Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 9
"Los sueños no tienen fecha de caducidad.
No importa cuántas veces la vida te obligue a comenzar de nuevo.
Mientras sigas caminando, sigues llegando."
Aquella noche me acosté tarde después de leer el diario.
Pensé en Lucía.
Pensé en los sobres.
Pensé en Mateo.
Y cuando quise darme cuenta ya estaba dormida.
El jueves me desperté antes de que sonara la alarma.
Miré el reloj.
Cinco cuarenta de la mañana.
—Milagro —murmuré mientras me sentaba en la cama.
Me arreglé con calma.
Me peiné.
Preparé café.
Y por primera vez en mucho tiempo salí de casa sin correr.
Cuando llegué al supermercado todavía faltaban varios minutos para mi hora de entrada.
Me sentí orgullosa.
Tanto que decidí esperar a Cristal en la puerta.
Cuando apareció caminando por el estacionamiento, la vi revisar su reloj.
Venía un poco tarde.
Sonreí.
Cuando estuvo cerca crucé los brazos.
—Cristal, llegas tarde.
Ella levantó una ceja.
—¿Qué?
—¿Sabes qué hora es?
Por unos segundos me observó confundida.
Y después comenzó a reír.
—¿Ahora me estás copiando?
—Solo aplico tus métodos de liderazgo.
—Pues no funcionan.
Las dos nos reímos.
Y por primera vez desde que trabajaba ahí sentí que Cristal me veía como algo más que una empleada.
Las primeras horas del turno pasaron rápido.
Mientras acomodaba mercancía en uno de los pasillos escuché una voz detrás de mí.
—Oye, Israel.
Volteé.
Era Cristian.
Llevaba unas cajas en las manos.
—¿Qué pasó?
—Escuché que ya te vas a graduar.
Sonreí.
—Casi.
—Pensé que todavía te faltaban como dos años.
Me reí.
—Bueno... sí y no.
Cristian frunció el ceño.
—Explícame eso.
Dejé unas cajas sobre el estante.
—La carrera termina oficialmente en dos meses.
Después viene la graduación.
Pero siguen las prácticas profesionales.
Y dependiendo de cómo me vaya, pueden extenderse bastante tiempo.
—Ah...
—Así que técnicamente sí me falta camino por recorrer.
Cristian asintió.
—¿Y dónde harás las prácticas?
No pude evitar sonreír.
Todavía me costaba creerlo.
—Con Saúl Ángulo.
Los ojos de Cristian se abrieron.
—¿El arquitecto famoso?
—Ese mismo.
—No inventes.
—Te lo juro.
—Israel, eso está increíble.
Me encogí de hombros.
Aunque por dentro estaba orgullosa.
Muy orgullosa.
Mientras acomodábamos productos seguimos platicando.
—¿Y después qué?
Me quedé pensativa.
Aquella era una pregunta que me hacía constantemente.
Miré los estantes.
Miré el supermercado.
Y después sonreí.
—Quiero tener mi propia empresa.
—¿De arquitectura?
—Mucho más que eso.
Cristian me observó atento.
—Quiero diseñadores de interiores.
Diseñadores de jardines.
Diseñadores de muebles.
Arquitectos.
Ingenieros.
Todo en un mismo lugar.
Quiero que sea grande.
Quiero crear espacios hermosos.
Quiero construir algo que dure.
Algo mío.
Algo que demuestre que valió la pena luchar todos estos años.
Cristian sonrió.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nunca te había escuchado hablar así.
—¿Así cómo?
—Con tanta pasión.
Bajé la mirada.
La verdad era que pocas veces hablaba de mis sueños.
Porque durante mucho tiempo sobrevivir había sido más importante que soñar.
—Supongo que es porque nunca había sentido que pudiera lograrlos.
Cristian guardó silencio unos segundos.
Después dijo algo que me tomó por sorpresa.
—Israel...
Lo miré.
—Eres una de las personas más inteligentes que conozco.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Y también una de las más fuertes.
Me reí nerviosamente.
—No exageres.
—No exagero.
Llegas cansada.
Con ojeras.
Trabajas.
Estudias.
Y aun así siempre sigues adelante.
Yo no podría hacer todo eso.
Aquellas palabras me hicieron recordar muchas cosas.
La secundaria.
Las burlas.
Las veces que me dijeron que no lograría nada.
Las veces que me hicieron sentir menos.
Tragué saliva.
Y sonreí.
—Gracias.
—Lo digo en serio.
Te va a ir bien.
Muy bien.
Por primera vez no supe qué responder.
Porque una parte de mí todavía seguía siendo aquella niña insegura que había perdido demasiadas cosas.
Seguimos trabajando unos minutos más.
Hasta que Cristian volvió a hablar.
—¿Y dónde serán las prácticas?
—En Estados Unidos.
—¿En serio?
Asentí.
—Sí.
—¿Y cómo le vas a hacer con los papeles?
—Tengo residencia.
Mi papá hizo algunos trámites cuando era niña.
Nunca pensé que me servirían para algo.
—Entonces podrías trabajar allá cuando termines.
—Tal vez.
Nunca lo había pensado demasiado.
Mi prioridad siempre había sido terminar la universidad.
Nada más.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que te irá mejor de lo que imaginas.
Sonreí.
—Ojalá.
Cristian se quedó callado unos segundos.
Como si estuviera pensando algo.
Y entonces tomó aire.
—Israel.
—¿Sí?
—¿Te gustaría salir a cenar algún día?
Parpadeé.
No esperaba esa pregunta.
Lo observé.
Parecía nervioso.
Muy nervioso.
—Cristian...
Él levantó las manos rápidamente.
—Como amigos.
Lo digo en serio.
No quiero incomodarte.
Solo me caes bien.
Y pensé que podríamos celebrar tu graduación o algo así.
Me quedé pensando unos segundos.
La verdad era que no tenía interés en salir con nadie.
Mi corazón seguía lleno de recuerdos.
Y todavía estaba aprendiendo a vivir conmigo misma.
Pero una cena entre amigos no sonaba mal.
Así que sonreí.
—Está bien.
La sonrisa de Cristian apareció inmediatamente.
—¿En serio?
—Sí.
Como amigos.
—Perfecto.
Volvimos al trabajo.
Pero mientras acomodaba mercancía no pude evitar pensar en algo.
Quizás la vida estaba cambiando poco a poco.
Y por primera vez en mucho tiempo...
No parecía un cambio malo.