Su primer destino fue servir a la corona. murió por ello. Ahora, con su segunda oportunidad, Auren cumplirá su sueño y conocerá lo que es el amor
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Capitulo 9
Los años pasaron con una calma que Auren había dejado de considerar un sueño para convertirse en su realidad.
Cumplió trece años.
Después catorce.
Más tarde quince.
Su rutina apenas cambió.
Al amanecer ayudaba a sus padres en la panadería; cuando terminaba el trabajo caminaba hasta el distrito comercial, donde el taller de Ernest ya se había convertido en su segundo hogar.
Con el paso del tiempo también cambió la forma en que todos la trataban.
Las costureras dejaron de verla como una niña.
Ahora acudían a ella cuando surgía un problema difícil.
—Auren, este cuello no termina de convencerme.
Ella levantó apenas la vista de la prenda que estaba cosiendo.
—Está demasiado alto.
Greta observó nuevamente el vestido.
—¿Solo eso?
—Bájalo dos dedos y cambia el borde por uno más fino.
La mujer obedeció.
Cinco minutos después soltó un largo suspiro.
—Otra vez tenías razón.
Una joven aprendiz que llevaba apenas tres meses en el taller sonrió con admiración.
—¿Cómo lo nota tan rápido?
Greta soltó una pequeña risa.
—Porque esa muchacha nació viendo cosas que nosotros tardamos años en aprender.
Auren negó sin dejar de trabajar.
—Solo observo.
—No seas modesta.
—No lo soy.
Las mujeres terminaron riéndose.
Su carácter seguía siendo exactamente igual.
No hablaba más de lo necesario.
Cuando alguien exageraba un elogio, respondía con sencillez.
Y cuando encontraba un error, lo señalaba sin rodeos.
Aquella honestidad terminó ganándose el respeto de todo el taller.
Ernest, mientras tanto, observaba el crecimiento de su negocio con una mezcla de orgullo y sorpresa.
Las ventas aumentaban cada temporada.
Los clientes comenzaban a recomendar la tienda incluso fuera de la ciudad.
Algunas personas recorrían varios pueblos únicamente para comprar un vestido confeccionado allí.
Al principio creyó que era casualidad.
Después comprendió que todo comenzó desde la llegada de Auren.
Sin embargo, muy pocas personas conocían su existencia.
Había tomado una decisión desde el principio.
La protegería.
Cuando algún comerciante preguntaba quién diseñaba las nuevas colecciones, Ernest simplemente respondía con una sonrisa.
—Mi taller tiene personas muy talentosas.
Nunca daba nombres.
Las costureras respetaban aquella decisión.
Sabían que el extraordinario cabello azul de Auren podía atraer demasiadas miradas.
Y ninguna deseaba que alguien intentara aprovecharse de ella.
Una tarde, mientras organizaban nuevos encargos, Ernest reunió a todo el equipo.
—Escuchen un momento.
Las mujeres dejaron sus agujas.
—La próxima semana vendrá un comerciante de la capital. Quiere revisar nuestras prendas.
Una de las aprendices abrió mucho los ojos.
—¿De la capital?
—Así es.
Otra costurera sonrió emocionada.
—Eso significa que estamos creciendo.
Ernest asintió.
—Precisamente por eso quiero recordar algo.
Miró discretamente hacia Auren.
—Los diseños seguirán saliendo a nombre del taller. No mencionaré autores individuales.
Greta cruzó los brazos.
—¿Alguien piensa discutir eso?
Nadie respondió.
Auren tampoco.
Aquella decisión le parecía perfecta.
Mientras pudiera seguir cosiendo, no necesitaba reconocimiento.
Jamás buscó fama.
Mucho menos acercarse a la nobleza.
Aquella misma semana comenzó a preparar una nueva colección.
Ya no copiaba tendencias.
Las estudiaba.
Observaba qué colores predominaban durante la temporada, qué tipo de mangas comenzaban a ponerse de moda y cuáles eran las telas que más llamaban la atención.
Después cambiaba pequeños detalles.
Nunca alteraba tanto un diseño como para hacerlo extraño.
Solo lo suficiente para que resultara diferente.
Una noche, mientras dibujaba nuevos bocetos, Elena entró en la habitación llevando una taza de té.
—Todavía sigues despierta.
Auren dejó el lápiz sobre la mesa.
—Estoy terminando.
Su madre observó los dibujos.
Cada hoja mostraba un vestido distinto.
Algunos eran elegantes.
Otros sencillos.
Pero todos compartían un mismo estilo.
—Estos bordados no los había visto antes.
Auren sonrió ligeramente.
—Son del lugar donde nacieron ustedes.
Elena quedó sorprendida.
—¿Los recuerdas?
—Me enseñaste algunos dibujos hace un par de años.
La mujer tomó una de las hojas.
Sus ojos comenzaron a recorrer lentamente los delicados patrones.
Aquellos diseños pertenecían al país donde había nacido antes de emigrar junto a Martin.
En su tierra los vestidos utilizaban bordados más delicados, líneas suaves y pequeños detalles alrededor de las mangas.
Con los años dejaron de usarlos porque, en el reino, predominaban prendas mucho más rígidas y ostentosas.
Auren levantó otra hoja.
—Pensé que podrían combinarse con los modelos actuales.
Elena volvió a mirar los bocetos.
Cuanto más los observaba, más sentido tenían.
Conservaban la elegancia que gustaba a los clientes del reino, pero transmitían una sensación completamente distinta.
Más ligera.
Más natural.
—Tu padre se emocionará cuando vea esto.
A la mañana siguiente ocurrió exactamente eso.
Martin dejó de comer apenas observó los nuevos dibujos.
—Esos bordados...
Auren asintió.
—Los recordaba.
Él sonrió con cierta nostalgia.
—Mi madre llevaba vestidos parecidos.
Nunca imaginé volver a ver ese estilo.
La joven bajó la mirada hacia los bocetos.
—Quería intentar algo nuevo.
Martin apoyó una mano sobre su cabeza.
—Creo que acabas de traer un pedacito de nuestro hogar hasta aquí.
Aquellas palabras hicieron que Auren sonriera.
Días después llevó los nuevos diseños al taller.
Las costureras quedaron fascinadas.
Greta observó uno de los dibujos durante varios minutos.
—Jamás habría combinado estos dos estilos.
Auren comenzó a preparar la tela.
—Yo tampoco hace unos años.
—¿Y cómo se te ocurrió?
Ella pensó unos segundos antes de responder.
—Ambos son bonitos.
Solo necesitaban entenderse.
Greta soltó una pequeña risa.
—Hablas como una anciana.
—Tú también.
Las dos terminaron sonriendo.
Durante las siguientes semanas confeccionaron la colección completa.
Como siempre, la magia de Auren fluía silenciosamente por las yemas de sus dedos.
Apenas un brillo azul recorría el hilo antes de desaparecer.
Las telas adquirían una caída elegante.
Los pliegues permanecían en su lugar.
Los colores parecían un poco más vivos.
Nada exagerado.
Solo lo suficiente para que cualquiera sintiera que aquellas prendas tenían algo especial.
Ni siquiera Ernest conocía completamente el secreto.
Solo sabía que, cuando Auren trabajaba sola durante un rato, los vestidos terminaban viéndose aún mejor.
Jamás hizo preguntas.
Confiaba plenamente en ella.
La llegada del comerciante de la capital superó todas las expectativas.
Era un hombre exigente que revisaba absolutamente todo.
Después de casi una hora dejó el último vestido sobre la mesa.
Miró a Ernest.
—Quiero treinta.
Las costureras intercambiaron miradas sorprendidas.
Ernest mantuvo la compostura.
—Será un placer.
El comerciante volvió a tomar uno de los vestidos.
—¿Quién diseña estas prendas?
Ernest respondió exactamente igual que siempre.
—Todo el taller participa.
El hombre arqueó una ceja.
—Hay alguien muy talentoso aquí.
—Tengo mucha suerte con mi equipo.
El comerciante comprendió inmediatamente que no obtendría una respuesta diferente.
No insistió.
Tras marcharse, Greta dejó escapar todo el aire que llevaba conteniendo.
—Treinta vestidos...
Una aprendiz comenzó a dar pequeños saltos.
—¡Lo logramos!
Otra costurera abrazó a la mujer que tenía más cerca.
El ambiente se llenó de alegría.
Auren permanecía sonriendo en silencio.
Ernest caminó hasta ella.
—¿Sabes qué es lo más curioso?
Ella levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Todos vienen buscando nuestros vestidos, pero ninguno imagina que la persona que los diseña sigue siendo una muchacha que todavía regaña a las agujas cuando se le caen.
Auren frunció ligeramente el ceño.
—Las agujas tienen la culpa.
Greta comenzó a reír.
—¿Lo ven? Sigue siendo igual.
Ernest también terminó riéndose.
—Y espero que nunca cambies.
La fama del taller continuó creciendo.
Llegaban pedidos desde otras ciudades.
Algunos comerciantes comenzaban a esperar cada nueva colección con verdadera impaciencia.
Las prendas se agotaban rápidamente.
Los clientes hablaban de la extraordinaria calidad de las telas, de la elegancia de los diseños y de aquella sensación difícil de explicar que transmitía cada vestido.
Unas mujeres aseguraban que caían perfectamente sobre el cuerpo.
Otras comentaban que resistían mucho más tiempo que cualquier otra prenda.
Nadie lograba descubrir el motivo.
Solo Auren conocía la respuesta.
Cada vestido llevaba una pequeña parte de su magia.
No para impresionar.
Ni para llamar la atención.
Simplemente para hacer mejor su trabajo.
Aquello era suficiente para ella.
Una tarde, mientras regresaba a casa caminando junto a Martin, su padre rompió el silencio.
—¿Te arrepientes de algo?
Auren lo miró con curiosidad.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque tu vida sería muy distinta si hubieras nacido en una familia noble.
Ella sonrió apenas.
—Ya conocí esa clase de vida.
Martin creyó que hablaba en sentido figurado.
No imaginaba cuánto escondían aquellas palabras.
—¿Y?
Auren observó el camino que llevaba hasta la panadería.
Después vio a varios vecinos saludarlos con cariño.
Escuchó las risas de unos niños jugando cerca de la plaza.
Sintió el aroma del pan que seguramente su madre estaba sacando del horno.
Finalmente respondió con absoluta tranquilidad.
—No cambiaría nada de lo que tengo.
Martin sonrió satisfecho.
—Me alegra escuchar eso.