Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 20: Nuestra primera pelea
Narra Hernán
Después de almorzar me fui para la hamaca del corredor. La brisa estaba fresca y yo seguía pensando en Lilibeth.
Saqué el celular y la llamé por videollamada.
Ella respondió rápidamente.
—Hola, buenas tardes, mi vida.
—Hola, buenas tardes, princesa.
—¿Ya almorzaste?
—Sí. ¿Y usted?
Ella bajó la mirada.
—No aún.
—¿Cómo así que no, Lili?
—Es que tengo full tareas.
—Lili...
—¿Qué?
—Deberías comer.
—Ya voy a comer.
—Eso me dijo hace rato.
—Ay, Hernán.
—No estoy molestando. Me preocupa.
—¿Está enojado? Porque me habla así.
—No estoy enojado.
—Sí parece.
—Estoy preocupado.
—Pues parece regaño.
Yo suspiré.
—Lili, son casi las tres de la tarde.
—Lo sé.
—Y todavía no ha almorzado.
—Es que tengo mucho trabajo de la universidad.
—Pero primero está la salud.
Ella cruzó los brazos.
—Yo sé cuidarme.
—Y yo sé preocuparme.
Hubo unos segundos de silencio.
La primera discusión de nuestra relación.
No era algo grave, pero ambos estábamos tercos.
Finalmente ella habló.
—Perdón.
—¿Por qué?
—Porque le respondí feo.
—Y yo perdón porque soné regañón.
Ella sonrió.
—¿Ya no está bravo?
—Nunca estuve bravo.
—Mentiroso.
—Bueno, un poquito.
Los dos terminamos riéndonos.
—Ahora sí voy a almorzar.
—Eso quería escuchar.
—Qué mandón.
—Y orgulloso.
Ella volvió a reírse.
Después de arreglar el problema seguimos hablando normalmente.
Entonces recordé algo.
—Amor.
—¿Sí?
—Mi sobrino Miguel Ángel cumple años el sábado.
—¿En serio?
—Sí.
—Qué bonito.
—Y dijo que quiere conocerla.
Ella abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—Ay, qué pena.
—Nada de pena.
—¿Y qué dijo?
—"Tío, traiga a Lilibeth".
Ella comenzó a reírse.
—Qué hermoso ese niño.
—Y todavía hay más.
—¿Qué?
—El viernes la voy a ver.
Ella sonrió inmediatamente.
—¿En serio?
—Claro.
—Ay, ya quiero que llegue el viernes.
—Yo también.
Pero entonces su sonrisa desapareció un poco.
—Amor...
—¿Qué pasó?
—Mi mamá no sé si me deje.
—¿Por qué?
—Porque no le he hablado de usted.
—¿Nunca?
—No.
—¿Y por qué?
—Porque me da pena.
—Lili.
—¿Sí?
—Algún día tenía que saber.
Ella suspiró.
—Lo sé.
—¿Y qué más le preocupa?
—Mi mamá no le gusta que salga con chicos mayores.
Yo me quedé pensativo unos segundos.
—Mmm.
—¿Ve?
—Pero tampoco es que yo sea un abuelo.
Ella soltó una carcajada.
—Tonto.
—Solo tengo 24 años, no estoy tan viejo.
—Ay Dios mío.
—Es verdad.
Ella seguía riéndose.
—Igual me da nervios.
—No debería.
—¿No?
—No.
—¿Y entonces?
—Hable con ella.
—¿Y si no le gusta?
—Pues yo hablaré con su mamá.
Ella abrió los ojos sorprendida.
—¿En serio?
—Claro.
—¿Lo haría?
—Sí.
—¿No le daría pena?
—Muchísima.
—Entonces.
—Pero lo haría por usted.
Lilibeth se quedó sonriendo.
—Qué lindo.
—Además no tengo nada que esconder.
—Eso es verdad.
—Yo quiero que las cosas se hagan bien.
—Yo también.
—Entonces primero hable con ella.
—Lo intentaré esta noche.
—Y me cuenta.
—Sí, señor.
—Así me gusta.
—Otra vez mandón.
—Un poquito.
Seguimos hablando durante mucho tiempo más.
Planeando el viernes.
Recordando nuestro primer encuentro.
Y soñando con volver a vernos.
Cuando terminó la videollamada me quedé acostado en la hamaca mirando el cielo.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que todo estaba avanzando por buen camino.