Pensé que lo más difícil ya había pasado. Luego encontré la firma de Kael en el documento que cambió todo. Ahora tengo que decidir si el amor que construimos puede sobrevivir conocer exactamente qué clase de hombre era antes de que yo llegara.
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La nueva normalidad PARTE 2
Esa noche Kael vino a su habitación antes de que Ren apagara la lámpara.
No llamó. Eso también había cambiado — en algún punto de las últimas semanas los tres golpes formales habían desaparecido y en su lugar estaba esta versión de su presencia: el sonido de sus pasos que Ren reconocía antes de que llegara, la puerta que se abría con el mismo peso de siempre.
—El informe de Dracon llegó esta tarde —dijo Kael, cerrando la puerta detrás de él.
Ren lo miró desde el escritorio donde estaba terminando las notas del día.
—¿Y?
—El Emperador no ha hecho ningún movimiento visible en tres semanas —dijo Kael, sentándose en la silla del lateral — la misma que Sophia usaba, que Dracon había ocupado brevemente, que Julius había encontrado por instinto en el jardín.
—¿Eso te preocupa o te tranquiliza? —dijo Ren.
—Las dos cosas —dijo Kael.
Ren cerró el cuaderno.
Lo que Kael describía era exactamente lo que ella también había estado procesando. El Emperador era un hombre que operaba con la lógica del sistema a largo plazo — no actuaba cuando estaba derrotado, actuaba cuando tenía lista la siguiente estrategia. Tres semanas de silencio no significaba rendición.
Significaba que estaba construyendo algo.
—Caelan tiene ojos en el palacio —dijo Ren.
—Sí. —Kael la miró—. Pero los ojos de Caelan en el palacio no cubren lo que el Emperador hace en las conversaciones privadas que no tienen testigos.
Ren lo miró.
—¿Julius?
—Julius tiene menos acceso que antes —dijo Kael—. La distancia con su padre después del documento del Templo del Norte ha cerrado algunas puertas. El Emperador ya no lo incluye en ciertas reuniones que antes eran rutinarias.
Ren procesó eso.
Julius más aislado. El Emperador reorganizándose en silencio. Tres semanas de calma antes de algo que todavía no tiene forma visible.
Era el tipo de situación que en el Libro 1 habría llenado de inmediato con listas y análisis y estrategias de contingencia. Esta noche Ren la miró y decidió, conscientemente, que podía esperar hasta mañana.
Que el bebé dormía. Que Kael estaba en esa silla. Que el jardín afuera existía con sus flores entre las piedras.
Que algunas noches la inteligencia táctica más importante era saber cuándo no analizar.
—Kael —dijo Ren.
—¿Qué.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste ocho horas seguidas?
Kael la miró.
Ren esperó.
—No recuerdo —dijo Kael finalmente.
—Yo tampoco —dijo Ren—. El Doctor Elias tiene opiniones muy claras sobre eso.
—El Doctor Elias tiene opiniones muy claras sobre todo.
—Es su mejor cualidad —dijo Ren.
Kael la miró durante un momento con esa expresión asentada que Ren reconocía — sin análisis, sin el peso de los documentos ni de las estrategias. Solo presente.
—Mañana —dijo Kael— después de la visita del Doctor Elias. Hablamos de lo del Emperador.
—Mañana —confirmó Ren.
Kael se levantó. Caminó hacia la puerta con la cadencia que Ren ya conocía completa.
Se detuvo.
—¿El bebé se movió hoy? —dijo, sin girarse todavía.
—Esta mañana —dijo Ren—. Durante el desayuno. Con suficiente fuerza como para que se me cayera la cuchara.
Kael se giró.
En su expresión había algo que seguía siendo nuevo aunque ya tuviera semanas de existir — la calidad específica de alguien que recibe información sobre el bebé con un tipo de atención que no es táctica ni política.
—¿Le duele cuando lo hace? —dijo Kael.
Ren lo miró.
—No —dijo—. Se siente raro. No doloroso.
Kael asintió.
No preguntó más. Pero Ren vio — con la claridad de quien lleva meses aprendiendo a leer a esta persona en todos sus bordes — que la pregunta no había sido táctica.
Era solo la pregunta de alguien que quería saber.
—Kael.
—¿Qué.
—Cuando el Doctor Elias venga mañana —dijo Ren— quédate. Para la visita completa.
Kael la miró.
—¿Puedo?
Era la pregunta más pequeña y más grande que había hecho en semanas.
—Es tu hijo también —dijo Ren—. Siempre puedes.
Kael asintió.
Y salió.
Ren se quedó con la lámpara y el cuaderno cerrado y el bebé quieto y la certeza tranquila de que mañana, con el Doctor Elias y sus instrucciones ignoradas y Kael en el sillón que le indicaría que usara la espalda, algo en la historia que estaban construyendo avanzaría un grado más hacia lo que debía ser.