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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3 — La jaula dorada

Al día siguiente, vuelvo a la Casona Solares.

La casa no ha cambiado. Los mismos pisos de mármol blanco, las mismas columnas de cantera labrada, los mismos retratos familiares de los que yo fui excluida discretamente hace años. Los cuadros muestran a los Solares de generaciones pasadas, hombres de mandíbula firme y mujeres de mirada altiva, y en ninguno aparezco yo. Mis padres adoptivos me incluyeron en la foto familiar una sola vez, cuando tenía seis años. Después del accidente, Rodrigo mandó quitar ese retrato de la pared.

La misma jaula dorada con barrotes pulidos hasta el brillo.

Rodrigo me espera en la sala principal. Está sentado en el sillón de cuero que era de papá, con las piernas cruzadas, revisando su teléfono con esa indiferencia calculada que usa cuando quiere que sepas que tu presencia le resulta insignificante. Detrás de él, de pie junto a la ventana, Andrés. Con los brazos cruzados y esa mueca permanente de fastidio que es su estado natural.

Camila no está a la vista. Pero su presencia flota en cada rincón: un par de zapatillas nuevas de diseñador junto a la entrada, una bufanda de seda colgada del respaldo de una silla, el aroma dulce y caro de su perfume impregnando el aire como un territorio marcado.

—Siéntate —ordena Rodrigo sin levantar la vista.

Me siento en el borde del sofá más alejado. Cruzo las manos sobre el regazo. Espero.

—Camila despertó esta mañana —dice Rodrigo, dejando el teléfono sobre la mesa de centro—. Está muy afectada. Tiene pesadillas. No puede dormir sola. Lo mínimo que puedes hacer es ir a disculparte.

—De rodillas —añade Andrés desde la ventana, como si fuera un dato menor, como si arrodillarse frente a la mujer que me está destruyendo la vida fuera un gesto razonable de cortesía.

Los miro. A los dos. Sus caras son las mismas que recuerdo de mi infancia, cuando me alzaban en brazos y me prometían que siempre me protegerían. Antes del accidente que mató a nuestros padres. Antes de que decidieran que la culpa era mía. Antes de que Camila llegara con sus lágrimas a la carta y su voz de cristal, y estos dos hombres dejaran de verme como hermana para verme como obstáculo.

—No —digo.

La palabra cae como una piedra en un estanque quieto.

Rodrigo levanta la vista del teléfono. Su expresión no cambia, pero su mandíbula se aprieta un milímetro. Andrés descruza los brazos.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no. No voy a arrodillarme ante nadie.

Andrés cruza la sala en tres zancadas. Su mano se levanta. Yo no me muevo. No cierro los ojos. No inclino la cabeza.

La segunda bofetada duele menos que la primera. O tal vez me estoy acostumbrando al sabor de mi propia sangre.

—En esta casa se respeta a la familia —dice Andrés, con la mano todavía en alto, los nudillos enrojecidos—. Y Camila es familia.

Me limpio la comisura del labio con el dorso de la mano. Hay sangre. Una línea fina y roja que se marca en mi piel como una firma.

—Entendido —digo con voz plana—. ¿Algo más?

La falta de emoción en mi voz los perturba más que cualquier grito. Andrés me mira como si me hubiera salido una segunda cabeza. Rodrigo se levanta del sillón, despacio, estudiándome. Busca la grieta por donde colarse, el punto débil que siempre encontró en la versión anterior de mí. No lo encuentra.

En ese momento, la puerta principal se abre. Diego entra con paso largo, traje impecable, sonrisa practicada que no llega a los ojos. Se detiene al ver la escena: Andrés con la mano en alto, yo con sangre en los labios. Su mirada pasa por encima de mí como si yo fuera una sombra en la pared.

—Rodrigo —dice, y su tono es formal, ensayado, el tono que usa para las reuniones de negocios—. Vengo a hablar del compromiso.

Rodrigo lo mira con frialdad. Le señala el sillón.

—Siéntate.

Diego se acomoda frente a Rodrigo. Cruza una pierna sobre la otra. Se alisa la corbata con un gesto que ha repetido tantas veces que ya es un tic.

—Quiero anular el compromiso con Valentina. —Lo dice mirando al frente, sin girar la cabeza hacia donde estoy yo—. La mujer que amo siempre fue Camila. Desde el principio. Quiero casarme con ella.

Espero la reacción de Rodrigo. En mi vida anterior, no presencié esta conversación. Solo supe que la anulación fue rechazada, sin entender por qué Rodrigo insistía en mantenerme atada a Diego si a él le daba lo mismo mi felicidad. Ahora lo entiendo todo. Rodrigo no me quiere casada con Diego por mi bien. Me quiere casada con Diego porque necesita mantenerme controlada. Disponible. Lista para cuando decidan someterme a una gestación subrogada sin mi consentimiento.

Rodrigo se inclina hacia adelante. Sus codos sobre las rodillas. Su expresión calculadora.

—Fuera de discusión —dice, y su voz tiene la firmeza de un martillo sobre un clavo—. La boda ya fue anunciada. El compromiso está firmado. Todo el círculo social de Puerto del Sol sabe que tú y Valentina van a casarse. Anularlo ahora sería una humillación para la familia Solares. No lo voy a permitir.

Diego aprieta la mandíbula. Los gemelos de plata tiemblan en sus puños.

—No me importa lo que piensen los demás. Amo a Camila. Siempre la amé.

—Lo que sientas me tiene sin cuidado —Rodrigo le sostiene la mirada con una frialdad que podría congelar el océano—. El compromiso se mantiene. La boda se celebra. Si quieres a Camila, arréglalo por tu cuenta, pero el matrimonio con Valentina no se toca.

Diego se levanta. La silla cruje. Se va sin despedirse. La puerta se cierra detrás de él con un golpe que hace temblar los cuadros de la pared.

Subo las escaleras. Nadie me detiene. Nadie me mira. Soy invisible en esta casa llena de gente que supuestamente es mi familia.

Me detengo en el pasillo del segundo piso. Desde aquí, la sala principal queda abajo y a la izquierda. Las voces llegan con claridad si uno sabe dónde pararse. Y yo sé exactamente dónde pararme, porque en mi vida anterior pasé años recorriendo cada rincón de esta casa como un fantasma.

Los pasos de Diego ya se perdieron. Pero Rodrigo y Andrés siguen hablando. Sus voces se filtran por la puerta entreabierta del estudio como serpientes que se escurren bajo la madera.

—Si Diego anula el compromiso, nuestro plan se cae —dice Andrés, y hay urgencia en su tono—. Camila no puede llevar un embarazo a término. Lo sabes. Los médicos fueron claros. Su cuerpo no resiste.

—Por eso necesitamos a Valentina —responde Rodrigo con la paciencia de alguien que explica algo obvio—. No voy a dejar que Diego la descarte. La necesitamos exactamente donde está.

—¿Y si ella se niega? Se ha puesto difícil últimamente.

Un silencio. Largo. Calculador. Luego, la voz de Rodrigo, baja y precisa como el filo de un bisturí:

—No le vamos a preguntar. Cuando llegue el momento, se hará la inseminación. Ella no tiene que saberlo. Con el matrimonio consumado y un embarazo en curso, queda atada a nosotros. Sin salida.

—Igual es nuestra hermana, Rodrigo.

—Es adoptada. Nunca fue nuestra hermana de verdad. Su sangre no es Solares. Y su cuerpo es lo único de ella que nos resulta útil.

La pared fría del pasillo me sostiene la espalda. Mis manos están cerradas en puños tan apretados que las uñas me cortan las palmas. Pero mi cara no cambia. Mis ojos están secos.

En mi vida anterior, esto fue exactamente lo que pasó. Me convirtieron en una incubadora. Me inyectaron embriones que no eran míos. Me mantuvieron en la ignorancia durante cinco años hasta que ya no les fui útil. Y cuando mi cuerpo se rompió, cuando el cáncer empezó a devorarme por dentro, me descartaron como a un recipiente vacío.

Ahora lo escucho de sus propias bocas, en sus propias palabras, y la rabia es tan densa que casi tiene sabor. Amarga. Metálica. Como la sangre que todavía tengo en los labios.

Me separo de la pared. Camino hacia mi habitación con pasos silenciosos. Cierro la puerta. Me siento en el borde de la cama.

Miro la foto familiar sobre el escritorio. La última foto feliz. Papá y mamá sonríen en el centro. Rodrigo y Andrés a los lados, con esas caras de adolescentes que todavía no habían aprendido a odiarme.

Cierro los puños hasta que los nudillos se ponen blancos.

Quieren usarme como incubadora. Pero esta vez, el único plan que se cumplirá será el mío.

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