaba el piano.

Una biblioteca inmensa que parecía abandonada.

Un invernadero cubierto de polvo.

Y una piscina tan hermosa como silenciosa.

—¿Nadie la usa? —preguntó una tarde.

Lucía negó con la cabeza.

—Hace años.

—Qué desperdicio...

La mujer sonrió.

—El señor Vivaldi nunca ha sentido interés por nadar.

Isabella se acercó al agua.

Era cristalina.

Reflejaba el cielo como un espejo.

—Es preciosa.

Lucía observó la ilusión en los ojos de la muchacha.

—¿Te gusta nadar?

Isabella sonrió con entusiasmo.

—Muchísimo.

Desde niña.

Pero hace años que no puedo hacerlo.

Lucía guardó silencio unos segundos.

Luego habló con naturalidad.

—Cuando termines de ayudar, puedes usarla.

Isabella abrió mucho los ojos.

—¿De verdad?

—Siempre que el señor Vivaldi no esté en casa.

Él suele regresar al caer la tarde.

Isabella no pudo ocultar su alegría.

—¡Gracias!

Lucía rió.

—Pero prométeme una cosa.

—La que sea.

—No le digas a nadie que fui yo quien te dio permiso.

Isabella hizo el gesto de cerrar sus labios con una llave imaginaria.

—Prometido.

Las dos rieron.

Sin saber que, desde el despacho del piso superior, Marco acababa de levantar la vista al escuchar aquella risa.

No alcanzó a distinguir las palabras.

Solo vio a Isabella sonriendo junto a la piscina.

Y, por alguna razón que escapaba a toda lógica...

le pareció la imagen más hermosa que había visto en mucho tiempo.

Sin imaginar que aquella piscina, olvidada durante años, sería el escenario del descubrimiento que cambiaría para siempre su vida.

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