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Nadie Me Dijo Cómo Dejar De Quererte

Nadie Me Dijo Cómo Dejar De Quererte

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Maltrato Emocional
Popularitas:200
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El primer ensayo de la verdad

La semana posterior al café en La Rosaleda fue un torbellino de emociones contradictorias para Leo. Por un lado, su carrera profesional alcanzaba nuevas cotas: la película del soldado se estrenaba en tres días, y las críticas anticipadas lo colocaban como el actor revelación del año. Por otro lado, su vida personal se había convertido en un campo minado donde cada paso podía hacer explotar años de silencio.

—¿Estás seguro de querer hacer esto? —preguntó Héctor una mañana, mientras desayunaban en la cocina de la mansión.

—No, no estoy seguro —admitió Leo, jugando con una cucharilla sobre la mesa—. Pero si no lo intento, me arrepentiré toda la vida.

—Y si lo intentas y sale mal, también te arrepentirás.

—Entonces prefiero arrepentirme de haberlo intentado que de no haberlo hecho.

Héctor suspiró, bebió un sorbo de su té y dejó la taza con cuidado.

—Eres terco como una mula. Como tu padre, supongo.

Leo levantó la vista, sorprendido. Héctor nunca hablaba de su padre. Era un tema prohibido, una caja cerrada con llave en algún rincón de su memoria.

—¿Conoció a mi padre? —preguntó, con la voz apenas un susurro.

—No lo conocí. Pero Valeria me contó de él, hace años, en una conversación que no debería haber tenido. Fue un hombre que se fue antes de que nacieras. No volvió a saber de él.

—Entonces no importa —dijo Leo, con dureza—. Si se fue, no merece mi atención.

—Quizás se fue porque no supo quedarse. O quizás se fue porque ella lo echó. Hay muchas versiones de una misma historia, Leo. Y todas duelen.

El joven asintió, pero no quiso profundizar. Ese día tenía una cita con Valeria, la segunda desde el café. Habían acordado encontrarse en un parque público, un lugar neutral donde ella pudiera ver a Leo en su entorno más natural. No el actor famoso, sino el hijo que ella había dejado atrás.

El parque era grande, con árboles centenarios y un lago artificial donde los patos nadaban indiferentes al drama humano. Leo llegó primero y se sentó en un banco de madera pintada de verde. Llevaba ropa informal: unos jeans desgastados, una chaqueta de cuero y una gorra que le cubría parte del rostro. Quería pasar desapercibido, aunque sabía que era casi imposible.

Valeria llegó puntual. Vestía un vestido sencillo de flores y llevaba un bolso pequeño. Su cabello, esta vez suelto, caía sobre sus hombros. Se veía más relajada que en el café, aunque la tensión en sus hombros delataba su nerviosismo.

—Hola —dijo, sentándose a su lado sin besarlo ni abrazarlo—. Gracias por venir.

—No vine por ti —respondió Leo, aunque su tono no era agresivo—. Vine por mí. Por el niño que fui. Necesito entender.

—Te entiendo. Ojalá pudiera darte todas las respuestas, pero no todas las tengo.

—Entonces dime las que tienes.

Valeria respiró hondo y comenzó a hablar. Esta vez, sus palabras parecían más sinceras, menos ensayadas. Habló de su propia infancia, de una madre ausente y un padre alcohólico. Habló de cómo había buscado amor en los lugares equivocados, en hombres que le ofrecían protección a cambio de sumisión. Habló de Fabián, de cómo al principio parecía el príncipe que la rescataría de su vida gris, y cómo luego se convirtió en su carcelero.

—Cuando te tuve, Leo, tenía diecinueve años. No sabía nada de ser madre. Y en lugar de aprender, me asusté. Ver tus ojos, tan inocentes, me recordaba todo lo que yo no había tenido. En lugar de cuidarte, te tuve miedo.

—¿Miedo? —repitió él, incrédulo.

—Miedo a fallarte. Miedo a que crecieras y me odiaras. Miedo a que fueras mejor que yo. Y el miedo me hizo hacer cosas horribles. Cuando Fabián llegó, vi en él una salida. Una forma de no estar sola. De no tener que cargar con la responsabilidad de ser madre.

—Pero te golpeaba.

—Y yo lo dejaba. Porque pensaba que merecía ese castigo. Porque había sido una mala madre, y él era mi penitencia.

Leo sintió que algo se quebraba dentro de él. No era odio, no era compasión. Era algo más complejo, una mezcla de comprensión y dolor.

—No merecías los golpes —dijo con firmeza—. Nadie los merece. Pero yo tampoco merecía que me echaras.

—Lo sé —dijo ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Lo sé y cargo con eso todos los días. No espero que me perdones. Solo espero que puedas entenderme.

—Entender no es lo mismo que perdonar —respondió él—. Pero quizás, con tiempo, pueda hacer las dos cosas.

Esa tarde, mientras los patos nadaban en el lago y el sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles, Leo sintió algo que creía muerto dentro de él: una pequeña chispa de esperanza. Quizás su madre no era un monstruo. Quizás solo era una mujer rota, tan rota como él, que nunca aprendió a recomponerse.

Pero al regresar a casa, encontró a Héctor esperándolo en la entrada con una expresión grave.

—Tenemos que hablar —dijo el director.

—¿Ahora? Estoy cansado.

—Ahora. Esto no puede esperar.

Se sentaron en la sala de estar. La chimenea estaba apagada, y el silencio se extendía como una sombra.

—He investigado un poco sobre tu madre —dijo Héctor—. Desde que apareció en la fiesta. Algo me olía mal, y no me equivocaba.

—¿Qué hizo? —preguntó Leo, con el corazón latiendo con fuerza.

—No la seguí ni contraté detectives —se apresuró a aclarar—. Solo hablé con algunos conocidos en el mundo de la producción. Alguien me confirmó que Fabián está metido en negocios turbios. Préstamos, extorsiones, cosas que no salen en los periódicos. Y tu madre… bueno, tu madre sigue viviendo con él.

—Eso es mentira —dijo Leo, levantándose—. Ella me dijo que lo había dejado. Me lo juró.

—Las personas mienten, Leo. Las madres también. Sobre todo cuando tienen algo que ganar.

—Usted solo quiere separarme de ella —gritó Leo, con la voz quebrada—. No soporta que intente ser feliz. No soporta que alguien más ocupe su lugar.

Héctor no respondió. Solo lo miró con una tristeza infinita, la misma que había visto en sus ojos cuando lo encontró en aquella plaza.

—Haz lo que quieras —dijo al fin—. Pero recuerda esto: yo nunca te he mentido. Y nunca lo haré.

Leo salió de la casa dando un portazo. No quería escuchar más. No quería pensar. Solo quería correr hacia el único lugar donde se sentía seguro: el abrazo de su madre, aunque fuera mentira.

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Tatiana Eljaiek
parece un buen giro veamos que sigue
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