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La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

Status: Terminada
Genre:CEO / Amor tras matrimonio / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4
Nilai: 5
nombre de autor: Sylvia Rosyta

Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.

Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.

Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.

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Capítulo 12

Omar contempló a su patrón con sentimientos encontrados. Admiración, emoción y algo de inquietud.

—Señor, un amor así de grande duele mucho cuando no es correspondido —comentó, y Santiago esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—Desde que decidí volver, ya estaba preparado para todo, Omar. Para que Camila me acepte o para que me rechace.

Sin esperar la reacción de su asistente, Santiago echó a andar. Los pasos firmes, cargados de resolución. Se dirigió al pasillo de Urgencias, adonde Camila se encontraba. Omar se quedó inmóvil, siguiendo con la mirada la figura de su patrón que se alejaba. Por primera vez comprendía de verdad la profundidad de lo que Santiago sentía por Camila. Un amor que no exigía nada a cambio. Un amor que no pretendía poseer.

El corredor hacia Urgencias se sentía mucho más silencioso cuando Santiago se detuvo justo frente a la puerta de la sala donde estaba Camila. Levantó la mano con vacilación y al final empujó la puerta con suavidad hasta abrirla unos centímetros. La rendija bastó para asomarse al interior.

Y ahí estaba Camila. Se había quedado dormida sentada en la silla metálica junto a la camilla de su padre. La cabeza ladeada, apoyada en el respaldo frío del asiento. El hiyab largo le caía sobre parte del rostro. La respiración se le oía tenue e irregular, la de alguien que no duerme porque quiere, sino porque el cuerpo ya no da más.

La mano de Camila todavía aferraba la orilla de la sábana del hospital de su padre, como si aun dormida temiera soltarlo ni un segundo. Los hombros ya no estaban tensos como antes, y justamente eso le apretó el pecho a Santiago. Cuando Camila no era consciente, todas las defensas que había levantado se venían abajo sin remedio.

Santiago no entró de inmediato. Permaneció en el umbral un buen rato, tan solo mirando a la mujer que amaba. Lo embargó una ternura dolorosa. La mujer que horas antes se había obligado a aparentar que todo estaba bien, ahora dormía en una posición de lo más incómoda. El cuello torcido desde hacía quién sabe cuánto.

—¿Cómo puede dormirse en esa posición? —murmuró Santiago, casi sin voz.

Empujó la puerta un poco más y entró con pasos cautelosos, como si cualquier movimiento pudiera despertarla. Se acercó y se detuvo justo frente a ella; luego flexionó las rodillas para quedar a la altura de su rostro. Desde esa distancia, podía distinguir con toda claridad lo pálida que estaba. Las ojeras oscuras bajo los párpados. Los labios algo resecos. El rastro de lágrimas ya secas en las mejillas.

—¿Por qué siempre eres tan dura contigo misma, Camila? —susurró, hablándose más a sí mismo que a ella.

Le echó un vistazo al sofá largo que había en un rincón de la sala. No era precisamente mullido, pero sin duda mucho mejor que esa silla de metal helada. La decisión no le tomó ni un instante. Con movimientos extremadamente cuidadosos, deslizó una mano bajo las rodillas de Camila y con la otra le sostuvo la espalda. El cuerpo le pesó tan poco que el corazón se le volvió a encoger. La levantó despacio, asegurándose de que la cabeza le quedara bien apoyada en su brazo.

Camila se movió apenas —una leve arruga entre las cejas—, pero no despertó. Su respiración se hizo solo un poco más profunda, como si su cuerpo aceptara con alivio la comodidad que por fin recibía. Santiago contuvo el aliento mientras caminaba hacia el sofá. Cada paso le parecía el de quien carga algo infinitamente valioso y frágil. La depositó con cuidado, la recostó despacio, le acomodó la espalda y se aseguró de que la cabeza no le quedara ladeada.

Cuando Camila estuvo tendida en una postura más cómoda, Santiago al fin soltó el aire. Se irguió un momento y la contempló dormida, más serena ahora. Luego, sin pensarlo dos veces, se quitó el saco. Lo hizo en silencio, casi sin hacer ruido. Lo extendió y la arropó con delicadeza, cubriéndole los hombros y el pecho.

En el umbral de la puerta, Omar se había quedado inmóvil. Acababa de llegar tras seguir a su patrón con pasos quedos, y ahora lo presenciaba todo sin decir palabra. La escena le llenó el pecho de algo difícil de nombrar. Su patrón —el hombre al que todos conocían como frío y dueño absoluto de sí mismo— estaba ahí de pie sin el saco, con las mangas de la camisa arremangadas, mirando a una mujer como si el mundo se detuviera en ese punto.

Santiago no volteó. No necesitaba saber que Omar lo estaba viendo. Lo único que le importaba era que Camila no pasara frío.

Transcurrieron unos segundos en completo silencio.

Hasta que, de pronto, el ritmo del monitor junto a la camilla de don Ramón cambió. No era una alarma, pero sonaba lo bastante distinto para llamar la atención. Los párpados del hombre se agitaron despacio. La respiración se le hizo más pesada.

—Ca… mi… la… —la voz salió débil, entrecortada, casi un jadeo.

Santiago giró de inmediato. Al instante siguiente ya estaba junto a la camilla de don Ramón. Se sentó en la silla que antes ocupaba Camila y se inclinó un poco hacia delante.

—Sí, señor, aquí estoy —respondió con suavidad.

Don Ramón abrió los ojos lentamente. La mirada borrosa, esforzándose por adaptarse a la luz y al entorno. Recorrió la sala con la vista y luego se fijó en el rostro de Santiago, que le resultó desconocido.

—Camila… ¿dónde está Camila? —preguntó con un hilo de voz, el aliento entrecortado.

Santiago echó una mirada rápida al sofá para cerciorarse de que Camila seguía dormida tranquilamente. Volvió a posar los ojos en don Ramón y le dedicó una sonrisa leve.

—Camila está descansando, señor —le dijo en voz baja—. Estaba agotada.

Don Ramón asintió apenas, como si la respuesta tuviera sentido. Pero unos segundos después frunció el ceño.

—Tú… —la voz le salió débil—. ¿Quién eres?

Santiago tragó saliva. Eligió las palabras con sumo cuidado.

—Me llamo Santiago Ferreira, señor —respondió—. Soy amigo de Camila, del colegio. Vine a verla.

Al oír mencionar a su hija, la expresión de don Ramón se transformó. La mirada se le perdió un instante en el vacío y los ojos se le llenaron de lágrimas. Los labios le temblaron. Algo bullía claramente detrás de aquel rostro exhausto.

—Camila… —volvió a murmurar, esta vez con una inflexión distinta.

Una lágrima le rodó desde la comisura del ojo y le resbaló despacio por la sien. El pecho le subía y bajaba más deprisa, como si la oleada de emoción fuera demasiado grande para su cuerpo debilitado. Santiago se quedó helado. La confusión se le pintó en la cara. No entendía qué acababa de ocurrir. ¿Por qué el solo nombre de Camila hacía llorar así a don Ramón?

—¿Señor? —lo llamó con suavidad, con toda cautela.

Don Ramón no contestó de inmediato. Las lágrimas le seguían cayendo, calladas, sin sollozos. Como si una herida antigua se hubiera vuelto a abrir. Una herida ligada a la hija que tanto amaba. Santiago observó a aquel hombre con un torbellino de sentimientos. Preocupación y desconcierto. Tenía el fuerte presentimiento de que detrás de esas lágrimas se ocultaba una historia sobre Camila que él aún no conocía.

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