Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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Capítulo 1: El comienzo
Capítulo 1: El Inicio
La oscuridad no me daba miedo.
Muchos habrían visto aquel lugar como una prisión.
Yo lo veía como un refugio.
Frente a mí flotaban tres puertas gigantescas suspendidas en el vacío. Corrientes de humo negro giraban a su alrededor como si custodiaran algo antiguo.
No recordaba cuánto tiempo llevaba allí.
Quizá siglos.
Quizá apenas unos días.
En aquel lugar el tiempo parecía una idea absurda.
Lo único que sabía era que me sentía completo.
Dentro de mí habitaba algo inmenso.
Un poder silencioso.
Dormido.
Esperando.
Entonces la puerta central comenzó a abrirse.
Las sombras se apartaron lentamente.
Tres figuras avanzaron desde el otro lado.
La primera tenía cabeza de cabra.
La segunda, de cuervo.
La tercera era una enorme figura con cabeza de bisonte.
No sentí miedo.
Al contrario.
Sentí que los conocía.
Aunque no recordaba de dónde.
El cuervo fue el primero en hablar.
-Ha llegado la hora.
-¿La hora de qué?
Los tres intercambiaron una mirada.
Como si ninguno quisiera responder.
Finalmente la cabra dio un paso al frente.
-Debes regresar.
Fruncí el ceño.
-No quiero regresar.
La respuesta pareció sorprenderlos.
-Aquí estoy bien.
El bisonte observó el vacío que me rodeaba.
-Eso es precisamente lo que nos preocupa.
No entendí aquellas palabras.
La cabra cruzó los brazos.
-La comodidad fue siempre tu mayor debilidad.
Sentí una punzada extraña.
Una sensación incómoda.
Como si aquellas palabras despertaran un recuerdo enterrado.
-¿Quiénes son ustedes?
El cuervo respondió.
-Jueces.
-¿Y yo quién soy?
Silencio.
Por primera vez los tres parecieron incómodos.
El bisonte bajó la mirada.
La cabra simplemente observó el humo.
Y el cuervo respondió:
-Todavía no estamos seguros.
Su respuesta me irritó.
-Lo saben.
-Lo sabemos.
-Entonces díganmelo.
-No.
La palabra cayó como una piedra.
-¿Por qué?
El cuervo sostuvo mi mirada.
-Porque aún no eres capaz de soportar la respuesta.
Una ira extraña nació dentro de mí.
No era una emoción normal.
Era algo más antiguo.
Más profundo.
Por un instante el humo comenzó a agitarse.
Las tres puertas temblaron.
Y los jueces retrocedieron.
No por miedo.
Por reconocimiento.
Aquello ya había ocurrido antes.
El bisonte apoyó una enorme mano sobre mi hombro.
-Escúchame.
La furia desapareció tan rápido como había llegado.
-No recordamos al hombre que fuiste.
Recordamos al hombre que podrías volver a ser.
Y eso nos asusta.
La frase quedó suspendida en el silencio.
Finalmente el cuervo extendió una mano.
-Necesitas un nombre.
-¿Y el mío?
-Está dormido.
-Entonces denme otro.
Los tres jueces intercambiaron una mirada.
Fue la cabra quien habló.
-Arlen.
No sé por qué.
Pero apenas escuché aquel nombre sentí rechazo.
Como si perteneciera a otra persona.
Como si alguien me hubiera puesto una máscara sobre el rostro.
-Arlen...
La palabra sonó extraña en mi boca.
El cuervo asintió.
-Solo por ahora.
-¿Y después?
Nadie respondió.
Entonces comprendí algo.
Aquel nombre era temporal.
Prestado.
Y en algún lugar más allá de mi memoria existía otro.
Un nombre que incluso los jueces temían pronunciar.
La puerta terminó de abrirse.
Esperaba encontrar oscuridad.
En cambio encontré el universo.
Me quedé inmóvil.
Más allá del umbral no había suelo ni cielo.
Solo una inmensidad imposible.
Miles.
No.
Millones de hilos luminosos atravesaban el vacío.
Algunos brillaban con intensidad.
Otros apenas conservaban una débil luz temblorosa.
Todos se extendían hasta esferas suspendidas en la distancia.
Mundos.
No sabía cómo lo sabía.
Pero lo sabía.
-Son hermosos.
La voz escapó de mi boca antes de que pudiera contenerla.
Bram sonrió.
-Lo son.
Di un paso fuera de la habitación.
Y entonces ocurrió.
Sentí el frío.
Sentí el calor.
Sentí el peso de mi cuerpo.
Sentí el olor del aire.
Sentí una tristeza repentina.
Después alegría.
Después miedo.
Después curiosidad.
Las emociones llegaron de golpe.
Como una presa rota.
Caí de rodillas.
Llevé una mano al pecho.
No dolía.
Pero era demasiado.
Demasiado intenso.
Demasiado vivo.
-¿Qué me está pasando?
Corven me observó.
-Estás sintiendo otra vez.
Levanté la mirada.
-¿Sentir?
-Dentro de la prisión solo conservabas fragmentos de ti mismo.
Miré mis manos.
Todavía temblaban.
-Esto es horrible.
Bram soltó una carcajada.
-Bienvenido a la existencia.
No pude evitar reír.
Por alguna razón aquello me pareció gracioso.
Me puse de pie.
Las emociones seguían agitándose dentro de mí.
Pero ahora comenzaban a acomodarse.
Como si estuvieran regresando a un lugar que siempre les perteneció.
Observé los hilos una vez más.
-Entonces...
Señalé la inmensidad.
-¿Cuál de todos esos mundos vamos a visitar primero?
Vael resopló.
-Esto no es un paseo.
-Claro que no.
-No estoy bromeando.
-Yo tampoco.
El juez de la cabra me observó durante varios segundos.
-¿Siempre fuiste así?
-¿Así cómo?
-Como si todo fuera un juego.
Sonreí.
-No lo sé.
No recuerdo nada.
Y por primera vez desde que desperté...
La respuesta me hizo sentir un poco triste.
El silencio se instaló entre nosotros.
Entonces Corven señaló un hilo distinto.
Uno azul.
Más brillante que todos los demás.
Su luz parecía pulsar.
Como el corazón de un ser vivo.
-Ahí.
Seguí la dirección de su dedo.
-¿Qué hay allí?
Los tres jueces intercambiaron una mirada.
Ninguno parecía feliz.
Finalmente fue Bram quien respondió.
-Tu destino.
-¿Y cómo se llama?
Corven bajó lentamente la cabeza.
-Tierra.
Observé el hilo azul durante varios segundos.
Era distinto.
No más brillante.
No más grande.
Simplemente distinto.
Como si latiera.
Como si estuviera vivo.
-Me gusta.
Vael soltó un suspiro.
-Por supuesto que te gusta.
-¿Qué significa eso?
-Nada.
-Eso claramente significa algo.
-Para mí también lo significa -dijo Bram.
-Nadie te preguntó.
-Yo quería decirlo igual.
No pude evitar reír.
Aquello provocó una mirada de desaprobación inmediata por parte de Vael.
-¿Siempre estás enfadado?
-No.
-Parece que sí.
-No.
-Estoy empezando a creer que sí.
Corven siguió caminando sin intervenir.
Era evidente que aquella conversación ya había ocurrido miles de veces.
Aunque yo no recordara ninguna.
Avanzamos por un sendero suspendido entre los hilos.
A cada lado podían verse mundos enteros.
Algunos estaban cubiertos por océanos de luz.
Otros parecían muertos.
Oscuros.
Silenciosos.
Uno de ellos llamó mi atención.
Su hilo estaba roto.
No debilitado.
Roto.
Como una cuerda cortada.
Me detuve.
-¿Qué pasó ahí?
Los tres jueces se quedaron inmóviles.
Demasiado inmóviles.
-Nada -respondió Vael.
-Eso tampoco sonó convincente.
Bram bajó la mirada.
Corven continuó caminando.
-Hubo una guerra.
-¿Y quién ganó?
El cuervo tardó varios segundos en responder.
-Nadie.
Algo en su voz me hizo guardar silencio.
Por primera vez desde que había salido de la habitación.
Seguimos avanzando.
Y cuanto más nos acercábamos al hilo azul, más intensa se volvía una sensación dentro de mí.
Una sensación familiar.
Como si hubiera estado allí antes.
Como si conociera aquel mundo.
-Tengo una pregunta.
-Qué sorpresa -murmuró Vael.
-Gracias por tu entusiasmo.
-Pregunta.
Miré el hilo azul.
-¿Por qué yo?
Los tres jueces se detuvieron.
La sonrisa desapareció de mi rostro.
-Hay millones de mundos.
Millones de personas.
Millones de héroes.
¿Por qué yo?
El silencio regresó.
Y esta vez fue Bram quien respondió.
-Porque no queda nadie más.
La respuesta me golpeó más de lo que esperaba.
-Eso no responde nada.
-Lo sé.
-Entonces responde la verdadera pregunta.
Corven giró lentamente la cabeza.
Sus ojos negros se clavaron en mí.
-Porque hay alguien en la Tierra.
-¿Quién?
-Alguien que se parece demasiado a ti.
El aire pareció volverse más frío.
-¿Un enemigo?
-No.
Corven bajó la mirada.
-Una advertencia.
Y por primera vez desde que había abandonado la habitación...
Ninguno de los jueces parecía dispuesto a seguir hablando.
Continuamos caminando.
El sendero parecía construido con la misma luz que unía los mundos.
Debajo de nosotros no había nada.
Solo vacío.
Y, extrañamente, aquello me resultaba hermoso.
-Voy a caer.
-No vas a caer -dijo Vael.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque si fueras a caer ya lo habrías hecho.
-Esa es una explicación horrible.
-Y aun así es correcta.
Sonreí.
Bram soltó una carcajada.
Incluso Corven pareció ocultar una pequeña sonrisa.
Por un instante tuve la sensación de que aquello era normal.
Como si hubiéramos recorrido aquel camino muchas veces.
La sensación desapareció tan rápido como llegó.
Al final del sendero nos esperaba una plataforma circular suspendida entre los hilos.
En su centro flotaba una esfera azul.
La Tierra.
Vista desde allí parecía pequeña.
Frágil.
Hermosa.
Me acerqué lentamente.
La esfera reaccionó a mi presencia.
Pequeñas ondas de luz recorrieron su superficie.
-Me conoce.
Los jueces intercambiaron una mirada.
-Quizá -respondió Corven.
-¿Ya estuve ahí?
Silencio.
-Quizá.
-Empiezo a odiar esa palabra.
-Nos ayuda a evitar problemas.
-A mí me los genera.
Vael casi sonrió.
Casi.
Corven se colocó frente a mí.
Por primera vez desde que lo conocía parecía preocupado.
Realmente preocupado.
-Escucha con atención, Arlen.
La forma en que pronunció mi nombre me resultó incómoda.
Como siempre.
-En la Tierra existe una figura.
Alguien que ha acumulado demasiada fe.
Demasiado poder.
Demasiada influencia.
-¿Y eso es malo?
-No necesariamente.
-Entonces no entiendo el problema.
-El problema es que ha comenzado a decidir quién merece vivir.
Mi sonrisa desapareció.
-Ah.
-Durante un siglo entero ha moldeado el mundo a su voluntad.
-¿Es un rey?
-No.
-¿Un dios?
Nadie respondió.
Y esa ausencia de respuesta fue más reveladora que cualquier explicación.
Miré nuevamente la esfera.
-¿Qué quieren que haga?
-Observar.
Parpadeé.
-¿Solo observar?
-Sí.
-¿No quieren que lo derrote?
-No.
-¿No quieren que lo enfrente?
-No.
-¿No quieren que salve el mundo?
-No.
Los miré confundido.
-Entonces, ¿para qué me trajeron?
Corven dio un paso hacia mí.
-Porque antes de juzgar a otro...
Necesitamos saber si eres capaz de juzgarte a ti mismo.
La frase me dejó sin palabras.
Por primera vez desde que había despertado.
No tenía una respuesta ingeniosa.
Ni una broma.
Ni una pregunta.
Nada.
Solo silencio.
Bram se acercó.
-Tu misión es sencilla.
-Las misiones nunca son sencillas.
-Tienes razón.
-Gracias.
-Ve a la Tierra.
Vive entre los hombres.
Conócelos.
Escúchalos.
Aprende quiénes son.
Y cuando llegue el momento...
Decide.
-¿Decidir qué?
Los tres jueces guardaron silencio.
Fue Vael quien finalmente habló.
-Si merece ser detenido.
O si nosotros cometimos un error al liberarte.
El vacío pareció congelarse.
-¿Qué?
Nadie respondió.
Porque no hacía falta.
Por primera vez comprendí algo.
Ellos no solo estaban juzgando a aquel dios.
También me estaban juzgando a mí.
Y no tenían idea de cuál sería el resultado.
Corven levantó una mano.
La esfera azul comenzó a abrirse.
Como una puerta hecha de luz.
Un viento cálido escapó desde el interior.
Olor a lluvia.
A tierra.
A vida.
Mi corazón se aceleró.
No sabía por qué.
Pero sentí que algo me esperaba allí abajo.
Algo importante.
Algo que había olvidado.
-Arlen.
Miré a Corven.
-¿Sí?
-No permitas que te adoren.
Fruncí el ceño.
-¿Por qué diría eso?
Los tres jueces intercambiaron una mirada oscura.
Una mirada cargada de siglos.
Y entonces Vael respondió.
-Porque ya vimos lo que ocurre cuando lo hacen.